Las dos orillas | La ilusión del esfuerzo
Meritocracia, “habitus” y el olvido de la empatía
24/05/2026.- En el vasto imaginario colectivo que configura nuestras sociedades modernas, hay una narrativa que ha echado raíces con fuerza: la idea de que el éxito es una consecuencia directa y proporcional del esfuerzo individual. Este relato, que solemos denominar "meritocracia", se presenta como una fórmula incuestionable, casi matemática, en la que las jerarquías sociales no son más que el reflejo de la capacidad y la perseverancia de cada persona. Sin embargo, cuando sometemos esta premisa al escrutinio de la sociología y la psicología social, emerge una verdad incómoda: la tan venerada "cultura del esfuerzo" es, en muchos casos, una ilusión social. Una creencia tan insustancial como el "dragón en el garaje" de Carl Sagan; una afirmación que se defiende con fervor, pero que carece de pruebas que la respalden en un terreno de juego verdaderamente equitativo.
La subjetividad del esfuerzo
Para comprender por qué esta narrativa persiste, a pesar de las evidentes desigualdades estructurales, debemos analizar primero la naturaleza misma de lo que llamamos "esfuerzo". Desde una perspectiva psicobiológica, el esfuerzo no es una magnitud objetiva como los vatios o las pulsaciones, sino una percepción subjetiva. El psicólogo Gunnar Borg desarrolló la Escala de Borg para medir esta intensidad subjetiva, demostrando que el esfuerzo percibido es, en última instancia, una "ilusión" evolutiva generada por la mente para protegernos del daño, funcionando como el verdadero limitador del rendimiento, más allá de las capacidades físicas.
Si dos personas realizan la misma tarea, su valoración del esfuerzo dependerá de factores contextuales, motivacionales y sociales. Aquí radica la primera trampa de la meritocracia: equipara el valor de una persona con su éxito visible, ignorando que el esfuerzo real es invisible y subjetivo, lo que genera una profunda autoculpa en quienes, a pesar de esforzarse, fracasan para el sistema.
La brecha de la empatía y el experimento del juego de Monopoly
Esta desconexión entre el mérito y la realidad se agudiza cuando observamos cómo el poder y la riqueza moldean la psicología humana. Las investigaciones de Paul Piff, a través de experimentos como el del "Monopoly amañado", revelan una tendencia inquietante: a medida que aumenta la riqueza de una persona, disminuye su empatía y compasión, mientras que sus sentimientos de derecho y mérito propio se fortalecen.
En el experimento de Piff, los jugadores que recibían ventajas aleatorias (más dinero y mejores reglas) no tardaron en atribuir su victoria a su propia habilidad y estrategia, olvidando que su éxito fue, en origen, una cuestión de suerte. Esta "brecha de empatía" explica por qué los ganadores del sistema suelen desarrollar una excesiva confianza y una actitud despreciativa hacia quienes no logran subir en la escala social, un fenómeno que Michael Sandel describe como la "tiranía del mérito".
El habitus: la estructura social inscrita en el cuerpo
Para profundizar en cómo estas desigualdades se naturalizan, es imprescindible acudir al concepto de habitus de Pierre Bourdieu. El habitus es un sistema de disposiciones duraderas e incorporadas que guía nuestra forma de actuar, pensar y sentir. No es algo consciente, sino que se adquiere a través de la socialización temprana y se manifiesta en nuestros gestos, gustos y posturas corporales. El habitus funciona como un "puente" entre las estructuras sociales y el individuo: la estructura social se interioriza en forma de esquemas de percepción que luego producen prácticas sociales que parecen "naturales".
Bourdieu sostiene que el éxito no depende solo del esfuerzo, sino del capital que poseemos, ya sea económico, social o cultural. El capital cultural (educación, gustos, credenciales) determina el habitus de las clases medias y altas, dándoles una ventaja invisible en campos sociales específicos, como el académico o el artístico. Por ejemplo, la preferencia por la ópera o el arte contemporáneo no es una predisposición biológica, sino que el habitus ha incorporado esos gustos como marcas de distinción social, las cuales son legitimadas por la sociedad como "buen gusto". En contraste, los gustos de las clases trabajadoras son frecuentemente estigmatizados, creando barreras invisibles para su movilidad.
El efecto deshumanizador del dinero
Incluso el dinero, de forma aislada, tiene un efecto psicológico deshumanizante. Experimentos de priming realizados por Kathleen Vohs muestran que la mera exposición a imágenes de dinero reduce la disposición de las personas a ayudar a otros y aumenta la distancia social que ponen respecto a los demás. Los participantes expuestos a estímulos monetarios dieron menos tiempo a colegas necesitados y colocaron sus sillas a una mayor distancia física de extraños.
Esto refuerza la idea de que la riqueza no solo cambia lo que tenemos, sino quienes somos y cómo percibimos a los demás, fomentando una ideología de autointerés que justifica la desigualdad y erosiona la cooperación social. La meritocracia ignora que el punto de partida de cada individuo está determinado por su habitus de clase y los recursos acumulados, presentando como "neutral" lo que es una ventaja estructural.
Hacia una conciencia crítica del sistema
La desigualdad social no es solo una cuestión de distribución de ingresos, sino un fenómeno complejo que involucra la percepción del esfuerzo, la psicología de la riqueza y la estructura invisible del habitus. Mientras sigamos creyendo ciegamente en la meritocracia sin cuestionar las estructuras que permiten a unos "ganar" con trampa o al menos ventaja, seguiremos perpetuando una sociedad donde la empatía disminuye a medida que el poder aumenta.
Romper este ciclo requiere, como sugería Bourdieu, un "autosocioanálisis" o despertar de conciencia para reconocer las disposiciones que nos moldean y las injusticias que normalizamos bajo el nombre del mérito. Solo al desmitificar el esfuerzo como una medida absoluta de valor humano podremos empezar a construir una sociedad basada en el bien común y no en la tiranía del éxito individual.
Armando Carrieri
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