Vitrina de nimiedades | ¿Cuánto le cuesta a la naturaleza...

nuestra compulsión tecnológica?

05/04/2025.- Verse como un animé japonés es fácil, por lo menos para la inteligencia artificial. A través de un recurso de ChatGPT, inspirado en Studio Ghibli, una conocida productora de piezas animadas, millones de personas convirtieron fotos familiares, de trabajo o de viejas amistades en caricaturas con trazos similares a los usados en películas como “El viaje de Chihiro”. Sería fascinante si no hubiera supuesto para OpenAI una sobrecarga para componentes de su sistema tecnológico y si no hubieran circulado publicaciones sobre el gasto de agua que implicó generar estos gráficos. Detrás de cada tecla de nuestros dispositivos se consume energía, pero no la vemos ni tampoco sabemos qué se sacrifica para obtenerla.

Uno de los puntos ciegos para casi cualquier usuario de dispositivos tecnológicos es la cantidad de recursos que se emplean para fabricar estos aparatos o para obtener un recurso específico, desde los resultados de una búsqueda web hasta un video. En el caso de las imágenes al estilo Ghibli, medios internacionales hablan de 216 millones de litros en cinco días para enfriar los servidores usados para ChatGPT.

Eso es apenas una gota de realidad frente a las proyecciones de consumo. En un estudio hecho por investigadores de la Universidad de California, también recordado por varios medios esta semana, se calcula que la demanda global de IA “represente entre 4.200 y 6.600 millones de metros cúbicos de extracción de agua en 2027”, lo que supera la extracción anual total de agua de la mitad de Reino Unido.

Si el consumo de recursos hídricos es excesivo, el empleo de energía eléctrica también presiona los sistemas de generación. Esta semana se divulgó un estudio de la Organización Latinoamericana de Energía: estima que la IA consumirá el 5% de la electricidad disponible en la región para 2035. Hace dos años, representaba el 1,6%, pero el creciente desarrollo de centros enfocados en esa tecnología impulsa el crecimiento de la demanda.

Para despecho de quienes se consideran anti-IA, el consumo energético en el mundo tecnológico no exime a ningún sector ni a ningún dispositivo, por muy arcaico que parezca. Los hábitos hacen la diferencia. Nuestros adorados teléfonos inteligentes pueden consumir 15 y 20 vatios para reabastecer su batería por completo, pero el consumo de energía no muere ahí. En cada llamada, publicación en redes o correo electrónico, otros servidores y equipos consumen energía. Ni hablar de la vieja costumbre de dejar los cargadores pegados de los enchufes; parece una tontería que, replicada por millones, contribuye al consumo fantasma.

Un smart TV, cuyo uso se expande por el mundo, puede consumir 200 kilovatios-hora al año, pero su impacto va mucho más allá del uso cotidiano. Estos y otros dispositivos implican el empleo de recursos naturales desde su fabricación hasta la expiración de su vida útil. Los efectos, no obstante, parecen imperceptibles mientras dejamos que el asombro nos lleve por la senda de progreso compulsivo. A lo mejor el desastre está recogido en alguna imagen al estilo Ghibli…

Rosa E. Pellegrino 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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