Caracas, 29 de junio 2026
Logo
Image

Caraqueñidad | Los sismos, los mitos y los eternos perdedores

Image

Por Luis Carlos Martín

29/06/2026.- El 24 de junio de 2026, cuando el mundo entero esperaba el pitazo inicial del Brasil vs. Escocia en la Copa del Mundo, las energías contenidas en las entrañas del muy sísmico norte venezolano se liberaron con una fuerza equivalente a 260 bombas atómicas. Eso dicen los expertos.

Es que no fue un terremoto. Fueron dos. Unieron su poder, con una diferencia de 39 segundos entre uno y otro. El agravante fue que el segundo detonó a escasos 10 kilómetros de profundidad —lo que hizo más destructiva su onda expansiva—, y marchó agresivamente desde su nacimiento en Yaracuy, en línea casi recta y de manera indetenible, hacia Caracas y La Guaira.

La experticia científica certifica que las fuerzas del sistema tectónico venezolano, más activo que nunca, sumaron lo que guardaba el encuentro —debido al desplazamiento horizontal advertido hace tiempo por los geólogos— entre la placa del Caribe y la placa suramericana. Esto creó un evento previo de 7.2 grados de magnitud, el cual activó, de forma casi automática, el sismo de 7.5, considerado el principal. Ese sacudón arrasó todo a su paso en un dantesco itinerario iniciado en la falla de Boconó, con paso por la de San Sebastián y de allí a la de El Pilar. Literalmente, fue una especie de línea recta de muerte de oeste a este. En la sensación del ciudadano de a pie, esas oscuras energías se conjugaron en un zarpazo mortal, cuyo saldo real por ahora es incalculable.

Resulta inverosímil que comentarios extraoficiales, redes sociales y desinformadores de oficio relacionen este holocausto natural con fuerzas extrañas o extraterrenales. También resulta repugnante que asomen pretensiones de réditos políticos y personales —de donde vengan— a costa del dolor de todos en tan aciago momento.

Bolívar, el más grande, maldijo al soldado que disparara contra su pueblo; asimismo, es maldito quien se tome fotos y no sude una gota en señal de entrega por el prójimo.


Temblorosos antecedentes

El 11 de junio de 1641 fue el terremoto de San Bernabé, donde Saturnino, el loco del pueblo, apodado Ropasanta, presagió el terrible episodio. Casi dos siglos más tarde, un Jueves Santo, se desató el terremoto de Caracas de 1812; ese donde nació el reto del Libertador: "Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca". Luego, el 29 de octubre de 1900 se suscitó el terremoto de San Narciso. Y finalmente, otro 29, pero de julio de 1967, se dio el —hasta la semana pasada— último gran sismo de Caracas.

En todos los casos hubo proclamas que sembraban el rumor de que todo era una especie de castigo divino porque el pueblo se había alzado contra el sistema imperante. La Iglesia, importada desde Europa, siempre favoreció con sus "teorías" la imposición del reino de España. Ahora, cuando ocurre lo mismo debido a las apetencias imperiales por nuestras riquezas y otros intereses, ¿quién será el señalado como responsable supremo?

El de este 24 de junio fue un doble sismo que comenzó a sacudir la tierra cerca de las seis de la tarde al ritmo de los tambores de San Juan, fecha coincidente con la batalla de Carabobo en la que perdió la vida el Negro Primero, ícono del espiritismo criollo. A varias deidades —consta en múltiples videos publicados en redes sociales— se les pedía en acto pagano, sin saber que el pueblo sería complacido en su petición de que temblara la tierra. ¿Significa eso que los mandatos del cielo mueven las entrañas de la tierra? Científicamente, no, pero los amarillistas generadores del caos lo asoman. ¡Mucho cuidado con creer en esas vainas!

A pesar de tantas ciencias aplicadas a la planificación urbana, resultó inevitable lidiar con suelos sedimentarios, ubicados en peligrosos abanicos aluviales, a lo que se añadió la desatención a normas básicas antisísmicas por el alto riesgo geotécnico, del cual debió advertirse con seriedad y mano dura. Intereses contrapuestos con cochinas intenciones politiqueras izaron sus banderas. Mientras tanto, el caos, la zozobra y el hedor a muerte se apoderan de todos los escenarios.

Hay asomos de dejadez, desidia, personalismos, corrupción —reconocida y denunciada, incluso, desde lo más interno del poder— y otros males terrenales, que en nada ayudan en momentos que demandan la unión tricolor verdadera. Las investigaciones no amañadas hablarán.

¿Quién ha sido el eterno perdedor? Y, por cierto, ya el Mundial no importa. Los únicos goles que cuentan serán aquellos a favor del pueblo, aunque nuestro equipo está herido de muerte...