Esmeralda Torres: “Me gusta mostrar la belleza a pesar de lo que es”

La escritora de "El libro de los Tratados" nos visitó en Cita con la Actualidad

En el año 1985 una jovencita de 17 años llamada Esmeralda Torres, crecida en el barrio La Shell de Ciudad Bolívar, se empecinó con la idea –descabellada para ese entonces–, de realizar estudios universitarios. Una serie de eventos relacionados a su militancia política y su participación en las actividades del comité de bachilleres sin cupo la obligaron a salir de su ciudad natal, pero la misión se había cumplido: luego de trasladarse a Cumaná, desempacó su cuaderno de apuntes para iniciar la carrera de Castellano y Literatura en la Universidad de Oriente (UDO).


El profundo brillo del río Orinoco se le quedó pegado en la mirada, y amalgamado con el paso del tiempo al desenfado y la picardía de la costa oriental, hoy centellea desde los ojos de una Esmeralda que cuenta su historia pasada y presente con fluidez y encanto. La escritora de El libro de los Tratados, trabajo ganador del premio de Literatura Stefania Mosca 2021, mención narrativa, visitó los espacios del edificio Gradillas para dar lugar a una Cita con la Actualidad (a la que asistimos en compañía de Mercedes Chacín, Juan Cermeño, Isaac Medina y Javier Campos) realmente cautivadora:

Desde niña se enamoró de la lectura siendo una ratoncita de biblioteca.


¿Qué te llevó a estudiar Literatura?
—Desde muy niña fui una lectora consecuente, siempre estaba buscando cosas para leer, al punto que muchas veces mi mamá me apagaba la luz y yo seguía utilizando la luz de la calculadora para seguir leyendo. Ese gusto por la lectura me hizo acercarme siempre a las bibliotecas y otros espacios donde había lectores. Cuando finalmente llegué a la UDO de Sucre comencé estudiando inglés, pero siempre estuve muy cerca de algunos amigos militantes de la política que estudiaban Castellano y Literatura. Además, para ese entonces ya había comenzado a escribir pequeños relatos y poemas, y ese fue el dato definitivo que me hizo optar por el cambio a esa carrera.

Y también ha sido consecuente en su interés por multiplicar esa vocación lectora. Desde su ingreso a la universidad hasta la fecha, Esmeralda Torres ha realizado funciones como promotora de la lectura y organizadora de eventos literarios en la red de bibliotecas públicas de Cumaná. Desde la iniciativa de las Cajas Viajeras, que llevaban contenido literario a la manos de pacientes tuberculosos, VIH positivo y geriátricos, hasta las transformaciones que las plataformas tecnológicas han generado en la relación de los lectores con los espacios de lectura, son muchas las historias que tiene para contar:

La relación de los usuarios con las bibliotecas públicas ha variado mucho en todos estos años. En el año 95, por ejemplo, las colas para entrar a las bibliotecas eran inmensas. Con la llegada del internet eso fue cambiando al punto que muchas veces teníamos más trabajadores que lectores dentro de la biblioteca. Antes de la pandemia prácticamente no teníamos visitantes, pero en Cumaná ocurrió una cosa terrible que lo ha cambiado todo, la Universidad de Oriente ha sufrido un proceso de destrucción física paulatina, diferentes edificios del núcleo del estado Sucre, que además eran hermosos, han sido derribados a mandarriazos. Es un fenómeno digamos misterioso porque diversos actores políticos se echan la culpa unos con otros y finalmente nadie sabe realmente qué es lo ocurrido ahí, pero el deterioro es verdaderamente notable. Entonces algunos profesores y autoridades se hicieron cargo de proteger los libros que se han salvado de esa destrucción y moverlos a otros espacios, entre ellos las bibliotecas de Cumaná, que hoy están cediendo sus espacios para que se den algunas clases y resguardar todo ese material.

Desde los 90' empezó a escribir con todo lo que significa ser mujer, madre y cuidadora.


A las mujeres nos ha costado mucho avanzar en prácticamente todos los ámbitos, incluyendo el que nos compete en esta conversa, que es la literatura. ¿Cómo ha sido tu experiencia al abrirte paso en este medio?
—Creo que soy un ejemplo de esa opresión. En los últimos tres años escribí tres libros, sí, pero comencé a escribir realmente en el año 1992, y en ese entonces tenía que trabajar, tenía que criar a una niña, tenía que ir a clases, entonces el tiempo que le dedicaba a la lectura y a la escritura era inferior y de menor calidad que el tiempo que le dedico ahora que ya mis hijas están grandes, que tengo un compañero que es una maravilla, que tengo más desahogo de las preocupaciones de la existencia diaria, entonces hay días que si quiero me puedo dedicar desde la mañana hasta la noche a escribir, a leer, a ver películas, seguir talleres, y esas cosas.

Pero eso es en lo personal, en lo que tiene que ver con la calle, las editoriales, siento que si bien la presencia de la mujer en esos ámbitos ha cambiado, aún falta mucho por mejorar. Por ejemplo, he escuchado cosas terribles, comentarios de algunos compañeros del ámbito literario en contra del trabajo de algunas mujeres, que afortunadamente cada vez es menos, pero que hay que visibilizarlo, entender que hay formas de humor que pueden ser agresivas con la mujer, y de esa manera generar cada vez un ambiente mejor para nosotras.

Comenzaste a escribir formalmente en 1992 y publicaste tu primer libro en 2009,
¿qué ocurrió durante ese tiempo?
—En Cumaná está la casa del poeta José Antonio Ramos Sucre. En esa casa funciona un centro de actividades literarias donde se reunía gente amante de la literatura y había una biblioteca. Yo era una asistente constante a las actividades que se desarrollaban ahí, y eso me permitió acercarme a algunos escritores, participar en algunos talleres, o tenía amigas que hacían los talleres y luego me compartían el material, los ejercicios, y esas cosas. Así fui conociendo muchos maestros y guías, y fui generando para mí misma como un período de formación que realmente fue muy valioso, porque no todo lo que una escribe siempre está bien o merece ser publicado, es necesario ganar la paciencia para saber cuando algo está listo para ser mostrado o publicado.

Además, en ese entonces tuve algunas responsabilidades que me hicieron consciente de que hacía ese trabajo para la gente, no para beneficiarme. Por ejemplo, estuve en la conformación de la primera imprenta de El perro y la rana en Cumaná, entonces me parecía muy triste que se empezaran a imprimir allá los libros, y los libros que se imprimieran fueran los míos. Pero pasó el tiempo y llegó un momento en que decidí tomar una decisión, sabiendo que, o ejercía mis labores dentro de esas instituciones, o me dedicaba a ser escritora, y entonces fue cuando decidí ser escritora.

¿Qué diferencias hay entre tu trabajo narrativo y tu trabajo poético? ¿Cuáles son las motivaciones que impulsan a cada uno?
—No creo mucho en eso de la inspiración al escribir. Comencé a escribir narrativa en los noventa, y mucho años después inicié ese acercamiento al discurso poético porque tenía una necesidad de decir algo que no podía decir a través de la ficción. Para mí en la poesía no existe un elemento que me lleve a escribir algo sublime, sino que lo que me ha movido a mí dentro de la poesía es el dolor. Tú lees mi primer poemario, Diario para una tormenta, y ese libro cuenta quién soy, de dónde vengo, cuáles son las cosas que me han golpeado en la vida a mí, a mi abuela, a mi hermano. En cuanto a la narrativa, la disfruto mucho porque me divierto inventando personajes macabros, ahorita estoy escribiendo cuentos de terror, pero con la poesía la relación es otra, porque mientras la vida me golpee, mientras sufra como sufro por las cosas que pasan en la humanidad, voy a tener que seguir escribiendo poesía.

Cuenta que con la poesía la relación es distinta al momento de expresar.


¿Cómo describirías el carácter de tu obra?
—Esto me da un poquito de pena, mis hijas siempre me dicen: “¡mamá, pero escribe algo alegre!” –dice entre risas. Yo siempre hablo de seres fracasados, de seres miserables, de gente que sufre. Cuando estuve en la universidad de Salamanca, allá estudiaban todos los años la obra de autores venezolanos. La persona que estudió mi obra escribió “todos los caminos nos conducen al fracaso en la obra de Esmeralda Torres”, ¡jajaja!, y cuando leí eso pensé ¡qué maravilla!, porque eso era algo que realmente no lo había pensado.

Pero no sufro escribiendo narrativa, eso a mí me divierte; perfilar esos personajes me encanta. En el texto Tratado de la envidia me divertí muchísimo convirtiendo a Eduarda Camino en el ser más pérfido que pudiera construir, ¡porque esa mujer de verdad que es mala, jajaja!

En la sala los presentes nos regodeamos de esa relación divertida con el fracaso que tiene Esmeralda y su literatura. Se hace silencio y una reflexiva Mercedes Chacín interviene:

Hay gente que asegura que la humanidad fracasó. ¿Qué opinas respecto de esa postura?
—Ve, creo que algo fracasa cuando algo termina, y nosotros aún somos una sociedad en tránsito. Con la pandemia hace un tiempo creí que íbamos a ser mejores, y ahora he observado que se nos está olvidando un poco. Recuerdo que en los inicios del confinamiento las aguas se comenzaron a limpiar, los animales salieron, había un silencio; me asombraba de esa capacidad de rejuvenecer que tiene la Tierra. Ahora siento que se nos olvida que estuvimos en esa cuerda floja.

Soy una optimista, y todo lo que he hecho en la vida ha sido para contribuir un poco en que haya una sociedad más justa, más equitativa; entonces aunque escriba sobre el fracaso no me gusta tener una postura derrotada, porque mientras haya vida quiero que haya la posibilidad de cambiar las cosas. Siempre tenemos la posibilidad de seguirlo intentando.

¿Cuál es la causa de esa relación con el tema del fracaso?
—Creo que tiene que ver con mi sensibilidad de muchacha de origen pobre. A mí me gusta mostrar el mundo como lo que hay, como lo que es, un lugar lleno de belleza a pesar de lo que es.

Uno de los ejercicios que recientemente se propuso Esmeralda Torres —como lectora— es el de leer a mujeres. El proceso la ha llevado a enamorarse de la obra de autoras como Mariana Enríquez, Leila Guerriero, Sol Linares y muchas otras: “porque la lucha que estamos dando por la visibilización de las mujeres es un trabajo que tenemos que seguir haciendo nosotras por nosotras mismas, nosotras tenemos que trotar más duro para poder equilibrar la cosa, así que en este momento estoy leyendo solo a mujeres”.


En cuanto a los autores y autoras jóvenes en Venezuela, afirma sorprendida que "en este momento hay muchísimos jóvenes que están construyendo una obra maravillosa". Leí la colección Yo misma fui mi ruta, donde están Eloisa Soto, Cristina Gálvez, Yuri Patiño, y me sorprendí por lo hermosas y maduras de esas obras. Esas muchachas tienen una voz poética sólida, ahí hay poemas que a mí me habría gustado escribir, eso humanamente me toca, porque yo he sido profesora de literatura, jurado en numerosos concursos nacionales, incluso tuve cierta participación en una mención de un concurso internacional organizado por la fundación Gabriel García Márquez, es decir, he estado muy cerca de la producción literaria joven, y te puedo decir que los escritores y escritoras jóvenes en Venezuela cada vez son más poderosos.


Biografía mínima
Nacida en Ciudad Bolívar en 1967, Esmeralda Torres se licenció en Castellano y Literatura para iniciar un largo recorrido de promoción literaria desde la ciudad de Cumaná, que más adelante le permitió desarrollarse como lo que verdaderamente es: una muy prolífica narradora y poeta premiada con la Mención Publicación en la Bienal Gustavo Pereira, Ganadora de la Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares, la Bienal de Literatura Julián Padrón, la Bienal Nacional de Literatura Orlando Araujo, y la distinción Publicación en el Premio Stefania Mosca (2011), la Bienal Eduardo Sifontes (2004) y en el Concurso de Cuentos Esta Tierra de Gracia (1995).


Entre algunas de sus obras se encuentran Historias para Manuela, Cuentos de Última noche, Resplandor de pájaro, Un hombre difícil y Callejones sin salida. Recientemente fue galardonada con el premio de literatura Stefania Mosca por El libro de los Tratados. Tiene dos hijas, Albania (32) y Manuela (21), y asegura que para poder escribir necesita saber que ambas están bien.

 

CIUDAD CCS / TEXTO: MALÚ RENGIFO / FOTOS: JACOBO MÉNDEZ