Aquí les cuento | El primer diyei (3)
Por Aquiles Silva
12/06/2026.- De la venta del tabaco, le quedaban doscientos bolívares en la chácara. Aún tenía que completar el equipo, el cable para la conexión eléctrica, enrollado y asegurado por una cinta metálica; así permanecería hasta quién sabe cuándo. En El Valle no había electricidad y mucho menos en los caseríos cercanos al Danto, que era donde tenía su rancho. Habría de invertir dinero en pilas (baterías) para mover el disco y hacer sonar las canciones. La única tienda de discos que existía en la ciudad era Discos Mora y, casualmente, estaba ubicada en la misma avenida 5 de Julio.
Las once de la mañana le dieron cuando ingresó al recinto de la pequeña disquera. Era un localito austero, donde estaba el dependiente resolviendo el crucigrama aparecido en el diario Antorcha.
El vale Pedro preguntó por los discos.
Necesitaba unos cuantos para hacer sonar el aparato.
—¿Qué canciones busca usted, mi amigo? preguntó el vendedor.
La respuesta quedó en el más absoluto silencio. No conocía ni orquestas ni agrupaciones ni intérpretes de ninguna de las canciones.
El vendedor tendría la tarea de sugerirle los más apropiados para su gusto.
Pero ¿cuál gusto, si el campesino no había escuchado nunca un aparato sonando canciones?
—Usted me dirá —atinó a decir.
—¿Cuántos discos quiere comprar?
—Dígame usted, ¿cuánto vale cada uno?
Al rato, el vale Pedro puso en el mostrador los cien bolívares de la compra y salió de la tienda, con una resistente bolsa de papel de estraza, con veinte discos de 45 RPM.
Había llegado al mediodía sin probar alimento alguno.
Se detuvo frente a la Casa Fuerte, donde un hombre, junto a su esposa, vendía empanadas de diferentes sabores.
Se sentó en una de las dos silletas de cuero disponibles y pidió una empanada de cazón.
Terminada la primera, ordenó la segunda y la acompañó con una sabrosa colita Santomé…
Puntualmente, Moncho Dagger encendió el motor de la Mercedes-Benz. Hizo sonar dos veces la corneta, iniciando la lenta marcha de regreso al valle del río Guanape.
La radio del transporte, sintonizada en el dial de Radio Rumbos, dejaba escuchar el capítulo correspondiente a Los tres Villalobos.
En el pueblo, las pocas familias que poseían receptores de radio seguían la trama a diario de esa radionovela. Y de todas las que publicara, la única emisora nacional que llegaba al pueblo.
El transporte cubría a sesenta kilómetros por hora el primer segmento del recorrido hasta Píritu. Desde la comodidad del asiento, ubicado a la derecha, pudo ver la cantidad de velas que iluminaban al Cristo de Jose en la casita que le habían construido para que los viajeros se detuvieran a hacerle promesas y encenderle un nuevo cirio.
La bomba de Clarines sería la última parada antes de caerle a la carretera de tierra, que no había sido pavimentada, desde Santa Cruz hasta El Valle y más allá.
Los pasajeros, la mayoría hombres, y algunas mujeres, generalmente acompañadas por sus hijos, con quienes acudieron al hospital a procurarles la salud, aprovechaban para ir a los sanitarios y luego acercarse al mostrador a tomar un café, hecho en la máquina que tenía una ruidosa cánula, que expelía vapor para calentar la leche y producir la espuma.
Clarines quedó atrás, igualmente que el episodio de la radionovela.
Avanzaban por la carretera, cada quien conversando sobre diversos asuntos. Los niños que acompañaban a las mujeres miraban el paisaje, la vegetación, las aves y el ganado, arreado por los vaqueros bajo el sol de la tarde.
El pueblo del Guamo tiene la calle sin nombre más larga del estado. Al inicio descendieron dos pasajeros. Más adelante, a la mitad de la calle, frente a la bodega de la Ceiba, abordaron cuatro personas, de las cuales dos permanecieron de pie, porque no quedaban asientos libres.
El asiento ocupado por El Vale Pedro era doble y en cada escala del recorrido era acompañado por otros pasajeros que abordaban y se quedaban en sus pueblos, sin que recibieran ni una palabra del hombre flaco vestido de caqui, quien llevaba el milagro en su caja sonora.
A las cinco y media de la tarde llegaron a la plaza de Guanape. Ahí descendieron ocho pasajeros y de inmediato continuó el transporte hacia El Valle.
Las seis y media era la hora de llegada al pueblo. Frente a la casa de escándulas se detuvo la camioneta, descendiendo el vale Pedro e ingresando a su interior.
Aurelia, su hija de veinte años, le dijo:
—¡La bendición, papaíto! Y agregó:
—¡Aquí está su comida!
El hombre cruzó hasta el patio. Se detuvo junto al roble que alinderaba con la familia Velazco. Desabotonó la bragueta de su pantalón de dril y orinó abundantemente sobre el fornido tallo del árbol.
Se sacudió tres veces el ducto retráctil, regresándolo a su nicho de tela, y volvió a la mesa, donde le esperaba un plato de guaracaras pintonas con mapuey y un par de bollos envueltos en hojas de maíz.
Comió lentamente. El plato estaba al borde de la mesa, junto a la caja del tocadiscos y la bolsa contentiva de los veinte discos de 45 revoluciones por minuto.
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