Aquí les cuento | Acércate a escuchar un cuento
Por Aquiles Silva
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
10/07/2026.- Puedo asegurarte que cuando ese contador o contadora —ese personaje maquillado que ríe con todos los dientes expuestos al sol— se planta frente a ti a contarte un cuento, a recrear una fábula o a responder al vuelo las interrupciones, preguntas o travesuras lanzadas al aire para desconcentrarlo o desconcentrarla (o simplemente para tratar de hacerse presente en la escena, cosa que nadie impedirá), ese ser humano viene a darte lo mejor de su ternura.
Ya sea una fabuladora, un fabulador, un cuentero o un "cachero", o el viejo del barrio que hace de sus palabras el vehículo para llegar a tu alma, todos ellos son los magos, los duendes, las maestras y maestros que aprendieron el arte de narrar lo que la vida nos enseña. Es aquello que la escuela nos permitió aprender en los pasillos, patios y jardines; lo que la calle nos enseñó al regresar a casa o al salir a hacer los mandados, a jugar a la pelota, a elaborar muñecas de trapo, a fabricarse juguetes con materiales de provecho, a jugar una partida de chapitas o a patear un balón con un taco desprendido y un maruto de costado que lo hace rodar como un porfiado.
De ahí vienen los cuentos: de todas esas experiencias cosechadas en el entorno cercano de la existencia.
Los niños que crecen en el campo juegan a ser vaqueros y jinetes con una vara de palo un poco más alta que su estatura; las niñas, a ser madres, a hacer vestidos y a maquillarse con las cayenas y otras flores del monte cuyos pétalos desprenden rubor.
Los niños de la costa construyen sus peñeros de lata, sin motor, y los hacen navegar en la espuma. Se lanzan al mar a llenarlos de estrellas para que los mercados reciban la plateada proteína de sus sueños.
Los niños de las grandes ciudades sueñan con ser bomberos para prevenir accidentes y rescatar vidas; o pilotos y exploradores de los espacios hermosos que ven en las pantallas, deseando montar dinosaurios y nadar entre sirenas y delfines, las mismas criaturas que el mar nos muestra en la brisa salitrosa de la tarde.
Esos contadores y contadoras de fábulas y cuentos vienen de los conocidos espacios que todos ocupamos. Antes de hacerse maestras y maestros del lenguaje, fueron esas niñas y niños traviesos que descubrieron la belleza de las palabras. No vienen de otros mundos, aunque para llegar a lo profundo de los corazones infantiles dispongamos de atuendos diversos: trajes, zancos, vestidos, sombreros…
Sin embargo, lo que mejor ilustra el discurso de las y los fabuladores es la capacidad —aprendida del auditorio mismo— de usar las palabras que significan amor, belleza, amistad, fraternidad, ternura y alegría. Y sí, las fabuladoras y los fabuladores, esos cuenteros y cuenteras que conoces y que hablan contigo, parecieran no envejecer, porque sus corazones permanecen alegres: se llenan de la energía de tu sonrisa, se alimentan del pan de tu alegría...
Ellos siguen contando, cantando y marchando a los espacios donde esperas un cuento que haga brotar de tu imaginación una alegre reflexión que estimule en ti la recreación de los paisajes y las tramas del relato. El cuento contribuye a que te identifiques con uno de los personajes, a que seas capaz de asociarte con ellos y con sus luchas, a que te aprendas sus hábitos y defiendas hasta sus defectos a fin de que se hagan inmortales, ya que los personajes que aman los fabuladores no tienen la posibilidad de hacerse polvo en el tiempo. Ellos no sufren heridas que puedan transmitirte dolor, y cuando de sanar heridas se trata, ahí estará un nuevo relato que te ayude a curar, a comprender lo complejo de la existencia y a descubrir, por tu propio empeño, los caminos y las formas de reedificarnos para transformarnos en los héroes y heroínas, en los hacedores de nuestro propio rumbo lleno de dificultades superables.
Hoy, igual que ayer, estamos frente a ti para decir presente, recordando aquella canción latinoamericana: "¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón".
Esa es la voz y la intención de estar contigo, compartiendo estos cuentos que no tienen ni comienzo ni fin; porque los relatos que compartimos son recogidos del camino: los tomamos, nos toman de la mano y nos acompañan durante el desandar de la vida. No nos dejan los cuentos, no nos abandonan los sueños; siempre marchamos juntos, tomados de la fantasía e inspirados en el amor que nos anima.
Hoy vamos contigo a edificar una realidad sin escombros ni llanto, con los limpios colores de la tarde y la frescura de la noche estrellada, para seguir marchando, para seguir contando, para seguir amando. A cada instante de la vida aflorará una nueva palabra, una nueva flor en la espesura y una mariposa libando en los pistilos los colores de un cuento nuevo que contarte para hacer brotar en ti la mejor de las sonrisas.
Etiquetas
Compartir















