Caracas, 14 de julio 2026
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Psicosoma | El espejo de Midsommar

Por Rosa Anca

14/07/2026.- ¿Un viaje puede salvar una relación de pareja tambaleante y ayudar a superar el duelo por la trágica pérdida de una madre, un padre y una hermana? ¿Qué peso adicional tienen la presión de los amigos y la baja autoestima en medio de esa crisis? En fin, son muchas las interrogantes que se abren antes de que, simplemente, algo haga clic.

Hacía bastante tiempo que no disfrutaba de una película tan maravillosa como Midsommar (segundo largometraje, después de Hereditary, del joven guionista y director estadounidense Ari Aster). Ambientada en el luminoso paisaje de Suecia, la trama transcurre durante una celebración de solsticio de verano que dura nueve días y se realiza solo cada noventa años. Se trata de un terror psicológico de factura impecable, entretejido con profundos dramas familiares e inspirado en clásicos del género de cineastas como Polanski o Kubrick. Es una propuesta colmada de simbología nórdica, colorida, ritualista, desconectada de la tecnología, con expresiones pictóricas comunitarias y un sinfín de sugerencias deliberadas.

¿Qué es real y qué no? Lo más brillante de la propuesta es que utiliza la plena luz del día para mostrar la muerte y el suicidio. A través de primeros planos implacables, la cámara captura los rostros y cuerpos de una comunidad que vive la muerte y la celebra al unísono. Con sus rostros níveos, ropas holgadas de la moda hippie, el consumo compartido de alucinógenos y una naturaleza brillante incluso a las nueve de la noche, el ambiente luce idílico. Los cinco invitados, observados por miradas contemplativas y aparentemente amorosas, son “recibidos” por “guías espirituales”. Según descubrimos por la trama, la costumbre de “recibir” forasteros en realidad es una práctica habitual para evitar la endogamia.

Todo parece en exceso pacífico; la tranquilidad de las montañas y las cascadas arrulla al espectador y lo invita a sintonizar con su propio corazón, lejos del caos del mundo exterior. Por breves instantes, el filme nos hipnotiza con su estética, evocando al poeta Walt Whitman en el introspectivo Canto a mí mismo. El grupo está conformado por estudiantes de Antropología, a excepción de Dani, magistralmente interpretada por Florence Pugh. Dani es una alumna de Psicología deprimida y en duelo por una tragedia familiar. Además, se encuentra atrapada en un noviazgo en declive que intenta sostener a toda costa. En medio de su propia infravaloración y abandono, decide acompañar al grupo de amigos, quienes en secreto la rechazan por considerarla “problemática”.

Pelle, un joven oriundo de la aldea, los ha invitado y muestra un interés especial en Dani desde el inicio. Este gesto siembra pistas en una historia predecible, pues la empatía hacia ella raya en lo excesivo. En paralelo, la rivalidad académica entre dos estudiantes que buscan desarrollar su tesis de investigación sobre la comunidad —para lo cual necesitan el permiso de su líder— nos expone a la relatividad de los valores éticos. Incluso hay espacio para el humor grotesco: cuando el más ingenuo de los muchachos orina en un árbol ancestral sagrado, se gana el primer lugar en la horrible rifa del desollamiento. La piel de su rostro será usada más tarde para confundir a su compañero, quien ha sido atrapado fotografiando el libro sagrado de la comunidad.

A plena luz del día, una pareja de ancianos de 72 años se lanza al vacío desde un acantilado, inaugurando formalmente los rituales del solsticio ante la mirada atónita de los invitados. Las costumbres locales dividen la vida humana en cuatro estadios de dieciocho años. El último culmina con este suicidio voluntario, concebido como un acto trascendental y cierre de una vida satisfactoria. Las cenizas de estos mártires alimentarán el árbol de la vida. Con un zoom crudo, la cámara detalla el impacto: los rostros antes impolutos, el estallido de los cuerpos por la caída y las rocas ensangrentadas. El anciano, que sobrevive en un principio por haber caído de pie, es rematado con golpes de macana entre cantos y ovaciones de los espectadores, que suspiran al unísono. Esta respiración en coro emula los ejercicios del plexo solar, que los orienta a una conexión empática y telepática. Mientras los forasteros están aterrados y no pueden aceptar las explicaciones de los líderes sobre estos eventos, Dani comienza a verse extrañamente atraída por la simbología y los misteriosos dibujos de Pelle.

El psicoanalista Jacques Lacan nos planteaba que “todo yo es un otro”. Dani reacciona a los acontecimientos desde una sumisión absoluta a su novio y al grupo, buscando su constante aprobación. Solo en la soledad del baño se permite el quiebre: llora, recuerda a su familia ausente y grita. Sin embargo, intenta aferrarse a su pareja, buscando un cable a tierra frente al vértigo de su psique fragmentada. Aquí pareciera cumplirse la máxima del filósofo Jacques Derrida: tanta luminosidad termina por oscurecer, opacar y ocultar aquello que queremos ver. Vale preguntarse: ¿qué terribles autoengaños construimos al percibir la realidad? ¿Qué hago aquí y hacia dónde voy?... La alienación y la disociación de la identidad fragmentada se resisten al vacío recreando ilusiones.

Este proceso se remonta a nuestra primera infancia, cuando se va estructurando el yo y conformamos nuestra mirada a través de los primeros reflejos del espejo (el plano especular). El “estadio del espejo” de Lacan funciona como una metáfora de identidad y reconocimiento: el entorno nos sirve para construir la ilusión de un contacto perdido, un reflejo del otro que, a modo de Gestalt, nos devuelve una sensación de unidad. Entre los seis y los dieciocho meses de edad, el infante se identifica por primera vez con su imagen corporal completa y no fragmentada, logrando corporeizarse gracias al soporte de la madre y el padre. A partir de allí se estructura su yo individual y su propia habla. En Midsommar, observamos a un yo psicológico dependiente de la aprobación o el rechazo del otro, que busca con desespero referentes para constituirse, a pesar del choque prohibitivo o edípico.

Dani se aferra a la cercanía de estos nuevos seres. ¿Qué ocurre con un personaje urbano trasladado a un entorno rural tras sufrir el fallecimiento de sus familiares? Presionada por el grupo, consume alucinógenos y comienza a experimentar una inquietante comunión con la naturaleza, llegando a ver flores brotar de sus propios pies. Aunque en un principio intenta mantener el vínculo con su novio a través de conversaciones vacías, lidia con visiones fantasmales de sus padres. Pronto percibimos que hay un pacto tácito. Casi encandilada, Dani se deja arrastrar por las costumbres locales y se integra a las mujeres de la comunidad en los preparativos del banquete para el solsticio.

Si hacemos un pacto con la ficción para justificar que todos acepten las extrañas desapariciones de los amigos en medio de la algarabía festiva, podremos avanzar en la historia de los rituales hacia la elección de la Reina de Mayo. Lo más importante es que la pareja protagónica queda enmarcada bajo las runas Inguz y Uruz. Las imágenes floridas, el tapiz del destino (que contiene el alfabeto rúnico) y las perturbadoras pinturas de Pelle —el único que sabe el objetivo de estos ritos— anticipan el desenlace de la tragedia. Presintiendo el destino fatal, Dani ya se ha liberado de sus ataques de ansiedad cuando es separada de su novio para fundirse con el colectivo femenino. Su rostro refleja calma mientras la visten para la danza alrededor del Yggdrasil, el árbol de la vida que conecta los nueve mundos de la cosmología nórdica. Las coronas de flores la mimetizan tanto con el entorno que ya ni su particular belleza se puede distinguir.

La cámara gira vertiginosamente de izquierda a derecha durante el ritual. En este trance hipnótico, donde las competidoras van cayendo exhaustas una a una, Dani baila enfebrecida hasta coronarse como la Reina de Mayo. En ese instante, asume un poder absoluto dentro de su nueva familia comunitaria, lo que la lleva a ejercer su voluntad definitiva: decidir sobre la vida o la muerte de su novio.

El rito de apareamiento se consuma bajo la mirada y el empuje físico de las mujeres mayores de la aldea, quienes rodean la escena reproduciendo a coro los jadeos del acto en una composición visual asombrosamente simétrica. De igual manera, apreciamos el posterior llanto colectivo de la corte de mujeres, que imita y amplifica el dolor de Dani cuando descubre la traición de su novio, funcionando como un espejo catártico.

Aunque esta escena pueda resultar discutible y débil en su retrato de la psique femenina, plasma con crudeza la transición de Dani: ante el dolor, en lugar de huir, se entrega al cobijo de su nueva familia afectiva. El llanto compartido de las plañideras es catarsis pura, una comunión que la arranca de la soledad. Para concluir, esa fuerza colectiva se transmuta en su icónica y perturbadora sonrisa final, mientras observa la casa triangular consumirse por las llamas con las víctimas en su interior. Es la consumación de una venganza ritual que marca su nuevo amanecer.