Vitrina de nimiedades | Odio 5.0

27/01/2024.- Mientras muchas cosas se simplifican en este mundo hipermedia, otras parecen avivarse para preservar su sentido original. Sobreviven a cualquier discurso, época o personalidad. Y si se asocian los algoritmos y la inteligencia artificial, su potencia es mucho más notoria. Una muestra de ello es nuestra dificultad extrema para gestionar nuestros sentimientos. Basta hablar de odio para empezar a dimensionar cómo hoy, cuando más posibilidades tenemos de comunicarnos, corremos más riesgos de destilar veneno digital aún con comportamientos “políticamente correctos”.

Sí, amigos haters: lo arriba escrito no es nuevo. El trolleo y la cultura de cancelación ya hicieron visible el problema hace un buen rato. Quien pretenda conjurar estos riesgos está condenado a verlos multiplicados por otras vías. Mientras se combaten las expresiones directas, tarea de sobra necesaria, seguimos con el mismo problema de fondo: ¿qué hacer con esa furia? ¿Cómo lidiar con un sentimiento que, si bien está condenado socialmente, igualmente se siente? ¿Existe el odio “racional”? ¿Cuáles son las falacias más frecuentes sobre el “buen” manejo de este sentimiento?

Frente a la animadversión nos encontramos con un dilema: todos dirán que está mal experimentarla, pero casi nadie acertará con la receta para dejar de lado esas ganas de ir en contra de una persona o un grupo, menos aún en tiempos de infoxicación. A la par de retos, bailes y chistes, también se viralizan consejos de distintas fuentes para intentar decirnos qué hacer. Desde estrategias educativas para prevenir la cultura de la discriminación, herramientas psicológicas hasta coachs: la gama de herramientas es amplia. ¿Su eficacia? ¡Qué pregunta tan difícil!

Intentar entender por qué fracasan muchas de esas recomendaciones es tan complejo como las realidades en las cuales se incuba el odio. En los casos más personales, sin embargo, nos atrevemos a sugerir algunas: no es fácil digerir discursos como “mientras el otro está feliz, tú cargas con toneladas de toxicidad que solo te dañan. Suelta y libera. Eres el único que pierde. Perdona”. Hasta ahí, bien, pero… ¿detrás de esa frase hay un verdadero crecimiento personal o se normaliza la frustración? ¿Qué papel juega la justicia y la reparación más allá de un tribunal? ¿Dónde se consiguen las herramientas para lograr aplacar y salir del foso del rencor? Y, especialmente: ¿cómo cambiamos nuestra percepción sobre un sentimiento tan poderoso y contundente, tan antiguo como la humanidad, visto únicamente por sus consecuencias y no por su complejidad?

Ya en el plano de los temas públicos, la urgencia por combatir los catastróficos efectos de prácticas en contra de grupos y pueblos vulnerables nos hace tropezar con la misma piedra. Como casi siempre ocurre, acudimos al auxilio cuando los daños son muy notorios, sin un debate amplio y honesto sobre el origen de estas realidades. La discusión en redes sociales, mediada por algoritmos y políticas bastantes discrecionales en ocasiones, muchas veces privilegia las voces poderosas sobre aquellas que pueden darnos un atisbo de sensatez. Mientras tanto, el odio ha seguido su tránsito a la par de internet. Así fue en la web 2.0, así es hoy, cuando vamos con el mismo dilema a la web 5.0.

Rosa E. Pellegrino 

 

 

 

 

 

 


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