Letra fría | De velorios y repúblicas imaginarias (I)
Por Humberto Márquez
07/08/2026.- De los cuentos que faltaron en la crónica sobre el poeta y querido amigo Álvaro Montero —aunque sí nombré nuestro episodio mayor en el reino de Sabana Grande el Bar de las Enanas— destacan nuestras aventuras por los bares de la comarca. Con el tiempo, otro excelente amigo mío y gran poeta, Caupolicán Ovalles, convirtió ese territorio en una república imaginaria.
Mientras revivía esos recuerdos, reapareció un proyecto de libro de esos que han quedado desperdigados en los senderos de mi historia. Sin embargo, el que hoy me ocupa es un proyecto casi terminado sobre la República del Este, concebido bajo la estructura de un velorio al mejor estilo de Bolero, la novela de Lisandro Otero sobre las exequias imaginarias de Benny Moré. En esa misma onda, recopilé testimonios de poetas, escritores y artistas en general —vivos o muertos— que van contando historias propias o ajenas ambientadas en la fulana república.
La República del Este era una funeraria con bares, porque la Funeraria Vallés terminaba siendo el sitio de encuentro cuando velaban a alguno de sus miembros, como en un relato de literatura fantástica. La República fue un proyecto olímpico del gran Caupo, quien vivió con vehemente ímpetu durante varios años en aquella comarca festiva.
Los republicanos fueron una población trashumante que se desplazaba, tarde tras tarde y noche tras noche, por los bares y cantinas de Sabana Grande, en particular los de la avenida Solano López. Pero el "vagavagar" —como decía Denzil Romero— comenzaba en El Gato Pescador de Cachi, un húngaro alcoholizado que preparaba un gulash delicioso; el Tic-Tac de Susi, una cariñosa alemana que nos alcahueteaba todo; el Chicken Bar B.Q., La Vesubiana y El Viñedo. Sin embargo, la parranda activa —donde el periodismo y la literatura pululaban por las mesas y subían como el humo de los cigarrillos— transcurría en el Triángulo de las Bermudas, formado por El Franco's, El Vecchio Mulino y El Camilo's. Ciertamente, era un cuadrilátero, porque La Bajada era el llegadero una vez que cerraban los demás.
De la vieja guardia, recuerdo a Caupolicán Ovalles, presidente de la República del Este; Adriano González León; Salvador Garmendia; Orlando Araujo; Denzil Romero; Ludovico Silva; Baica Dávalos; Ángel Eduardo Acevedo; Víctor Valera Mora, el Chino; Miyó Vestrini; Mary Ferrero; Benito Mieses; Hermes Vargas; Daniel González; Esther Coviella; Elisa Maggi; Ana Martínez; William Osuna; Sael Ibáñez; Gabriel Jiménez Emán; Luis Sutherland... y quién sabe cuántos más que he dejado en el olvido.
De nuestra banda, entre los más jóvenes, recuerdo a mi compañero sempiterno Nelson Dávila; y, en lo que atañe a nuestro tema, a Carlos Moros, un brillante periodista y cuentista que falleció en plena cobertura de la tragedia de Tacoa. Allí convivieron el periodismo y la literatura como peces en el agua: la crónica diaria se ejercía mediante una literatura oral que muchos no recordaremos, pero que quedó eternizada en las miles de servilletas escritas durante todas aquellas noches.
El velorio
Nos disponemos aquí a velar a la República del Este —como diría Rómulo Betancourt de Jóvito Villalba, "un cadáver insepulto"—. De esa manera, podríamos concebir o virtualizar unas exequias que quedaron pendientes. Hay quienes dicen que la mató el Metro de Caracas. "Por ese hueco llegará la gente que nos echará de Sabana Grande", vaticinaba Caupolicán...
La República del Este murió un día y nadie se dio cuenta. Fue como una larga agonía, un coma permanente que no cesa, y hoy nos disponemos a desconectarla, reuniendo la mayor cantidad de testimonios, al mejor estilo de un velorio donde los involucrados hablan de la difunta. Para hacerlo, nos valdremos del reportaje novelado. La circunstancia es el velorio, en sintonía con la citada obra de Lisandro Otero sobre Benny Moré o con las exequias presentes en El inquieto anacobero de Salvador Garmendia. Todo transcurre a través de los testimonios de los pocos protagonistas que aún quedan vivos y de muchos otros ya fallecidos, quienes hablan desde la eternidad o, para ser francos, desde la borrachera más larga del mundo. Son palabras que se escapan de sus textos originales para anidar aquí, en el imaginario poético de un velorio adeudado.
Ciertamente, fue una entidad imaginaria, pero real. De realidad pura y de realeza también, porque ocurrió en los predios de la Calle Real de Sabana Grande, un reino de poetas alucinados que no soportó el desencanto ante una república muy distante de la utopía soñada durante la lucha armada. De allí surgió, en el imaginario poético, una república creada a imagen y semejanza de quienes la conformaron.
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