Caracas, 13 de julio 2026
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Caraqueñidad | Terremotos, Hollywood y la estupidez

Por Luis Martín

13/07/2026.- Cuando la industria cinematográfica estadounidense estrenó en 1974, con un éxito inimaginable, la película Earthquake, jamás pudo haber proyectado lo que Venezuela viviría 52 años más tarde. Con su nada ficcionado doblete sísmico, el país enfrenta consecuencias que van desde lo inverosímil, aborrecible, punible y despreciable —incluyendo la estupidez— hasta lo más profundamente humano, como la resiliencia y la solidaridad propias del ADN criollo.

La famosa película se basó en el terremoto de San Fernando ocurrido en 1971. La industria decidió que el escenario del fingido sismo de 9.9 en la escala de Richter fuese la ciudad de Los Ángeles. En aquella ocasión, nadie quedó exento de vivir desde la comodidad de su butaca y con aire acondicionado los horribles estruendos de un sonido que arrasa y destruye sin poder identificar de dónde proviene, magnificado gracias a la novedosa tecnología auditiva del Sensurround. De igual modo, impresionaron los efectos visuales ante la desolación que transformó aquella localidad estadounidense en un amasijo de escombros, aunque sin el olor a muerte que se respirará en La Guaira y otros sitios de Venezuela por siempre.

Los expertos de esa milmillonaria industria sacaron bastante provecho, traducido en mucho dinero y dos premios Oscar, uno por sonido y otro por efectos visuales. Bien por ellos. Sin embargo, cuando la tierra tiembla de verdad y el movimiento de repente amaina, toda la ciudadanía es convocada a enfrentar la realidad, ya no en la pantalla gigante, sino cara a cara. Es allí donde se asumen diversas posturas, con distintas ópticas, enfoques, perspectivas e incluso intereses.

En este escenario surge una pugnacidad entre bandos —sí, bandos— por el manejo y control de supuestas verdades absolutas, abstrayéndose de manera intencionada —o no— del problema real: las víctimas directas e indirectas, los sobrevivientes y los fallecidos. Al respecto, recordemos que Platón expuso que la verdad absoluta corresponde al mundo de las ideas y no al de la sensibilidad, mientras que Aristóteles —acaso desde una perspectiva más científica— apostaba a la comprobación de la realidad. Ambas posiciones confluyen en un desastre tan doloroso como el que impuso la naturaleza el pasado 24 de junio.

En ese marasmo de sentimientos encontrados, la miseria humana —aunque mínima y plenamente identificada— aún busca réditos mediante la manipulación de hechos que vende como verdades absolutas. En tan despreciable juego, que nada más favorece al caos, emergieron conductas parecidas a las estudiadas por el alemán Dietrich Bonhoeffer o por el italiano Carlo M. Cipolla con respecto a la estupidez.

Sin ser periodistas, todo el mundo pretendió serlo. Dieron a luz un vaivén de verdades, mentiras, chismes y denuncias, sustentadas o no. Hubo poca información veraz y una creciente marea de basura desinformativa que ahora, eufemísticamente, llaman "narrativa". El pueblo y los medios nacionales e internacionales lo atestiguaron y lo consumieron. Todo el mundo se volvió experto en geología, sismología, seguridad ciudadana, ambientalismo, biología marina, ingeniería y reconstrucción para, desde perspectivas muy particulares, imponer verdades. El resultado fue la desviación de la atención y del tiempo necesario para que, unidos como lo demanda el momento, se sumaran fuerzas en aras de salvar más vidas.

Los estúpidos —que los hay y de sobra— son muy dañinos porque, como marionetas, menosprecian el criterio ajeno. Al ser subestimados, generan daños irreversibles y colectivos debido a su impredecible irracionalidad.

Charlton Heston, Ava Gardner, Lorne Greene, Victoria Principal, Monica Lewis y Pedro Armendáriz, entre otros, fueron los artistas de aquel exitoso elenco que, mágicamente —como base sustentable y lógica de la rentabilidad—, hizo mutar el olor a muerte en un olor a millones de dólares producidos en las taquillas del mundo entero.

En nuestra versión real, los protagonistas son muchos más, personas de rostro y vida común —salvo marcadas excepciones— que en su mayoría no quieren un Oscar ni las bondades de la industria fílmica. Su único anhelo es hallar con vida a sus familiares o, bajo la más ruda resignación, rescatar los cuerpos de sus caídos. Nada más. El después ya lo veremos, porque la lógica reconstrucción no inicia desde lo material, sino desde el individuo, y en ese proceso no tendría que haber cabida para ningún estúpido.