Palabras... | Repensarse
Por Carlos Angulo
15/07/2026.- Escribimos para denunciar la nostalgia de no estar juntos, porque la escritura es sacar del escondite del cuerpo los trazos colectivos que somos, para sentirnos menos desamparados. Pero son ahora pedazos de gente asesinada que nos dejan menos juntos de lo que fuimos, para no decir humanidad o avestruz. Hay una ansiedad ajena en la multitud, porque los muertos iremos siendo todos, cada quien a su tiempo, entrampado en el laberinto de las fronteras y el cerco del entretenimiento a bajo costo.
Para saber del latifundio en el mundo, basta conocer los usufructos de las guerras en la historia, pero la paz sin justicia social es otra guerra más sofisticada, que solo aporta plusvalía sin inflación a los mismos capitales ensangrentados de la globalización.
Nadie puede contra la hipotenusa del descuido, cuando contiene un cuarto de la ansiedad mundial comprimida en nombre del ego de la estafa, como si fuera tradición feriada un ejército imperial en marcha. Observe con la fibra óptica del recuerdo qué se ha salvado de la contención, si no es el mantenimiento del poder histórico de la infamia y los privilegios que aporta la inanición y el descaro.
En estos tiempos, el todo y las partes se han desfasado del análisis total; las simbologías y métodos de lucha de las masas se han vencido y sin atisbo todavía de ser actualizadas, a no ser por el malestar que genera la arrogancia. Nadie da en el blanco del acierto por el hecho mismo de estar fragmentado a destiempo, contaminado con la prisa temporal de la invención inminente y alterado por la sobredeterminación dominante de los componentes de la cosificación.
Las categorías de la pleitesía y la sumisión son custodios de la sujeción. Los puntales del método científico social han cumplido su ciclo al ser descartados del poder y su certificación. Es la mentira de uso el camino, la verdad y la vida, usada ahora como evidente tragicomedia de las marionetas mediáticas del escozor.
Es un esfuerzo inútil comparar lo total con lo local, la soledad con lo gregario, juntar la sensibilidad con la humanidad, la guerra con el genocidio. Taxar el sufrimiento en relación con la acumulada realidad, activa en su expansión imperial y amparada en las armas del desequilibrio. Porque no es igual ver los números en la cima de la curva de Gauss que la imagen del sacrificio casi en vano volcándose en la misma curva de los medios de la contraverdad, referida a un niño ascendiendo la estadística con el peso del hambre, la miseria cruda de un plato de comida. Hablo de millones, no de la bomba semicasual armada con las mismas manos en la maquila de los pobres.
Ya no somos idénticos, hermano extraño, cada quien en el polo distinto de los hechos y la procrastinación histórica. No podríamos serlo, cuando en la carrera del infortunio llevamos la crueldad asociada al fardo de la angustia creciente, puesta exprofeso en los hombros, achicándonos cada día. Aunque vamos juntos con el rebaño mediático al hueco común de la insensatez, pero escoltados exclusivos todos los señalados del sufrimiento en directo a través de los satélites inanimados instalados en el cielo prometido. Mientras la escalada todoterreno limpia el trabajo sucio de la muerte, arrimando los cuerpos y los escombros de la humanidad en la boca de las caterpillars. Nos han sorprendido públicamente, molestándonos el límite de lo increíble en plena espera de la esperanza. Acorralados en desventaja nos han ubicado, siendo buenos a través de una categoría en desuso, que ya no responde a las necesidades amorosas de lo vital, a la carencia de afecto y la conmoción.
Sopese una lágrima con la medida equivocada a ver si es posible saber el decibelio del dolor ajeno, como si no fuera nuestra especie, la misma defenestrada en los noticieros interesados de la componenda. Nada se ha resuelto con la guerra, pero tampoco con la paz, excepto ofrendar la existencia en la lucha diaria y morir endeudado con la vida, sin haber avanzado en los portentos de la gratitud. En un contexto específico, la paz puede ser debilidad ante el temor práctico del ego de saberse derrotable, digamos Napoleón en Moscú o EE. UU. en Vietnam. El primero con un ejército de medio millón de soldados reducidos a 30.000 sin realmente enfrentarse como era esperado, y el segundo tuvo que ir a adular a China y a los rusos para ayudar a firmar la paz y no quedar ante el mundo como derrota. Por lo que, en toda intimidación imperial, hay un costo y un cobro que justifique la inversión.
Repensarse a fondo es inminente, necesario debatir otro mundo en cada territorio donde nos tocó vivir, para saber a qué de la existencia antigua se debe el defender, cómo adecuar transformando sin que hiera la naturaleza de su fondo ni obligue a sufrir la descomposición del absurdo creado a nuestro costo, por los que se han adueñado del apoyo antes que el resto, de la palanca que mueve la totalidad. Siempre y cuando no esté lo parcial desconocido y el naturalmente impuesto sentido de culpa, por ejemplo, para sabernos que no somos corresponsables de extinguir el vuelo, desviar el agua que transcurre, extinguir la sombra ni enrarecer el aire.
La guerra nunca ha sido interés de la paz, y menos en el desbalance tecnológico, pero la paz tampoco nos sirve cuando ya se han dado el lujo de haber roto el mundo. ¿A dónde vamos, si no es a devolvernos de la emboscada a enterarnos de los resultados del debate? Debe haber otra salida en este negocio.
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