Caracas, 31 de julio 2026
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Letra fría | ¡Cuántos años sin mi querido Álvaro Montero!

Por Humberto Márquez

A Tito Nuñez y en memoria de Orlando Pichardo.

31/07/2026.- Si algo he lamentado en estos 22 años de su partida ha sido no haber podido entrevistar a mi superpana Álvaro Montero en mi programa A mí me pasa lo mismo que a usted, que acaba de cumplir veinte años de existencia (aunque el doblete sísmico lo sepultó también y por ahora ha pasado por debajo de la mesa). Tal día como ayer —u hoy—, Alvarito había amanecido muerto en su casa de Santa Rosa. Me queda la imagen fresca del poeta William Osuna recordando a un señor de sombrerito a lo José Gregorio Hernández, con las manitas atrás, tal cual, en una fotonovela de Edwin Villasmil, frente a la tumba de nuestro querido Jorge Rodríguez, el 26 de julio de 2004, en el cementerio de siempre.

Álvaro era un ser especial, tanto que mezcló tres fechas para morirse: la conmemoración de lo de Jorge, el cumple de Chávez y, por supuesto, su temprana partida. Era el poeta de la sonrisa permanente, del saludo cordial ("Y tú, ¿cómo estás?") y del bolero-mambo Encantado de la vida —de Justi Barreto, año 1951, estrenado por Benny Moré y Eduardo "Lalo" Montané, con la orquesta de Mariano Mercerón, además de la divina versión de Benny con la voz femenina de Nery Landa—) con el que siempre nos saludaba así, encantado de la vida.

De Maelo, recreó Sale el sol como uno de sus poemas emblema y de sus libros más queridos, porque el bolero y la música del Caribe siempre estuvieron con nosotros. El bolero de Álvaro Montero fue un poema que me voy a saltar porque lo he puesto muchas veces. Sin embargo, quiero recordar un cuento de nosotros cantando cuando veíamos a Tomás Musset, que me trae una simpática historia juvenil. Nosotros decíamos: "Ahí viene Tomás con Yoya. ¡Ahí viene Tomás!", y al investigar con los años descubrí que realmente era: "I'll never go back to Georgia: I'll never go back". ¡Qué nota!...

Aun así, la verdadera aventura fue la parranda más larga de nuestras vidas, con el cuento de producirle un disco a Soto tocando la guitarra y cantando boleros de Agustín Lara y zambas argentinas de Yupanqui y otros zamberos más, acompañado del maestro Riera.

Álvaro es el hermano que nunca tuve. Lo extraño para despertarlo a las tres de la madrugada y amanecer conversando; nunca parrandeé tan sabroso con un amigo. Podían pasar días con sus noches y Alvarito ahí. Fue el propio compinche y de eso quedaron cuentos como el del Bar de las Enanas o el cuento del pianista que nos compramos en Santo Domingo, República Dominicana. Extraño no tener un interlocutor tan culto, aunque le hagan el quite Jesús Arteaga, Kike Gavilán, Gabriel Jiménez y Blas Perozo, que también nos dejó. Cuando descubrí a Fellove el año pasado, lo eché de menos burda, porque no solo se interesaba en el tema, sino que se ponía a investigar también.

De las dos charlas en Barquisimeto de hace un par de años me quedaron reflexiones de esas que siempre quedan: que si olvidé tal cosa, o que no les leí la receta de su cuba libre preparada que reseñé en mi libro Su majestad el ron, o algún cuento que faltaba. Pero, sobre todo, en el taxi de vuelta a Caracas, recordé el grato encuentro con Pompilio Santeliz y la convicción de irme quedando solos sin aquellos grandes amigos. Por ahí resbalé por el recuerdo de nuestra suerte al nacer en las inmediaciones de 1950, lo que nos habilitó como contemporáneos de los músicos salseros y de muchos boleristas también. Yo, que tuve la suerte de viajar con Willie y Rubén, una vez de gira por Barquisimeto, fui con Álvaro al concierto y los empresarios Richie Bonilla y Edwin La Cruz me permitieron estar con Alvarito en la tarima; compartir con Celia, Eddie Palmieri, Ismael Rivera, Joe Cuba, Lavoe, Ray Barreto, Larry Harlow, Yomo Toro, Milton Cardona, Mario Bauzá, Rudy Calzado, Chocolate Armenteros, Luigi Texidor... Recuerdo un encuentro con Pupi Legarreta en el Palladium, y unos cuantos más; con los cubanos Chucho Valdés, Adalberto Álvarez, Rafael Lay, Pedrito Calvo, Ela Calvo, Elena Burke, César Portillo de La Luz, Emilia Morales, Yina Trujillo y muchísimos más.

Muchos de los mencionados han desaparecido ya, pero de lo que me percaté es de que apenas eran un poco mayores que nosotros y por eso vivimos todo el desarrollo de la Fania como si fuéramos parte de ella. Con los cubanos fue diferente, pero igual existió el sentido de pertenencia: en La Habana nos tomamos una botella de ron Paticruzao con Elena Burke y compartimos con Merceditas Valdés en un café-bar de una estación de gasolina enfrente del Hotel Riviera. Allí llegaban muchos artistas después de las noches de faena musical y gozamos un mundo. De las cosas tristes y medio macabras fue que entrevisté a Rafael Lay, director de la orquesta Aragón, quince días antes de su muerte, y me contó su vida desde niño hasta prácticamente su partida. La otra es que una noche hablé con Portillo de La Luz para entrevistar a José Antonio Méndez, me dijo que todo estaba cuadrado para la noche siguiente en El Rincón del Feeling, del Hotel Saint John, donde tocaban, pero José Antonio no llegó. Lo que llegó fue la noticia de su muerte, atropellado por un autobús cuando iba en camino.

"El día de los muertos. / Los muertos son sublimes, / porque ya no están y nos preocupan, / y entonces están, / pasan como nubes, / son ellas y sus arreboles. / El sol de los venados / anuncia el prodigio. / Bailo salvaje. / Cabilla pura. / Garrote vil. / Vota Humo".

¡Palabra de Álvaro! ¡Te recordamos burda, hermano querido!