Caracas, 02 de julio 2026
Logo
Image

La fe es la roca que el sismo no pudo quebrar en La Guaira

Los sobrevivientes viven entre el dolor y la esperanza a ocho dìas de la tragedia

Ek campamento situado en el campo de golf de Caraballeda sirve de reencuentro para las familias..



02/07/26.- Ocho días han pasado del doble terremoto que fracturó la costa central venezolana. La Guaira ya no se mide en calles y avenidas, sino en campamentos y refugios, muchos de ellos improvisados, filas para el agua y la tenacidad silenciosa de quienes se niegan a dejarse vencer por el luto.

Donde el mar Caribe sigue rompiendo contra el malecón con una indiferencia que asusta, la supervivencia no es una palabra abstracta sino un oficio de tiempo completo. Se sobrevive buscando insumos para la alimentación y medicinas para la ayuda, se sobrevive entre el polvo buscando pertenencias o se sobrevive simplemente manteniendo la cordura cuando una nueva réplica hace temblar las tazas de café en los refugios.

En el sector de Caraballeda lo que antes era una hilera de edificios residenciales con vista al mar, hoy parece un dominó derribado por una mano invisible. El paisaje es una superposición de intimidades expuestas: como una cortina floreada que baila con la brisa marina, un juego de recibo de comedor colgado al vacío o un refrigerador de una familia que quedó aplastado bajo toneladas de escombros.

"El primer día lloramos todo lo que teníamos que llorar", dijo José Briceño, un profesor de bachillerato jubilado que ahora pasa sus días bajo un toldo azul frente a playa Los Cocos.  "El segundo día nos sacudimos la tierra y nos preguntamos: ¿qué hacemos ahora?. La respuesta fue encender un fogón. Si hay fuego y café hay comunidad, y si hay comunidad todavía no nos ha ganado el terremoto", acentuó entre sollozos.



La resiliencia del venezolano es su fortaleza.



José cuida una olla donde se cocina una sopa con lo que se pudo recoger entre los presente. La solidaridad se ha vuelto la única moneda de cambio legal en curso dentro de la nueva realidad que viven las familias en el Litoral Central, donde la tragedia volvió a desdibujar la zona después de 27 años de la vaguada que dejó enlutada a cientos de venezolanos al igual que hoy.

Para quienes tienen a un familiar bajo las estructuras colapsadas de Los Cocos, Playa Grande o Caribe la sobrevivencia es la forma de tortura suspendida en el tiempo. Sus vidas se detuvieron el pasado 24 de junio a las 6:04 de la tarde. Desde entonces no duermen. Se les ve sentados en las aceras, con la mirada fija en los movimientos de los rescatistas nacionales e internacionales que con cámaras térmicas y perros de búsqueda insisten en desafiar los escombros.

"Mi abuela murió, mi abuelo también y estamos esperando a ver si sacan a mis tíos, no hemos sabido de ellos. Hasta ahora soy el único sobreviviente de mi familia y estoy aquí en este campamento con algunos vecinos esperando noticias", comentó el joven Engelbert Tobello, en el campo de golf de Caraballeda, que fue habilitado para los refugiados.

Cada vez que los equipos de rescate piden silencio para escuchar los latidos bajo el concreto, una marea de personas contiene el aliento al unísono como en una coreografía de dolor y esperanza. Cuando el puño en alto del rescatista se baja sin noticias, el suspiro colectivo de frustración recorre la costa como una ola amarga. Pero nadie se mueve de su puesto porque la fe es la roca que el sismo no pudo quebrar en el Litoral Central. 



La devastación no tumba la esperanza, al contrario la fortalece entre los respiros de los sobrevivientes.



Para los lugareños sobrevivir es también aprender a reirse al octavo día de la tragedia. Es ver a los niños jugar con lo que consigan, ajenos a la realidad que transformó su entorno. Es el gesto de una mujer que se peina en medio de la nada, frente a un espejo roto que recogió entre las ruinas de un edificio cercano como intentando rescatar su dignidad del suelo.

La Guaira arrastra la fatiga de una semana que parece un siglo, pero no se rinde. La reconstrucción material tardará, las cicatrices en el asfalto y en la memoria colectiva quedarán para siempre. Pero observar a este pueblo compartir el pan nos convence de que lo más importante no se cayó en el terremoto. La gente con los pies cansados y el sudor a cuestas todavía sueña en un mañana, y demuestra que su convicción está hecha de concreto y cabilla. Los costeros se preparan para el amanecer de un nuevo día. 








SABINA DI MURO/FOTOGRAFÍA JESÚS CASTILLO/CIUDADCCS