Historia viva | Itoy Ponkon: delta humano

En Itoy Ponkon y en Panapana, está la reserva moral de esta revolución

Mil bocas del Orinoco se tragan la inmensidad de las aguas que bajan durante el invierno desde todo el aluvión montañoso sur y llanero sur que nutre esa gigantesca cuenca, así inmensamente es el delta humano que conseguimos en Itoy Ponkon, un caserío indígena del municipio Angostura del Orinoco.

Allí, en esa pequeña aldea sabanera de Bolívar, encontramos tres pueblos reunidos en las personas de José Cascante (líder kariña), Teresita González (concejal del pueblo pemón) y Nirma Caura (alma naciente yekuana), todos acompañados de sus familias cercanas, desde las mujeres sabias y maestras como Lucia Cataneo o el maestro antiguo José González.

La casualidad permitió hacer un acercamiento con los voceros indígenas conectados con la Federación de Indígenas del estado Bolívar (FIEB) y la Red de Voceros Indígenas de Venezuela, donde emiten sus voces auténticas a través del Noticiero Indígena, que dirige Gesús González, así con “G”, porque cada quien escribe su nombre propio, como rostro propio civilizatorio que tiene cada una de las naciones de ese inmenso territorio originario en Venezuela.

Ese encuentro casual de una yekuana, un kariña y una mujer pemón, cada uno contando su historia cultural, me hizo recordar al poeta Gustavo Pereira, cuando se deslumbraba por la belleza poética del habla del pueblo pemón. No son poetas aprendidos en las letras cultas de la academia, es que son así, simple y cotidianamente hablan con lenguaje poético.

Los niños que jugaron en su patio de tierra la diversión infantil “La gallina y el gavilán” dan cuenta del aprendizaje para defenderse colectivamente de los extraños que van a agredirlos, una metáfora de la lucha de resistencia cultural que en forma divertida realizan los niños y niñas pemones para resguardar a los más pequeños niños y niñas (pollitos) de las garras del gavilán.

Se ha dicho que los pueblos originarios venezolanos tienen una longevidad cultural de entre 15 y 20 mil años en estas tierras, suficiente tiempo civilizatorio que les ha permitido hacer y tener las herramientas culturales y para sobrevivir en ambientes naturales, a veces hostiles, pero fundamentalmente provechosos para la vida.

A partir de la introducción de la cultura europea (1492) y luego de la depredación capitalista, fue cambiando la relación de algunos pueblos indígenas con la naturaleza; asimismo, se iniciaron procesos sociales de dependencia con los pueblos “civilizados”, aun cuando hubo –y aún existe– un alto grado de conciencia independiente, como lo muestran los habitantes del pueblo de Itoy Ponkon, donde la sabana es la madre de todos los pueblos.

El comandante Hugo Chávez promovió durante la Constituyente de 1999 los derechos de esos pueblos, como se expresó en el Capítulo VIII de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, hizo concreción en obras y recursos necesarios para honrar algo que una mujer Huottöja (piaroa) me dijo en el Amazonas, en 2002: “Nos tomaron en cuenta”.

Allí, en Itoy Ponkon, está instalada una gran churuata donde se reúnen los pueblos originarios de Venezuela para comer juntos el tumá (sopa aliñada de ají picante con pescado del Orinoco) y conversar sobre las políticas públicas que favorezcan la vida de los pueblos originarios venezolanos y suramericanos.

Hoy ese pueblo recuerda a Hugo Chávez con amor infinito como el pueblo pemón quiere a los luceros, que brillan junto a las lunas de menguantes que traen el agua sobre esas inmensidades horizontales y están alertas como hace más de 500 años cuando empezaron a entrar las amenazas, que como siempre se visten de disfraces para burlar la dignidad de ese delta humano, que corre desde más allá de Tucupita hasta los ríos que unen a los pueblos originarios de Brasil y Colombia.

La vida continúa en Itoy Ponkon con el mismo ruido del agua que reproduce el palo desde que se asentaron en las orillas de sabana, que les proporciona todo lo necesario para vivir.

Más allá de la línea horizontal sobre las aguas torrentosas del Orinoco en sentido este, está la comunidad de Panapana, en Anzoátegui sur, y al frente la parroquia Panapana con el pueblo pesquero de Palmarito, en el estado Bolívar, a dos horas de Ciudad Bolívar en contracorriente, allí la luna se detuvo para regalarnos su luz más íntima y ver a un pueblo kariña de rostros milenarios haciendo lo que han hecho por 15 mil años.

Rafael Golindano, de origen kariña, concejal suplente de Angostura del Orinoco (Ciudad Bolívar) y el capitán Marcos Brito, también kariña, tiene el sol tallado en su piel, sus manos prepararon un inmenso bagre dorado de casi 10 kilos con el que le dio de comer al grupo visitante, mientras otros pescadores encantaban al río con murmullos para que les entregara un enorme lau lau (nuestro bacalao) y otras piezas preciosas de la pesca que sostienen esas comunidades. Allá sigue presente Chávez ahora de la mano de Maduro, ese pueblo que le guarda fidelidad auténtica a Bolívar. En Itoy Ponkon y en Panapana, está la reserva moral de esta revolución.

 

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