Vitrina de nimiedades | Viralizar la tristeza

18/11/2023.- Cada quien tiene su inventario de asuntos tristes. Incluye momentos, olores, sabores, seres vivos y pieles que nos llevan al desconsuelo. Algunas de estas amarguras se superan; otras varían su intensidad con el tiempo, y las más profundas prefieren fosilizarse con nosotros. Aunque todos estamos permeados por ese sentimiento, no coincidimos en los métodos empleados para salir de ese foso. Quizás, no tendríamos que detenernos en eso si la tristeza no se viralizara en redes sociales de un modo casi desestabilizante.

Sí, no hay novedad en el frente con este tema. Lo triste ha sido un arma poderosa en la industria cultural. Novelas, canciones, películas, obras de teatro, pinturas: estos productos simbólicos y otros más han motorizado la congoja durante muchos años. Basta una búsqueda en la Web para descubrir listados de las películas más tristes de la historia, que incluyen desde La decisión de Sophie hasta El laberinto del fauno, sin dejar de lado a otras como La lista de Schindler. También, pueden conseguirse sugerencias de libros "para llorar a mares" y el ranking de escritores más tristes, que pone, en primer lugar, a César Vallejo, y el cuento más desesperanzador de la historia, atribuido en varios sitios en línea a Ernest Hemingway: "Se venden zapatos de bebé, sin usar".

Como esta columna no está especializada en cine o literatura, dejamos esa leña ahí para avivar el debate entre expertos (tampoco somos responsables de esas opiniones). Librados de ese juicio, nos atrevemos a meternos en otro territorio: la relación que establecemos con esos productos culturales impregnados de la tristeza. Estén basados en hechos reales o en una vívida ficción, no dejan de tener cierto grado de despersonalización. Calan en nosotros, pero hay una distancia y un clima que nos permiten sentir el sufrimiento en tercera persona.

Este clima no es gratuito: hablamos de un estado de ánimo casi universal, pero su vivencia es ultrapersonal. No hay forma perfecta de vivirla, sino opciones para hacerle frente. Hasta hace muy poco era un territorio muy privado, no exento de juicios u opiniones. A nadie le gusta ser cuestionado en sus sentimientos; se comparten hasta donde se quiere. Pero las redes sociales, como en otros asuntos, vinieron a romper esas fronteras.

Hoy, hay quienes graban y comparten videos llorando en medio de un despecho, mostrando las heridas de una intervención quirúrgica dolorosa, pasando los últimos momentos con sus mascotas antes de "dormirlas" o llegando a casa luego de firmar su divorcio. Ese sufrimiento se comparte con conocidos o extraños, muchas veces viralizado por un algoritmo que sí entiende de emocionalidad.

Las historias tristes también se multiplican con herramientas como los pódcast. Este formato encuentra, en la adversidad y la contrariedad, alimento para sus guiones, amplio alcance y enganche. Pero también nos pone frente a un desafío: saber cómo mutará la sensibilidad humana en esta nueva realidad. Nadie dijo que viralizar no dejaría huella.

 

Rosa E. Pellegrino 


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