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Psicosoma | La linterna roja

Por Rosa Anca

Como si cada beso

fuera de despedida,

Cloé mía, besémonos, amando.

Tal vez ya nos toque

en el hombro la mano que llama

a la barca que no viene sino vacía;

y que en el mismo haz

ata lo que fuimos mutuamente

y la ajena suma universal de la vida.

Fernando Pessoa


Anoche la lluvia fue fina y el viento racheado

un sueño profundo (...)

Li Qingzhao


04/08/2026.- La película china La linterna roja, dirigida por Zhang Yimou y estrenada en 1991, está protagonizada por la bella Gong Li. Ambientada en la China de los años veinte, narra la historia de un rico terrateniente, sus concubinas y su cuarta esposa, Songlian, una joven de 19 años que ingresa a la "cárcel de cristal" de este señor feudal que le triplica la edad y de quien intentará rebelarse y huir.

Ver la película, dotada de una enorme belleza visual, nos atrapa en un goce estético: el ritual de encender los faroles rojos en medio de una arquitectura sobria y distante, cuyos espacios contrastan con los aposentos de cada concubina, decorados al gusto oriental. El rojo —símbolo de vida y buena suerte— atrae la mirada cuando las grandes linternas iluminan la noche en la recámara elegida por el señor feudal. Todo responde al gusto del amo, quien conoce a cada concubina y ordena la preparación de la cuarta: masajes y lavado de pies a cargo de las sirvientas, ropajes y cortinas que visten el aposento, creando una sensualidad erótica, lenta y sutil, acompañada por una música apenas perceptible.

Las tres primeras concubinas sienten celos de la bella joven que debió abandonar sus estudios universitarios tras la muerte de su padre. Cada una de ellas ideará estrategias, chismes y competencias para ganarse el favor del amo y ser la elegida. Incluso la sirvienta asignada a la nueva esposa siente envidia por la recién llegada.

La "número cuatro", como la llaman, pronto se da cuenta de su pérdida de libertad e intenta "cumplir" con sus obligaciones conyugales, aunque la intimidad de la pareja suele ser interrumpida. La presencia física del señor feudal es escasa; pasa el día ocupado en sus gestiones y solo al atardecer regresa a la residencia amurallada para acudir al lecho de la cuarta esposa. Sin embargo, sus momentos a solas se ven interrumpidos por los cantos de ópera de la tercera esposa, quien, despechada, canta desde lo alto del palacio en medio de la niebla, envolviendo la mansión en un frío tenebroso. Más adelante, ambas mujeres logran acercarse, y la tercera pone a Songlian al tanto de la historia de las concubinas anteriores y de la habitación misteriosa que permanece siempre cerrada.

Aunque al principio Songlian intenta llevarse bien con las otras esposas, pronto se ve atrapada en sus rivalidades. Durante sus primeras noches nupciales, es frecuentemente interrumpida por las supuestas enfermedades de la tercera esposa, celosa de la belleza de la joven y del estatus al que la llevaría dar a luz un heredero. El maduro amo estimula y disfruta este juego de enfrentamientos. Mientras tanto, mantiene una relación secreta con la sirvienta de Songlian, quien sueña con convertirse también en concubina. Sin embargo, la jovencita es manipulada por la segunda esposa, una mujer intrigante cuya única meta es engendrar un varón. La primera esposa, por su parte, es una mujer mayor encargada de velar por el cumplimiento de las normas del palacio; su hijo, ya adulto, la visita con frecuencia y entabla con Songlian un diálogo del que surge una extraña atracción mutua.

La primera esposa es quien encabeza siempre el ritual de las comidas y vela por la observancia estricta de las normas de la casa. Es una mujer adusta que conoce a fondo la vida del palacio y el carácter del señor feudal.

A pesar de la distancia emocional y la frialdad del castillo, el ambiente transpira una sensualidad contenida que cobra vida de noche en el aposento de la concubina elegida. La segunda esposa finge ser una íntima amiga de la recién llegada y le habla mal de los caprichos de la esposa operista, a quien en realidad teme. Durante un almuerzo, Songlian manifiesta que es vegetariana y que prefiere comer a solas con su esposo, una ruptura con el protocolo que la primera esposa rechaza con firmeza. Sin embargo, la joven se las ingenia para convencer al marido y busca la manera de mantener su atención.

Estas mujeres en el fondo viven cautivas y bajo constante vigilancia. Su historia nos invita a reflexionar sobre la condición de cuatro mujeres que, con las necesidades materiales cubiertas, carecen de verdadero afecto y apoyo espiritual. Están sujetas al poder patriarcal del amo, quien las ha comprado como propiedades y exige fidelidad absoluta bajo pena de muerte, destino que sufre la cantante de ópera tras ser descubierta en adulterio con el médico de la familia. También la joven sirvienta, al ser encarada por Songlian, quien encuentra en su cuarto linternas rojas prohibidas, es sometida a un castigo mortal a la intemperie en pleno invierno. Por su parte, Songlian simula un embarazo para no perder el privilegio de las linternas; sin embargo, la segunda esposa descubre prendas manchadas de sangre menstrual que revelan el engaño y lo comunica al señor feudal. A partir de ese momento, el amo condena a Songlian al ostracismo y al olvido, mientras centra su atención en la segunda esposa, pero, al no obtener descendencia, prepara la llegada de una quinta concubina.

Dinámicas semejantes se observan hoy bajo distintas formas. Recuerdo a una paciente que, ante la infidelidad de su esposo, afirmaba: "Soy la catedral y las otras son capillitas" y "yo soy la principal y no me importa que se distraiga con jóvenes; hasta resulta mejor, porque descanso". Asimismo, recuerdo el caso de una joven de veinte años que quedó embarazada de un hombre de casi sesenta. Al nacer el bebé, se separaron y él retornó a su matrimonio de casi cuarenta años. La muchacha señalaba: "Le dio el apellido y paga la pensión alimentaria. Se puso muy viejo y celoso; prefiero trabajar en casa y salir con mis amistades".

La poligamia, el poliamor, la poliandria —una mujer con varios esposos— y la bigamia son distintas expresiones del deseo, la convivencia y el afecto que nos llevan a preguntarnos cómo se ama hoy.

El concepto de estructura familiar atraviesa una crisis evidente, al tiempo que el modelo patriarcal muestra signos de deterioro y, en ocasiones, se torna más violento. Vivir en sociedad implica reconocer límites. Como señala el filósofo Darío Sztajnszrajber, el amor resulta imposible en los términos en que la sociedad lo ha institucionalizado. La monogamia obligatoria, los mitos de "la mujer de mi vida" o "el alma gemela" y la idealización romántica funcionan como dispositivos que constriñen y mercantilizan el sentimiento. Pese a todo, el amor sigue operando como una búsqueda utópica e inalcanzable que nos moviliza y nos transforma.

Cada quien enfrenta el desafío de fijar sus propios límites frente a la época en que le toca vivir y las creencias heredadas sobre el amor. Nos corresponde revisarnos de manera constante: ya no somos los mismos de hace veinte años, y la forma de sentir muta sin perder su esencia. Nos hemos vuelto más tolerante con el amor y descubrimos día a día cómo lo vivimos. No es poca cosa amar o ser amado, ni contar con un abrazo y una compañía que atenúen la soledad. Sin embargo, perseverar en vínculos infelices a causa de la idealización —esa falsa creencia de que se puede cambiar al ser amado solo porque se le ama o que "todo lo puede el amor"— es una distorsión. Recordemos obras de la literatura como Madame Bovary, Lolita o el mito de Penélope: no todos los amores merecen ser vividos. El arte y la escritura terapéutica actúan aquí como refugio y vehículo de comprensión. Todo vínculo entraña un costo; por ello es vital aprender a habitar la soledad, ser autocríticos y saber perdonarnos. No idealicemos el amor ni la felicidad: nada dura para siempre, y a veces la plenitud se halla en el amor del instante, fugaz y sin ataduras.

Mi corazón salta de alegría

cuando contemplo un arcoíris en el cielo:

así era cuando comenzó mi vida;

así es ahora que soy un hombre;

así será cuando envejezca,

¡o muera!

El niño es padre del hombre;

y desearía que mis días estuvieran

unidos cada uno al otro por la piedad natural.

William Wordsworth