Estoy almado | La "privacidad" de los datos digitales

17/02/2024.- La disputa por el derecho a la privacidad no es nueva. En las civilizaciones antiguas era normal hablar cerquita de las fuentes hídricas, pues se creía que el ruido del agua impedía que los curiosos escucharan. La Iglesia, por su parte, consideró desde tiempos remotos que la privacidad era peligrosa, porque relajaba la exigencia clerical de admitir pecados en los confesionarios.

Hasta ahora no se sabe, con documentos verificables, en qué punto de la humanidad comenzó la lucha por la defensa de la privacidad. Se conoce que en 1890 Samuel D. Warren y Louis Brandeis escribieron un ensayo para alertar sobre la necesidad de proteger este derecho. Ambos hicieron la advertencia por los "cambios tecnológicos" que suponían para aquel entonces la fotografía y el periódico. Warren y Brandeis justificaron la privacidad sobre la base del derecho a la intimidad, un atributo —según ellos— esencial para vivir.

En el 2001 el mencionado derecho causó controversia por el cambio en las políticas de privacidad anunciado por la empresa WhatsApp. Millones dejaron de usar la aplicación, pero luego volvieron a ella, como si nada hubiese pasado. En ese entonces, los desertores de esta aplicación de mensajería fueron presos de la idea infundada de que sus datos serían usados para fines electorales o ilegales.

Pasada la euforia, todo indica que la polémica fue parte de una masiva campaña de propaganda para que los usuarios de WhatsApp abrieran un perfil en Telegram. Es decir, los usuarios cedieron sus datos a otra empresa tecnológica (Telegram) en el mercado de contenido digital. Sus datos ahora son más compartidos que antes.

A estas alturas, todos sabemos que la privacidad de los datos la perdemos desde el momento en que empezamos a usar una red social o una aplicación de mensajería instantánea. No nos cobran con dinero, pero sí con los datos que les suministramos al registrarnos.

También les pagamos cuando permitimos que controlen el contenido digital que enviamos y recibimos a diario. Luego, los gigantes tecnológicos venden nuestros datos personales a empresas que pagan por ello para hacer publicidad ajustada a nuestros gustos e intereses. También usan la información para diseñar propaganda focalizada en los tipos de electores.

No es nuevo lo que digo, pero esta vez es "llover sobre mojado" porque es distinto tener presente que nuestros datos son públicos, y otra cosa es creerse más libres porque usamos redes y enviamos cadenas todos los días.

Lo mejor es aceptarlo: los llamados teléfonos inteligentes y dispositivos electrónicos son nuestra condena y satisfacción, al mismo tiempo. Sin alarmarnos ni caer en la histeria, debemos asumir que todos nuestros datos digitales los manejan otros, nos guste o no.

El escándalo de Cambridge Analytica ratificó la sospecha de que los cifrados de extremo a extremo no son más que un tecnicismo con falsa apariencia de seguridad. Y la filtración de los datos de 235 millones de usuarios de TikTok, Instagram y YouTube, ocurrida hace varios años, revela la permanente vulnerabilidad de los sistemas de seguridad digital.

Dennis O’Reilly, escritor e investigador desde 1985 de nuevas tecnologías, lo resumió en el 2007 de la siguiente manera: "La mejor manera de proteger tu privacidad en la red es asumir que no la tienes".

Entonces, ¿qué nos queda? ¿No usar más las redes ni las aplicaciones de mensajería? Limitar nuestra vida digital no parece la mejor salida, pues ya se volvió algo natural para nosotros. Incluso, hay quienes afirman que sin dispositivos electrónicos no podrían vivir. Surtió efecto la creencia de que sin Internet ni dispositivos digitales no funcionamos; no hay sinapsis ni emoción que calme nuestros temores y alivie la cuesta de las adversidades como lo hace un divertido meme, un atractivo video corto o la revisión chismosa del último estado de WhatsApp de nuestros contactos.

Aunque hay pequeños sectores en el mundo libres de ese cordón digital, la última cifra actualizada indica que un promedio de 3 mil 960 millones de personas en el planeta usan redes y aplicaciones. De esa cifra, el 99% lo hace mediante dispositivos inteligentes. Al parecer es nuestro nuevo opio, y para la mayoría de las empresas es la materia prima más codiciada en el siglo XXI.

Seguramente esa debe ser la razón por la cual la Unicef nos pide que nos centremos mejor en los niños. Cada 28 de enero (Día de la Protección de Datos) este organismo nos insiste con educar a los niños con énfasis en el respeto a la privacidad digital. El organismo multilateral dice que su campaña busca que los niños de hoy ejerzan a futuro "una ciudadanía digital responsable".

No sé si nosotros (los de esta generación) llegaremos siquiera a la categoría de "responsables digitales" con el uso que hemos dado a nuestros datos, pero no podemos culparnos de pagar la novatada con un fenómeno que apenas fuimos entendiendo a trompicones.

Para las próximas décadas quienes no quieren arriesgarse son los ricos. Optan por pagar cifras exorbitantes para que sus datos, y los de sus hijos, no sean vendidos como mercancía a Facebook o Google, según publica Nellie Bowles en The New York Times. La premisa que los adinerados aplican a su prole es: menos exposición a las pantallas, más interacción social.

Por su parte, Europa intenta frenar a los monopolios tecnológicos con un reglamento general que a corto plazo no vislumbra ninguna garantía de éxito, entre otras cosas, porque Facebook y Google esperan pacientemente a que los países de la Unión Europea se enreden con legislaciones internas que cada nación debe aprobar, según sus propios mecanismos burocráticos. En efecto, eso es lo que está sucediendo.

Algunos tenían la esperanza puesta en Irlanda porque en Dublín, la capital del país, están ubicadas las sedes de varias poderosas empresas tecnológicas. Se esperaba que allí se aplicaran las regulaciones necesarias, y luego ese ejemplo de mano dura se repitiera en el resto del mundo.

Sin embargo, la realidad es que Irlanda, un país azotado otrora por crisis económicas, fue seducida por la generación de empleos y la inversión de las compañías tecnológicas. De ese modo, la regulación del derecho a la privacidad de los datos quedó relegada al olvido.

Por tanto, a falta de regulaciones en el horizonte, nuestra información es más pública de lo que creemos. Ya no vale hacernos los exclusivos cuando nos piden nuestros datos. Mientras tengamos un celular "inteligente" en las manos, nuestros datos ya pertenecen a otros. Así, vivimos debajo de un paraguas engañoso llamado "progreso" o "modernidad".

 

Manuel Palma


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