Al derecho y al revés | Peor remedio
02/04/2025.- Poco a poco, el mundo se acostumbra a las volteretas que da la aún primera potencia del globo, con el señor Trump a la cabeza, y muchos comienzan a pensar que se trata de un enfermo mental y no un millonario malcriado.
Que un enfermo mental acceda a un gobierno no es nada nuevo. Consultando la historia, se puede afirmar que, de ser cierta esa hipótesis, el señor Trump acompañaría a algunos colegas del tercer mundo, pero también a infinidad de emperadores romanos y uno que otro tiranuelo asiático o africano, porque los nuestros solo dedican el tiempo a robar. No les queda espacio para el circo, aunque viendo al señor Milei, vale reconsiderar esta afirmación…
Sin embargo, siendo yo ingeniero y no médico siquiatra o sicólogo clínico, prefiero pensar que en el caso de Donald Trump, las fallas tienen otro origen.
Trump, por ejemplo, seguramente no habría llegado a presidente de los Estados Unidos si hubiese tenido adversarios sólidos, venidos de partidos organizados alrededor de un grupo de ideas base a ser desarrolladas una vez en el poder y si las circunstancias lo permiten.
Es sabido que en EE. UU. los ciudadanos tienen la opción de inscribirse como miembros de los partidos sin que esas organizaciones se enteren.
De hecho, Trump intentó hacer carrera política como "demócrata" hasta que, cansado de esperas y rechazos, se cambió a "republicano", partido que, cansado de los clanes que rigen la organización —léase los Bush, principalmente—, probó con Trump y ganó bajo el vaporoso lema de "Hacer América grande otra vez".
Allí comenzó el problema, porque no se sabe si Trump realmente desea hacer una revolución antiburocrática o si, con ese propósito, dejará sin trabajo a media administración pública yanqui, para que su cuate Musk, mediante robots e IA, siga amasando fortunas.
Un Donald Trump empoderado hace lo que ha hecho toda su vida: amenaza a los débiles, viola leyes y mujeres, pero da marcha atrás cuando se ve atrapado en sus mentiras.
Entonces, se vuelve un corderito que promete portarse bien hasta que los sabuesos de la ley se retiran ante casos más recientes.
Con los países actúa igual: pone sanciones y aranceles a diestra y siniestra, llegando a igualarse con Obama, que nos ratificó como "potencia enemiga", solo que Trump nunca arma un expediente y poco le importa que sus amenazas lleven pueblos enteros a la ruina.
En Venezuela, la estrategia seguida es la misma de Siria: empobrecer a la gente con aranceles y sanciones y poner a presuntos "influenciadores" a recordar tiempos supuestamente "mejores", mientras compran elementos claves para que desactiven las defensas del país el día escogido.
Poco importa si esos "influenciadores" a nadie impactan o si añoran épocas en las que no habían nacido; lo importante es desestabilizar, con o sin coherencia en la historia.
Así, hace poco, vimos al vicepresidente Vance que, olvidando su cargo y los aliados que Trump tiene, inventó que la globalización era para empobrecer pueblos (sic).
De no ser que Vance estuviera buscando aliados y mentía como politiquero en tarima para ganar aplausos, cabría recordarle al vice de Donald que entre los pueblos que se acercaron a la globalización estaba la República Popular China, país que entró pobre al proceso y salió superando a la economía yanqui (que hoy produce muy poco).
Hay otros ejemplos, pero la gaffe de Vance —o la de Marcos Rubio defendiendo el secuestro en El Salvador de venezolanos— indica que esos señoritos realmente no tienen partido que les reclame, ni el propio ni los de la oposición.
Así, sin una ideología clara, salvo el racismo WASP prometiendo liberalismo, pero levantando talanqueras económicas a lo largo del planeta, uno que carece de armas atómicas para disuadir estos salvajes, tiene que estar atento, porque estos piratas en cualquier momento dan inicio a una guerra nuclear hasta sin darse cuenta.
No son una solución. Son el peor remedio que se pueda encontrar ante cualquier enfermedad.
¡Me recuerdan las boberías de cierta oposición venezolana!
Domingo Alberto Rangel