Palabras... | Sobre La vidurria, una historia de Carlos Angulo

21/03/2024.- La vidurria es un magnífico cuento de Carlos Angulo, de 911 palabras, que leí en la red social Facebook, en la cuenta personal del autor. Según entiendo, forma parte del conjunto de textos de su libro Entrevista con la ausencia (Ediciones Proyecto Sueños Venezuela, 2010). El placer que me provocó esta obra me anima a compartir un testimonio de mis impresiones sobre su lectura.

Por su extensión, La vidurria se ajusta a la clasificación de relato breve. Está escrito en un lenguaje sencillo y directo, con frases cortas, fluidas y limpias. Presenta imágenes visualizables, una estructura lineal y una secuencia cronológica de los hechos. El epígrafe sirve como atajo para la comprensión, estableciendo los vínculos de la ficción con realidades del pasado, seguramente reconocibles para muchos lectores nacidos antes o a finales de los cincuenta. A partir de este exordio, el cuento fluye con economía de detalles. Describe la suerte de un hombre que hizo de la acumulación de objetos perdidos su destino, su forma de vida y su fortuna. Del desarrollo y final del cuento, el lector podría extraer, si lo desea, varias moralejas.

Todo trabajo literario tiene un color. Algunas lecturas están impregnadas por el matiz de las horas o de la época. Emiten la brillantez del momento, del lugar, de la zona climática. No hace falta que el autor lo mencione. Basta con la palabra "invierno" y saber si el desarrollo del relato ocurre en el norte o en el sur del mundo, o en Venezuela, para discernir las diferencias léxicas y comprender qué están sintiendo, en relación con el clima, los personajes. En función de esto, ante nuestros ojos de lectores se despliega el color blanco o azul del paisaje, el frío estacional, el naranja de la tormenta y el amarillo de la lluvia contenida, que también representan la mayor o menor temperatura del ambiente. Hay autores que optan por describir entornos con cielos irisados de verano; tardes coloradas; tierras tostadas removidas por el viento; gente con piel brillante; ojos negros, castaños, ambarinos, azules o verdes. Las personas vemos todo con matices.

Cada color sugiere vida, estado emocional, sentimientos. Determinados colores proponen un escenario epocal. Este cuento, en particular, que no dice nada de hoy, pero sí mucho del distante pasado, tiene tonalidades sepia. Observamos lo que de nosotros o de nuestros mayores hay allí; lo viejo que resurge en uno. ¿Qué importa si este día nos priva de nuestro pasado, si nuestros referentes más familiares están aislados por la lozana abundancia de lo reciente y lo juvenil del paisaje humano? ¿Qué importa si el presente se empeña en negar lo que aún persiste, lo que sobrevive en el testimonio, en el documento o en la crónica? ¿Qué importa si lo que vemos es cemento empinado, si las montañas en las que no pensaron arquitectos y constructores quedaron escondidas por la verticalidad que sí proyectaron? ¿Qué importa si todo enseña las uñas, echa fieros? Hasta el horizonte podría sentirse amenazado —aunque dudo que lo esté— por la frenética ideología urbana con sus ilimitadas concepciones de amplitud, asfalto, neón en las rotulaciones y cotas de altura. ¿Qué importan las inquietantes irradiaciones del futuro, que se acerca con la idea de panoramas ajenos a imponerse desde el norte o desde Asia? Este pedazo plano alcanzado por mis ojos es el espectáculo concedido, el que tengo. Otras perspectivas están en otros puntos si me muevo. No estamos tan fuera de la ruta. Nada está perdido o suficientemente roto. Nadie, ni los renovadores, están a salvo. Todos tenemos un destino.

Cuando uno se asoma al momento señalado por Carlos Angulo, "finales de los años cincuenta, principios de los sesenta", la memoria queda aguijoneada. Desde ese instante, el relato adquiere un tinte sepia. Recordar es pisar firme. Moverse es uno de los pocos actos seguros para hombres y mujeres en tiempos de vacilación y farsa. Creo que cada persona en este planeta, condenada a padecer la desmemoria, que ofrece con su arte testimonios como este, reafirma sus pasos y proclama un origen y una naturaleza pocas veces invocados: la ciudadanía humana. No siguieron de largo como los perros solitarios con sus ensoñaciones ardorosas. Se detuvieron no solo para ver, como lo hizo el siervo desarraigado de la tierra que cultivaba. Observaron y prestaron atención a su entorno. El mundo, transitoriamente, es de todos. Somos conscientes de nuestra caducidad, de la inevitable extinción que vendrá a buscarnos, uno por uno o en colectivo. Sabemos que los cambios son inevitables; que todo llega y todo pasa, que la vida huye en una fuga irrevocable. Cada mujer y hombre que, como Carlos Angulo, cuenta lo observado, trae de su tiempo sus informes y su inconfundible declaración. Con sus observaciones, van como Marco Polo, describiendo el mundo conocido, hablando de sus maravillas, dejando una presentación de lo avistado a la siguiente generación. ¿De qué más, sino sustancialmente de eso, hablaba José Ortega y Gasset en su obra Meditaciones del Quijote, al reflexionar sobre la importancia de salvar su circunstancia, su lugar y tiempo?

Quienes van en su odisea, atentos a lo que vieron con cien ojos, verán en el cuento de Angulo una versión de alguien reconocible, tal vez enterrado. La avaricia y la obsesión por la riqueza material pueden conducir a la pérdida de lo más valioso de la vida: la felicidad y el disfrute de la amistad. Sin embargo, también podrían ofrecer semblanzas sobre seres consagrados, no como algunos suponen, "solo al arte de multiplicar el vil dinero para morir en la pobreza", sino ceñidos por moldes de una economía de estrecheces e historias familiares de pobreza fecunda —pues la carencia estrangula, pero de los vientres de las familias pobres no dejan de brotar como champiñones los hijos—, el hostigamiento cruzado de la injusticia y el fracaso. Padres que, con mucho recelo y ejemplos de descalabros ruinosos por doquier, levantaron familias, invirtieron con vacilaciones en las letras elementales y las cuatro operaciones básicas de las matemáticas, de sus hijos, esperanzados con el mañana, convencidos por la tradición y el optimismo progresista de que con una mayor educación los vástagos tendrían mejores posibilidades de sobrevivir en un mundo acosado por obstáculos y con ofertas de ilusorias recompensas en la punta de los palos ensebados.

Apuesto a que no somos pocos los seres que conocimos a personas con hábitos de vida y trabajo agrícola que, intentando escapar de limitaciones ancestrales, plantaron sus expectativas en terrenos baldíos, ejidos y lomas, o detrás de las vallas que protegían los jardines de los campamentos petroleros. En esos extrarradios asentaron sus improvisados modelos de urbanismos, aprovecharon la oportunidad, la elección y el beneficio. Se animaron a recoger del suelo las migas del derroche y a forjar con ellas —con miedo a regresar al subyugo, a la vejación y al fracaso— sus personalísimas fórmulas de ascenso social.

El personaje de La vidurria —sin nombre y, por tanto, arquetípico—, y los portugueses aludidos por Manolo Silva en el epígrafe, fueron —no doy por seguro que hayan perdido vigencia— figuras muy conocidas de nuestras vecindades. Personajes establecidos en alguna esquina o cuadra de cualquiera de las calles, importantes o secundarias, de nuestros indiferenciados Tocuyos, Palavecinos, Cabudares, Vigías o Tovares del mapa urbano nacional, o del planeta. Algunos como supervivientes de un ideal anacrónico, representantes de un modo de vida que, con el ejercicio de la pobreza, creían —o la otredad pensaba— que obedecían los mandamientos y ganaban el cielo; representaciones de un modelo de ciudadano conservador, satisfecho con sus experiencias, ajenos a las expectativas reales o irreales de los demás. Gente sencilla, sin distintivos de educación, aunque no incultos; inhibidos —por vergüenza, desconfianza o miedo— de toda exhibición de lujos o disfrutes públicos. Gente proveniente de diversos rincones de este país o del mundo, que al final de sus vidas murieron con la fama de haber cruzado paradójicos puentes: huyeron apresurados, sin preparación, instintivamente, de la miseria, sin percatarse de que todo acto de huida es siempre hacia la redondez de un mundo que solo tiene 360 grados. Adelante estará esperándonos, de manera inevitable, el punto de donde se huye; por siempre, ofreciendo tributos a las prédicas de la escasez; convirtiendo la mezquindad en una virtud familiar; defendiendo la importancia del sacrificio personal; condenando el gasto, incluso el de la consumición prudente; inamovibles ante el infortunio ajeno, portadores con chocante orgullo de un desinterés sin término por el sentimiento ajeno. Gente que predica con el ejemplo, con hábitos y apariencia de indigente, habituada o prendada de los atractivos beneficios y notoriedad que también se alcanzan en las orillas.

Esta gente encontró en la periferia menos desarrollada, en los extrarradios del fasto y la opulencia su filón. En estos sitios, se volvieron prisioneros o esclavos de sus éxitos económicos. Un hombre no es siempre lo que decide ser. Los hechos, los accidentes, las oportunidades y las decisiones moldean su suerte y destino. Se agotaron cuidando su prosperidad, se enfermaron o se impusieron limitaciones censuradas, prácticas de una frugalidad aprendida a golpes, heredada de la estrechez o de rancias rigideces familiares. Murieron como vivieron, desde que se sintieron obligados a pararse por primera vez en la cuna, asqueados de la suciedad que desde el pañal o el embozo los persigue sin fin. ¿Qué remedio hay para un problema sin solución? ¿Quién dijo que con dinero la vida se ablanda? ¿Somos distintos a lo que la naturaleza dio o termina el rigor?

Con estas correspondencias y enlaces hallé mi afinidad con el texto.

 

Carlos Angulo

 

Biografía mínima:

Carlos Angulo es médico psicólogo, escritor, poeta y columnista. Nació en El Tocuyo, estado Lara, en 1949. Es autor de numerosos textos en campo de la narrativa.

 

Angulo, C. (2010). La vidurria. En Entrevistas con la ausencia, s. p. Caracas: Ediciones Proyecto Sueños Venezuela. https://www.facebook.com/share/p/u2oWqmimTzmBCJTg/?mibextid=oFDknk


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