Psicosoma | Mujeres maduras
Por Rosa Anca
No estoy muerta, solo vieja.
Patricia Kelly
28/07/2026.- Pasé casi toda la mañana del domingo escuchando las interpretaciones musicales de Paganini y, en medio de ese remolino memorístico, emergieron también los sonidos de las fiestas del sur del Perú con mi tío Daniel: los huaynos del carnaval con su clásico violín fogoso, que nos ponían a bailar.
Recuerdo la única pintura de Paganini en la sala del apartamento en Maturín, estado Monagas; fue un regalo de mi compadre, el Pintor de El Trapiche de Venezuela, un hombre risueño y mayor que siempre tuvo el sueño de aprender a tocar el violín. Nos lo mostraba con orgullo al sacarlo del estuche, mientras su amada Rosa de Guaicoco lo acompañaba en las tertulias.
La música siempre me acompaña, como el silencio. Casi todos los instrumentos me mueven a bailar, así como las palmas, el zapateo y las contorsiones delicadas al soltar el cuerpo.
Las mujeres maduras somos mal vistas al movernos, al salir a bailar. ¡Si supieran la maravilla de sentir cada parte del organismo y la fuerza vital de estar viva! Es una fuente que siempre fluye; sin embargo, a la vejez se la condiciona a la quietud, la melancolía y la sabiduría, e incluso se le niega la autonomía de elección al amar, compartir sueños en pareja o la más elemental libertad de sentir.
En la película Ladies in lavender aparece en las costas de Cornualles (Inglaterra) un joven violinista que es socorrido por las hermanas Janet (Maggie Smith) y Úrsula (Judi Dench). Ellas cuidan al joven Andrea (Daniel Brühl) en su recuperación física y mental, pues ha perdido la memoria y ellas desconocen el idioma que habla. Úrsula le enseña inglés y ambas lo atienden con la devoción propia de las mujeres conservadoras de 1936, quienes viven aisladas del conflicto bélico, escuchan la BBC de Londres, conocen a cada uno de los pobladores y ven en el forastero una novedad, temiendo incluso que sea un espía.
La cercanía de Úrsula al chico evidencia cómo nos volvemos más vulnerables en esa etapa de la vida. Las rutinas y expresiones con que las actrices interpretan a las hermanas son muy realistas. Por otro lado, resulta poético ver el enamoramiento de Úrsula. Al ser su primer amor (que a cualquier edad es el primero), se comporta como una quinceañera. La cercanía a ese cuerpo y ese rostro la magnetiza. Lo contempla con ojos inocentes y desarrolla un afecto platónico que conmueve hasta la raíz.
La dirección de Charles Dance es magistral, acompañada de una fotografía y una música que arrancan el alma e inducen a Úrsula a callar y solo sentir. Comprende, al mirarse al espejo, que su amor secreto pertenece a una mujer madura, a una abuela, pero también a alguien que ha despertado al amor. Su hermana mayor la interroga y busca protegerla tanto de la experiencia del sufrimiento (es viuda) como del escándalo y la burla del pueblo.
El joven se recupera y conoce a Olga. La conexión con la pintora es inmediata; ella le cuenta que su hermano es violinista y, como son vecinos, lo escuchan ensayar (en la vida real, las interpretaciones del filme pertenecen al célebre violinista Joshua Bell).
La hermosa Úrsula, en el "invierno" de su vida, se viste de primavera, siente ese vuelco en las entrañas y amanece todos los días con la libertad que se siente al amar sin necesidad de poseer. En el pleno florecer de nuevas emociones, disfruta al enterarse de las exitosas presentaciones del joven Andrea Marowski en Londres. Junto a su hermana, asiste como público y, en medio de aplausos, se entrega al goce de un sonido apasionado, delirante y desbordado. Ya es otra la Úrsula que regresa a la rutina del hogar, pero que conserva en medio de la sala la fotografía que le ha enviado Andrea. Esa imagen se convierte en una presencia que la acompaña.
En la vida real, muchas mujeres maduras —a quienes llaman "las señoritas del pueblo"— nunca se enamoraron o pasan su vida dedicadas a oficios religiosos o a la costura. En las ciudades, las mujeres maduras temen a la invisibilidad social que asignan a la vejez. Algunas desarrollan una suerte de competencia al querer borrar sus arrugas con cirugías o la tan mentada liposucción, o pagan a "chicos colágenos" para que les sirvan de distracción. Entre gustos y colores, la libertad nunca es plena: tenemos condicionamientos que nos llevan a construir, destruir o autodestruirnos de mil y una formas.
Bien, la película Ladies in lavender posee ese "encanto de la mujer madura", esa paradoja de un cuerpo que se deteriora día a día mientras convive con una inocencia frágil y espontánea. ¿Se trata de una energía espiritual más allá del cuerpo? ¿O es algo más?
Los romances de "cuarenta y veinte" en los hombres son percibidos como algo normal; pero si la mujer es madura y casi le dobla la edad al joven tortolito, se vuelve todo un escándalo. Muchas prefieren vivir como la Madre Teresa de Calcuta, Sor Juana Inés de la Cruz o Isabel Sardi.
Ser autónoma y fiel a sí misma es un verdadero reto a cualquier edad.
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