Punto y seguimos | Cuando el luto farandulero le gana a la humanidad

La falta de perspectiva en el dolor moderno

31/10/2023.- Murió un actor de la famosa serie estadounidense de los 90, Friends. Las redes sociales se inundaron de mensajes de cientos de personas adoloridas hasta el llanto por la pérdida de su actor favorito o, simplemente, por la loca manía de tener que pronunciarse sobre cualquier tema viral. Vale poco si eran seguidores de su trabajo, o chismosos de la farándula, o solo faranduleros, el caso es que nadie pareciera querer quedarse sin decir algo. “¡Qué tragedia! ¡Se fue uno de mis salvadores!” (sic) y el infaltable: “Vuela alto”. Por algunas pocas horas o días, será el actor el centro del dolor del mundo web occidental, el recipiente vacío e irreal del luto amarillista.

Solo una sociedad profundamente individualista puede producir estos fenómenos de expresión de tristeza por la muerte de un único individuo, sentido como conocido a través de ficciones televisadas, películas o post de redes sociales, puesto que en esos casos la muerte está —de algún modo— relacionada “conmigo”. Me afecta porque lo “conozco”, me afecta porque “sé quién es”. Esta asociación psicológica, mezcla de empatía y de autoengaño es la que permite que en el mundo virtual, parezcan más numerosas y más sentidas las manifestaciones de dolor por la pérdida de la vida de un actor que por la de miles de niños palestinos bombardeados por un ejército tecnológicamente superior.

Cuando los genocidas y opresores deshumanizan a sus víctimas y las invisibilizan, es para evitar, justamente, que cualquiera sienta la necesidad de defenderlas. Y no nos equivoquemos, cuando se habla de asesinatos masivos y sistémicos, como los que sufre el pueblo palestino, la empatía no puede considerarse falsa ni autoengañosa. Hay una gran diferencia de proporciones entre lamentar la muerte de un famoso a lamentar la de un gentilicio entero, entre conmoverse ante el accidente o la enfermedad y conmoverse ante el exterminio que el fuerte ejerce sobre el débil.

Un mundo que mira a su propio ombligo y es apenas capaz de sentir dolor o indignación ante las afectaciones de su reducido mundo personal y privado, olvidando y obviando selectivamente al otro (en su sentido amplio, en el sentido de humanidad) está destinada a la barbarie y al fracaso. No está bien y nunca lo estará, equiparar en dolor la muerte de un fulano famoso –por bueno que haya sido– con la de miles de niños, como los miles de niños palestinos que hoy vemos muertos en los escombros, envueltos en sábanas blancas ensangrentadas o heridos y mutilados aferrados a los cadáveres de sus madres. Lloran al de la comedia romántica, mientras las imágenes de un exterminio les pasan por al lado con la misma naturalidad e indiferencia con la que ven llover. Revísense.

Mariel Carrillo García 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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