Las dos orillas | El Universo 25
Lo que la tragedia del Universo 25 realmente nos enseña sobre la sociedad
Por Armando Carrieri Hernández
31/10/2026.- Antes de comenzar con el desarrollo de este artículo, me gustaría hacer unas acotaciones previas. La idea de esta columna surge como parte de una línea de investigación que me apasiona, derivada de mis estudios en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). También de un enfoque que considero fundamental en esos estudios, el cual fue expresado por C. P. Snow en su ensayo Las dos culturas. Con ese espíritu, he venido desarrollando artículos para esta columna Las dos orillas, que, sí, guardan relación con el texto de Snow. Así lo manifestamos en los primeros textos que publicamos. Ahora, y es una preocupación constante en mi trabajo, quiero que estos textos sean lo más comprensibles que puedan para el público general. A veces me dilato en su elaboración por buscar que, sin perder la raíz profunda de los contenidos, su lectura sea de acceso diáfano y alejado de retóricas y academicismos.
Así, en la búsqueda de un lenguaje común, orientado por el interés de ser comprendido, he escrito otros trabajos que cruzan géneros, en los cuales no creo. En este caso, el del artículo de hoy, no quiero que sea leído como un informe de investigación, sino como un documento perturbador para aquellos que lo analicen críticamente. Un texto que señale, pero que no concluya en las evidencias de la determinación.
En julio de 1968, el etólogo estadounidense John B. Calhoun inició en el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de Maryland uno de los experimentos más impactantes de la ciencia moderna. El proyecto, bautizado como Entorno Regulador de Mortalidad para Ratones, pero conocido mundialmente como Universo 25, buscaba responder una pregunta provocadora: ¿qué ocurre cuando una sociedad dispone de recursos materiales ilimitados, pero su espacio permanece estancado? Calhoun construyó un recinto cuadrangular de 2,57 metros por lado, con paredes de 1,37 metros de altura y 256 módulos de anidación para albergar a casi cuatro mil roedores. El hábitat garantizaba alimento, agua, clima controlado a 20 °C, materiales para nidos y un riguroso control sanitario. Ocho ratones albinos fueron introducidos para colonizar este aparente edén. Sin embargo, lo que comenzó como un paraíso terminó en colapso social y extinción.
Las cuatro estaciones del apocalipsis de los roedores
El experimento Universo 25 de Calhoun se desarrolló a lo largo de mil quinientos días, dividiéndose en cuatro etapas muy claras. Todo comenzó con una fase inicial de adaptación y establecimiento de jerarquías entre las parejas fundadoras, seguido rápidamente por un período de crecimiento poblacional explosivo, en el cual los ratones se multiplicaron de forma masiva gracias a la abundancia de recursos y el bienestar general.
Sin embargo, el equilibrio se rompió con la llegada de una etapa de estancamiento, en la que la convivencia colapsó por completo. Aunque había comida y espacio de sobra, la saturación social y la incapacidad de los jóvenes para encontrar su lugar generaron un estrés severo: los machos dominantes acapararon los territorios y las madres comenzaron a rechazar y atacar a sus propias crías.
A partir de ese punto crítico, comenzó la fase final, de muerte social, caracterizada por un desplome total de la natalidad con los últimos nacimientos que se registraron. Sin una renovación generacional que sostuviera a la comunidad, la población envejeció de forma inevitable hasta extinguirse por completo.
Patologías de la abundancia
El colapso estuvo precedido por manifestaciones etológicas aberrantes. Una de las más conocidas fue el drenaje conductual (behavioral sink), en que los ratones se concentraron compulsivamente en unos pocos comederos, ignorando otros sectores idénticos y desiertos. La necesidad aprendida de proximidad social convirtió la alimentación en una masa hacinada e hiperagresiva, que aceleró la desintegración comunitaria.
En paralelo, emergió una camada de roedores jóvenes, a los que Calhoun denominó "los hermosos" ("the beautiful ones"). Criados sin pautas sociales normativas, estos machos jamás aprendieron a combatir, defender territorio o buscar pareja. Lucían un pelaje perfecto sin cicatrices porque jamás participaron en interacciones complejas. Su rutina se redujo de manera solitaria a comer, beber, dormir y acicalarse.
Calhoun postuló su teoría de la doble muerte. Las especies complejas sufren primero una primera muerte o muerte del espíritu, que no es otra cosa sino la pérdida irreversible de los comportamientos sociales y reproductivos esenciales. La segunda muerte o muerte física es solo la consecuencia inevitable. Para demostrar esta irreversibilidad, Halsey Marsden trasladó ratones de la fase D a entornos espaciosos; los ejemplares continuaron aislados y asexuales hasta morir.
Del laboratorio a la cultura popular
Las conclusiones de Calhoun resonaron con fuerza en las décadas de 1960 y 1970. En una época obsesionada con la sobrepoblación mundial tras el éxito de La explosión demográfica, de Paul Ehrlich, el experimento se convirtió en una alegoría apocalíptica. Periodistas, sociólogos y escritores utilizaron el concepto del behavioral sink para explicar la delincuencia juvenil, los disturbios urbanos y la degradación moral metropolitana.
Este impacto impregnó el cine y la literatura distópica. Obras como la película Cuando el destino nos alcance (1973), las novelas La naranja mecánica o Todos sobre Zanzíbar, e incluso cómics como Juez Dredd y Batman, se inspiraron en la imaginería de Calhoun. Hasta la célebre obra infantil La señora Frisby y las ratas de NIMH, de Robert C. O’Brien, partió del laboratorio donde Calhoun buscaba crear ratas hiperinteligentes.
¿Por qué los humanos no somos ratones?
A pesar del enorme impacto mediático, la historiografía científica moderna y la psicología ambiental han matizado estas conclusiones. Investigadores como Edmund Ramsden y Jon Adams señalan que el factor decisivo en el Universo 25 no fue la abundancia material, sino la imposibilidad de emigrar y la saturación de roles sociales. En la naturaleza, los animales subordinados emigran para formar nuevas colonias; al clausurar esa opción, Calhoun forzó un choque constante que arruinó la socialización. Además, el hecho de que más de dos mil roedores descendieran de solo cuatro parejas generó una endogamia severa que pudo alterar su biología.
Por otro lado, psicólogos sociales como Jonathan Freedman demostraron en humanos que existe una diferencia fundamental entre la densidad física y la experiencia subjetiva del hacinamiento (crowding). A diferencia de los roedores, la especie humana posee plasticidad cognitiva, cultura, instituciones y tecnología para reestructurar sus entornos y crear infinitos nuevos roles sociales.
La verdadera lección del Universo 25 no es que la comodidad o la abundancia destruyan las sociedades. Lo que el experimento demostró es que ningún organismo social puede prosperar cuando carece de agencia, espacio personal y un lugar significativo dentro del tejido de su comunidad.
A diferencia de los roedores confinados en el Universo 25, las sociedades humanas poseen la capacidad reflexiva y política de elegir, rediseñar y transformar sus propias estructuras materiales y simbólicas. La crisis contemporánea de sentido no proviene de habitar en un paraíso artificial o superabundante, sino de la incapacidad profunda de los modelos socioeconómicos actuales para integrar a las mayorías en dinámicas productivas, creativas y comunitarias que trasciendan la mera subsistencia biológica. La salida ante este panorama no radica en la búsqueda nostálgica de la escasez o el conflicto destructivo, sino en la ampliación continua del espacio conceptual y la invención colectiva de nuevos roles institucionales. La corresponsabilidad social y el trabajo activo de tejer redes de sentido siguen siendo la única vía estructural para evitar reproducir, en el plano humano, el destino fatal de aquel laboratorio en Maryland, lo que demuestra que el futuro depende de nuestra capacidad colectiva para construir propósito.
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