Caracas, 04 de julio 2026
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Un mundo accesible | La importancia de la solidaridad...

y la concientización ante los desastres naturales

Por Angélica Esther Ramírez Gómez

04/07/2026.- Los desastres naturales irrumpen en nuestras vidas de improviso y dejan múltiples víctimas a su paso, tal como ocurrió el pasado 24 de junio en nuestra querida Venezuela. Es natural que semejantes circunstancias transformen y revelen la humanidad que habita en las comunidades. Pese a los lamentables hechos que escapan a nuestro control, considero que la mayoría de los ciudadanos ha demostrado un comportamiento loable. Ante la tragedia también emerge un susurro: un llamado frágil en el que se esconde un potencial enorme, capaz de conmover nuestros corazones y promover acciones altruistas. En el presente artículo, desgloso la historia de un evento que todavía estoy procesando.

Este tipo de fenómenos transforma y visibiliza la esencia de la gente. Lo que emerge es un susurro, un llamado frágil pero potente que convoca a la acción. La historia de este clamor, de cómo se extendió y de las decisiones que se tomaron a lo largo del camino, ofrece a otros la oportunidad de una reflexión crítica y un ejercicio de aprendizaje. Así, la memoria y el conocimiento se convierten en un mapa que indica, de la forma más sincera posible, qué hacer o qué evitar en una próxima situación de crisis.

Ante una catástrofe tan lamentable, diferentes comunidades se estremecieron. El miedo, la tristeza y la incertidumbre son, por lo general, las primeras reacciones. Sinceramente, considero que no es correcto infravalorar o ignorar tales respuestas. Se han perdido vidas humanas y múltiples hogares acabaron destruidos, incluso si el daño más grave se concentró en algunos sectores mientras en otros las cosas parecen estar relativamente bien. La pregunta que a todos nos atañe es: ¿qué hacer ahora?, ¿cómo puedo propiciar un bien mayor pese a mis dificultades inmediatas?

Considero que cuando el compromiso voluntario con la virtud, la generosidad y el respeto por los demás logra trascender el mero interés propio, la respuesta se vislumbra con mayor claridad. Entonces la solución aparece de inmediato: ¡es hora de ayudar! Mediante ese impulso, nuestra iniciativa se materializa, incluso si los recursos son escasos. Basta un poco de empatía para que, a partir del primer grito de auxilio, la semilla empiece a germinar (esta semilla simboliza nuestra elección de actuar). Aun cuando las condiciones del entorno no sean propicias, el individuo debe elegir romper su propia cubierta y dirigir el crecimiento de su proyecto de vida a través de una participación activa y vigorosa frente a la crisis.

Creo fervientemente que si algo hemos aprendido tras esta debacle es que la disposición de los ciudadanos, la resiliencia y un sistema de valores éticos que promueva la unidad son cruciales para encontrar una tenue luz en medio de tanta oscuridad. Edificar un nuevo plan comunitario de respuesta ante desastres —que prevea imprevistos y establezca criterios de adecuación y distribución de la ayuda frente a tales riesgos— se ha vuelto un requerimiento crucial. Implementar proyectos de forma efectiva, que logren movilizar a las comunidades ante el evento, así como comprobar su funcionamiento cuantas veces sea necesario, es la mejor manera de aprender en un contexto más distendido que permita el ensayo y error.

Asimismo, es sumamente valioso facilitar el acceso a organismos que ofrezcan capacitación en primeros auxilios, evaluación de daños y otros temas útiles ante tales emergencias. Si bien estas actividades pueden ser gestionadas por distintas instituciones, no siempre están al alcance de todas las comunidades y harán falta en momentos que podrían ser cruciales para salvar una vida.

Por último, es relevante destacar que la mayor parte de los testimonios ciudadanos indican que se fortalecieron nuevos lazos en esta situación de absoluta necesidad.

La vulnerabilidad forma parte de la condición humana; es un hecho del cual no podemos escapar. La idea de que debemos volver a la normalidad pasando por alto lo ocurrido solo incrementa el riesgo ante futuros eventos. Es nuestra responsabilidad aprender del pasado y transmitir las lecciones adquiridas mediante un enfoque preventivo. Debemos hacer lo que esté a nuestro alcance para anticiparnos a daños graves o irreversibles, sobre todo ante una tragedia que hoy ha dejado a una nación entera de luto. Las pérdidas sufridas rompen nuestros hábitos y nos obligan a reconstruir nuestra realidad poco a poco; pero depende de cada uno transformar ese dolor desgarrador en la aceptación consciente de una perspectiva futura que nos permita crecer.

En pocas palabras, estimado lector, sepultar lo ocurrido sin una medida justa de memoria histórica implicaría perder toda capacidad de resistencia y defensa frente a nuevas amenazas. Un pueblo que carece de memoria colectiva es un pueblo que camina sin brújula. Sobrevivir no es lo mismo que construir un futuro más justo y seguro para todos. Es nuestro deber tomar medidas para no repetir el pasado. Hoy los invito a dignificar el legado de todos los que fueron silenciados por una partida súbita e inesperada.

La integración entre las comunidades que habitan el territorio y la búsqueda de un propósito común, pese a nuestras diferencias, deben ser ejes de un aprendizaje continuo que incline la balanza hacia la cooperación y el entendimiento mutuo, ya que la necesidad no discrimina.

Superemos, más unidos y conscientes, esta penosa crisis sin darle sepultura al pasado. ¡Fuerza, Venezuela!