Caracas, 23 de julio 2026
Logo
Image

BORRADOR La Guaira: manos del mundo y corazón de Venezuela

A un mes desastre, no hay terremoto capaz de sepultar la dignidad de un país

22/07/26.- Si alguien nos hubiera dicho hace un mes que el mapa de La Guaira se desdibujaría en dos minutos o que el silencio se mediría por el puño levantado de un rescatista, habríamos pensado que se trataba de una pesadilla distante. Pero en estas cuatro semanas de tragedia, la historia nos demostró que la fragilidad se compensa con la inmensa fortaleza de lo que somos cuando no queda nada más que sostenernos de las manos.

Hay cicatrices que tardan años en desaparecer y hay otras que cambian para siempre la forma en que miramos el horizonte. Hoy se cumplen 30 días del 24 de junio,  6:04 de la tarde,  cuando dos zarpazos de la tierra resquebrajaron el centro del país, quebraron el concreto de nuestras ciudades, y nos suspendieron en un tiempo distinto: el tiempo de la supervivencia.

El primer capítulo de esta historia se escribió con las manos desnudas de la gente, en esas primeras horas de desconcierto y desesperación, en las que la mayoría no entendía qué estaba pasando. Minutos que se hicieron eternos,  en los que la realidad se percibía como en cámara lenta, parecía que el reloj se había detenido en el espacio lleno de polvo. En esos instantes la reacción del pueblo venezolano fue visceral y determinante.

”La gente buscó palas, picos, piedras, y con lo que consiguió, con lo que tuvo al alcance de sus manos, con las uñas, comenzó a remover escombros, a excavar entre las ruinas para sacar a sus vecinos, a sus mascotas. Fue el coraje puro del venezolano abriéndose paso sobre el polvo caliente antes de que llegara cualquier auxilio”, nos relató el rescatista Jorge Beens en entrevista especial para nuestro diario digital Ciudad CCS.

A ese impulso heroico de las calles le siguió una marea de humanidad que borró todas las fronteras. La fuerza destructiva del sismo no dio tregua a las viejas ni a las nuevas estructuras del estado. Las autoridades sanitarias y los organismos de gestión de riesgo trabajaron a contrarreloj en un escenario verdaderamente desgarrador. Cuerpos de Protección Civil y Cuerpos de Bomberos de distintas entidades del país no se dieron abasto para atender tantas emergencias juntas. Más de 100 equipos de maquinarias pesadas removiendo escombros al unísono, en busca de personas atrapadas, y el pueblo ayudando a los rescatistas, era el escenario que veíamos a lo largo del Litoral Central.

El funcionario de Protección Civil, Eduard Duarte, de la Región Estratégica de Evaluación de Daños y Análisis de Necesidades (Redan) Los Andes, explicó que su equipo arribó a La Guaira, al sector Caraballeda, a las 2:00 de la madrugada del día 26, y desde ese momento no se detuvo en su labor de búsqueda de sobrevivientes en las Residencias Los Palmares, de donde rescataron en total a cuatro personas. “Sí logramos sacar a cuatro en las últimas horas, pero lamentablemente solo sobrevivió una sola, las tras se nos fueron en el camino”, relató en el momento.

Mientras Funvisis reportaba 132 réplicas en menos de 24 horas, manteniendo el estado de alerta perenne en la entidad, comenzaron a sumarse rostros y acentos de todas partes del mundo. Vimos llegar a los “chalecos rojos” de la Cooperación Española y a la Unidad Militar de Emergencias, instalando una hospital de campaña, al igual que La India, Japón, El Salvador e Italia. Vimos brigadas internacionales desplegando sensores térmicos, cámaras ultrasónicas y equipos caninos de búsqueda en medio del desastre.

“Estamos intentando rescatar posibles víctimas vivas y extrayendo los cuerpos ya encontrados. Esto es devastador, viví una situación parecida en el terremoto de Marruecos en 2023, pero esto es mucho más grande. Allá se afectó la zona del Atlas, afectó aldeas, falleció mucha gente también, pero esto sobrepasa todo lo que ya había visto”, dijo consternado el brigadista español Alberto Garcés.

La lección de resilliencia

En las carpas y sobre el asfalto fracturado los idiomas dejaron de importar. Médicos venezolanos, latinos y europeos trabajaron codo a codo, bajo la luz de plantas eléctricas de emergencia, mientras las comunidades encendían fogones para alimentar a rescatistas locales y extranjeros que cruzaron el océano para ayudarnos. La solidaridad internacional no fue solo ayuda técnica, sino un abrazo fraterno de un planeta que se negó a dejarnos solos en la penumbra.

En este mes de vigilia la esperanza se sostuvo sobre los hombros de mujeres y hombres dedicados al salvamento, y en la mirada noble de sus binomios caninos. Figuras como Jorge Beens y su perro Tsunami, ese Border Collie de ojos desiguales, se convirtieron en la prueba viviente de que la disciplina y el amor pueden sanarlo todo.

Ver a los rescatistas pedir silencio absoluto antes de que un perro marcara un punto bajo el concreto, y escuchar el grito de vida tras horas de excavación, nos devolvió la fe en los momentos más oscuros. Ellos nos enseñaron que el heroismo verdadero no busca reflectores sino latidos. “Lloramos todo lo que teníamos que llorar, nos sacudimos la tierra y nos preguntamos qué viene ahora. La respuesta fue encender el fuego para un café. Si hay fuego hay café, si hay café hay comunidad y si hay comunidad hay esperanza”, nos dijo José Briceño, un profesor jubilado.

Lo que antes era una hilera de edificios residenciales con vista al mar, hoy parece un dominó derribado por una mano invisible. El paisaje es una superposición de intimidades expuestas, como una cortina floreada que baila con la brisa marina, un juego de comedor colgado al vacío o un refrigerador que quedó aplastado. Para los lugareños sobrevivir es reaprender a reírse, es ver a un niño jugar entre las ruinas,  ver a una mujer que se peina en medio de la nada, frente a un espejo roto recogido de entre los escombros tratando de levantar el ánimo del polvo.

Hoy, a treinta días de la sacudida, la emergencia inmediata empieza a ceder y da paso al trabajo constante para curar las heridas comunitarias.  La Guaira y Caracas no son las mismas que las de hace un mes, pero la imagen que perdura no es de la devastación.  Se queda para siempre en la retina la de un pueblo indomable que con los pies cubiertos de lodo y los ojos cansados aprendió a compartir el pan y no dejó de escarbar mientras existiera una sola promesa de esperanza. La vida sigue abriéndose paso, recordándonos que no hay terremoto capaz de sepultar la dignidad de un país.

 

 SABINA DI MURO/CIUDADCCS