Image

Letra invitada | La mujer venezolana redefine su belleza

Por Werther Sandoval


10/08/2026.- Desafiando su entorno con el realce de sus atributos naturales. Mostrando mayor dominio del aura física y psicológica que la rodea. Quebrando prejuicios contra su cuerpo. Dándole a sus caderas bamboneos y elevando en movimientos semicirculares a sus brazos entre la espalda y su frente capaces de alcanzar casi los 90 grados, la mujer venezolana se ha propuesto redefinir, una vez más, su concepto de belleza.

Luego de un imponente lapso histórico durante el cual el sincretismo logró mezclar hasta la saciedad los valores estéticos aportados por las diásporas italianas, españolas, portuguesas, ligadas al determinante gen africano, hoy la mujer venezolana ha vuelto a mirarse a sí misma desde una realidad más signada por lo cultural venezolano.

Ahora las venezolanas se miran en los espejos cuerpos más distantes de los patrones estéticos eurocéntricos, que guiados por la tesis colonizadora de civilización y barbarie, que dominaron y aún dominan el legado estético venezolano, al grado de lograr imponerse durante buena porción del siglo XX, con la primera Miss Mundo, en 1955, Susana Duijm, en los concursos mundiales nacionales y mundiales de bellezas.

Pero ocurrió que un grueso importante, no cuantificado, de las mujeres venezolanas que emigraron desde 2015 —empujadas por las crisis y manipulaciones morales y mediáticas de todos los órdenes, creadas por las aún vigentes sanciones— tienen algún grado de ascendencia europea, condición que facilitó la salida del país tras la búsqueda de las “sociedades civilizadas”, facilitada con la posesión heredada de documentos migratorios.

Una cantidad significativa de jóvenes de origen europeo se fue de Venezuela. Y es por eso que hoy, quién sabe, quizás, tras haber propiciado la salida de millones de muchachas de origen europeo, el esposo de la también inmigrante en EEUU, modelo de belleza, Melania Trump, nacida en la nación europea de Eslovaquia, como buen observador de las chicas seleccionadas por el pedófilo Eipsten, afirma sin desparpajo, ni la más mínima delicadeza, que “la gente venezolana es fea”.

Es decir, las sanciones aplicadas por su Gobierno en contra de Venezuela sacaron a una buena cantidad de las mujeres dotadas de su estereotipada adorada y admirada belleza eurocéntrica, y quizás, quién sabe, luego de hacer su obsesivo balance contable en su máquina cerebral registradora de bellezas, afirma que las antes venezolanas ganadoras de los certámenes de bellezas de su corporación Mis Universo, ahora son “feas”.

Pero no. La belleza de la venezolana es rebelde, es un estado de permanente voluptuosidad y hermosura en constante movimiento. Ahora está en la búsqueda, con éxito, de una belleza más atrevida, más desnuda. No teme exponer su maruto ante fisgonas miradas ni elevar y mostrar su sinusoidal y afrodescendiente pompi, sin el cual el estético cuerpo de valores europeos se vería disminuido. 

La mujer venezolana dejó atrás imponer falsamente senos inflamados. Hoy los muestra con toda su natural belleza y propiedad. No abusa de su maquillaje porque sabe que en su rostro dominan las siluetas y veleidades que le dan su atractivo. Sus cabellos dominan su espacio con más autonomía sin abandonar integrarse a sus rostros. En su constante redefinición, la venezolana muestra su belleza sin el moralismo que hace propicio las orgías pedófilas de Eipsten.

A la mujer venezolana hoy las distingue estar convencida y usar, cual infalible atracción, la gentileza, la solidaridad, la facilidad del diálogo espontáneo y entregado como expresión de afecto y esencia de su belleza. La venezolana, con solo una sonrisa, es capaz de derribar cualquiera de los sesgos estéticos impuestos por Trump y esa civilizada Europa que masacró a los bárbaros americanos.