Palabras... | Amuravá
Por Carlos Angulo
05/11/2026.- Cuando llegaron los húmedos, no fueron interpretados por los antepasados como un tormento. Se recibieron bien, se respetaron, pero ellos violentaron todo. Nos empujaron a trabajar para su descanso y violaron a nuestras mujeres. Tuvimos que defendernos. Ellos murieron y nosotros también. Nosotros, que nunca tuvimos enfrentos por ninguna causa, ni por tierra ni por ser más que otros. Para ese tiempo, ya bailaban los más añados en las hamacas sostenidas por bejucos, la defensa de animales de arrastras y el nido para mirar las estrellas, lo que de sueños sería realidad luego. Ese tiempo era eso: tranquilidad del paso de la brisa haciendo equilibrio, que nos dejaba refrescados nomás.
Éramos el pueblo sin mal. Vivíamos el frío y el calor como quien vive dos Dioses en el cuerpo, uno a la distancia y otro a enternecer, como señal de existencia. No estábamos solos en la inmensidad de lo denso, en el punto que mantiene el fuego azul en el centro de la cavidad, en lo que vela por nosotros como una manta.
Hasta que llegaron los malignos a matarnos con armas de trueno, que nos morían cruelmente desde distancias. Nosotros, que desde lejos lo único que hacíamos era beber agua. Nosotros, que cuando los guerreros morían se convertían también en pájaros para estar más cerca del Sol. Nunca habríamos imaginado que podían existir seres de naturaleza árida, vestidos con un jeder extraño. Sujetos de odiatría, como esos que salieron del mar y nos sorprendieron por los ríos, sin importarles que allí estaba la Piedra del Sol, un pueblo de cienes conocimientos contra los padeceres de cualquier costado y cualquier descuido. Sin intimidarles que el mar también fue tierra alguna vez, y la tierra, cúmulo del tiempo para aprender a ser génesis de vida. El lugar donde nacieron nuestros muertos y Dioses y nos cedieron eventual para existir. Nada respetaron y se llevaron hasta los Dioses —cautivos o no— y aún ignoramos dónde están o qué han hecho con ellos. Tampoco sabíamos que pudiese existir algún dios para guiar el horror de esas criaturas. ¿Qué murciélago sirvió de correa entre nuestra vida y lo infrahumano? Aún el Quinto Sol que nos alumbraba y el jade colgando de nuestra presencia. Todavía tengo el llanto como un órgano más. Sin querer, se me refleja en la nariz. Así, con ese afán de desamparo, aparecieron los revueltos, a los que no había escritura que los incluyera.
Esos seres, de los que brotaran encandilamientos desde sus vestiduras y poseídos por la risa de los angustiados, nos encenizaron y empalaron. Tasajeando, los invieron, alejándonos de los veranos para no asistir al sustento. Entonces, vieron que a Ellos su dios no les daba la cara. En cambio, los nuestros nos visitaban todos los días y nos encomendábamos con generosidad.
En eso éramos distintos de los malignos: nos distanciaban las enseñanzas. Ellos, los que ejercían la muerte por un pedazo de brillo para sus podridos cuerpos, nos educaron más sobre lo que no debíamos equivocar, y no perdimos tiempo en decisiones, porque ya nos suponíamos en consenso.
Habitamos nosotros la emboscada de la tragedia y no hicimos más que hacer caso a las enseñanzas. Escondimos el pueblo sin Mal en el corazón de todos. Luego, a los que nacieron después de cuando llegaron los malignos les tocó buscar, sin saber dónde, algo que según la leyenda era el pueblo de la Puerta del Sol, el lugar escogido por el Absoluto para los bienvenirán, donde no existía el daño y estaba guardado, con mucha dificultad, en alguna parte de la Madre Tierra. A eso llamábamos encomendados, a buscar hasta que el último Sol se detenga definitivamente, o a rehacer nuestra manera de existir y de enseñarnos para no perecer, como ha sucedido.
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