Caracas, 19 de junio 2026
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Caracas, una hechicera inolvidable | El "bocatto di cardinale"

Por José Antonio Ramírez


19/06/2026.- Caracas amanece y se da un baño de frío con un perfume que desciende como una letanía desde el Waraira Repano, inundando sublime los balcones de Catia y Propatria. Sus habitantes apenas revolotean entre las sábanas, aún entregados al sueño onírico y el deseo de consolidar sus anhelos más profundos, esos que no se atreven a compartir en público.

La señora Trina, con 65 años a cuestas, se levanta, monta la ollita de café, prepara la arepa y llama a la "niña" para que se arregle y la acompañe a hacer el mercado en el bulevar de Catia. Elizabeth tiene 16 años, es excelente estudiante, se acaba de graduar de bachiller y sueña con formarse como médico en la insigne Universidad Central de Venezuela.

Ella sabe de primera mano que no cuenta con los recursos económicos para cubrir las exigencias que demanda en la carrera. Sin embargo, está dispuesta a todo por conseguirlo. Resuelta, no va a permitir que nadie le trunque su deseo de triunfar y darle a su abuela Trina una vida digna para afrontar su vejez en paz.

Sin padres desde muy pequeña, su abuela se hizo cargo de ella. Le intentó inculcar valores y principios; le enseñaba la importancia de decir la verdad, asumir las consecuencias de sus actos y no temerles a los abusadores. "Usted tiene que ser una mujer de bien", le espetó preocupada al observar cómo su nieta vestía con ropa nueva, prendas caras y un celular.

Un hombre de 45 años tiene negocio propio, camioneta y cuentas bancarias en dólares. Aunado esto a su capacidad de persuadir a sus clientes como abogado litigante le permitió llegar a su plenitud con un porvenir económico asegurado. Ahora tiene menos ocupaciones; es divorciado, con dos hijos adolescentes y cree tener todo bajo control.

Rodolfo comienza a reunirse con nuevas amistades; las comunes con su anterior esposa las desechó de su vida. Tomó la decisión de vivir para sí primero, poner todo en orden, adquirir propiedades y asegurarse un buen colchón económico para un futuro inmediato. Sus clientes del ámbito penal le dejan importantes cifras como para darse un merecido descanso.

De pronto, una idea comienza a recorrer su cabeza: "Coño, quiero comerme una carajita", dice el muy sinvergüenza tras visitar sitios de la deep web especializados en pornografía infantil. "Las muñequitas lucen tentadoras", afirma para sí. "El dinero lo tengo. El apartamento, también. Me falta la muchachita virgen para tragármela entera", sentenció.

El internet, ese vasto mundo que pretende desconocer la realidad y sumergirnos en una distopía virtual, es el puente escogido para "seleccionar" a la chica y comenzar a invertir en ella. Rodolfo comienza a visitar sitios web para hacer match y encontrar nuevos rostros.

Él pasa días agotadores entre los pasillos del Palacio de Justicia con alguaciles, fiscales, defensores públicos, abogados privados, jueces, funcionarios policiales y, claro, su larga lista de malandros, quienes están dispuestos a pagar con tal de obtener la libertad.

Las tascas de La Candelaria son el lugar ideal para rememorar buenos tiempos. Un buen caldo gallego, cerveza bien fría y el partido de futbol de la UEFA Champions League son la descarga ideal entre colegas y damas de compañía, que nunca faltan. Sin embargo, esa idea siniestra ronda su mente: "Me la voy a coger, cueste lo que me cueste".

El Sambil de La Candelaria es el lugar escogido; tiene todas las bondades de un centro comercial, con la discreción de hoteles cuatro estrellas a su alrededor. Elizabeth lo va a conocer hoy. Lo que él no sabe es que ella también tiene un plan, donde la mosca en la telaraña de su pasión es Rodolfo.

La chica decide ir con todo, pero nada de entregar su virginidad. Sabe muy bien que es su mayor tesoro y tiene un precio muy alto para quien esté dispuesto a comprarlo. Él es solo un viejo verde para ella; irónicamente, es su boleto de salida de la miseria, un craso error planificado con ingenuidad por su frenesí adolescente de vivir la buena vida sin esforzarse por ello.

Caracas hace décadas dejó de ser la prima donna; ahora deslumbra de día y brilla de noche, como la más exquisita y tenebrosa de las cortesanas, dispuesta a devorar hombres y mujeres ávidos de placer, lujuria, deseos y frenesí.

Al fin, Rodolfo se decide. Manda todo al carajo, se forra en chaqueta de cuero, zapatos de lujo, perfume caro y va como caballo de Gran Sabana, desbocado a buscar su potra para consentirla, adorarla y complacer todos sus gustos hasta comerse ese bocatto di cardinale. Elizabeth, hermosa como flor de loto, decide conocerlo y consolidar así su objetivo.

Es domingo. La mañana se presenta como una nube en su cabeza. Rodolfo está aturdido por el coctel de una noche de desparpajo sexual con mucho vino, langosta, trufas y exquisitos quesos gourmets para cerrar la velada. Ha sido un sueño hecho realidad: pudo por fin coronar a la "carajita" con la que siempre soñó.

La abuela Trina, ahora avergonzada, acompaña a Elizabeth al Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses. Descubre amargamente cómo su nieta fue la amante oficial de él. Sin embargo, la ley es muy clara: una menor de edad, aunque acepte que hubo una relación sexual consensuada, es protegida en su integridad por todos los órganos competentes.

Rodolfo, ahora en Tocorón, tras año y medio de juicio, ha sido sentenciado a cumplir quince años de presidio por violación agravada con penetración a una menor de edad. Desde la celda, evoca como un cruel pasado sus noches de gloria. Mientras tanto, su mente le repite una y otra vez: "Coroné a la carajita y cuando salga de aquí la volveré a buscar".