Palabras... | Cuba, una libra de arroz y un sueño todavía
Por Carlos Angulo
"Entonces, no nos entendemos", dijo Martinez Campos, y Maceo respondió "No, no nos entendemos" ,
y decidió por la guerra de independencia, que ya llevaba diez años, en vez de la paz sin soberanía.
Antonio Maceo, el Titán de Bronce.
13/08/2026.- Hay instantes en que la vida constreñida espiritualmente apuesta a la tragedia ajena al no poder soportar la alegría de los otros. Cuando el mundo interior se desborda en confusión, se retoma el cordón umbilical en tiempos de lo imposible. Ahí la vida en caos se retuerce, lejana de la risa, confabulándose con los edecanes de la adulación. Entonces, el mundo interno inventa la cuerda para salirse del pozo séptico y, al lograrlo, se apaga con la peor de las oscuridades, extremando el peligro para los que todavía sonríen.
Pareciera que la yugular del gas y los intestinos de los desechos energéticos de la tierra entretienen, descuidados en la avaricia y ostentación, la vida de los magnates; mientras, al margen, no pueden controlar la naturaleza de su impostergable angustia por la muerte. Podrán recrear las increíbles tecnologías, acercar la luz de las nuevas estrellas, echar mano a la insensible inteligencia de laboratorio y preparar los nuevos territorios celestes para escapar del desastre creado con el estrangulamiento de los pueblos, obviando la belleza natural con que los ha recibido el universo, sin importarles para nada el desamparo y la soledad global involuntaria que heredan como tragedia. Pero nada ni nadie detendrá la muerte, ni lo que muere ileso. Intransferibles los veremos en el féretro, a pesar de todas sus posibilidades de transferencias y sus incuantificables riquezas mal habidas. Tendrán que vivir la vida y su muerte, con sus colaterales dolores emocionales y a sabiendas de que los que ustedes nombran desechables también respiramos y transpiramos, reciclando el mismo aire que igual los mantiene vivos. Y así como nadie les podrá vivir su vida, tampoco alguien podrá sobrellevarles esclavamente su muerte. Eso es el efecto en ustedes como daños colaterales junto a la conmiseración fingida que no resuelve la división de clases, porque, quiéranlo o no, vamos juntos en este mundo, donde también, con mucho orgullo, sale el sol para nosotros.
Si la vida es lo único que tenemos a cargo, por qué tenemos que caer con tanta facilidad en el incómodo abismo emocional de la fatal debilidad. Todos los conflictos últimos tienen el desmadre de un mundo socioeconómico enfermo. Actuamos como si tuviésemos la capacidad de desequilibrar la maravilla, cuando apenas somos objetos de uso por un estropajo mercantil que ya no le basta la muerte ajena para saciar su fealdad y malestar existencial. De momento, tal vez, nada es cambiable, solo diluible bajo la energética de eventuales relámpagos sospechosos y cognitivas ansiedades, determinadas por algún hastío o amor perdido a la intemperie, o en la mesa del azar y la decepción.
Quizás, debido a eso, de nada vale la eternidad ante tanta exclusión de las caricias y el abrazo que le ha sido esquivo comprender, como lluvia y florecimiento para el mismo mundo que nos contiene, tal y como lo es usted imperial sin mí, o yo sin usted sin ambiciones, dentro del mismo insolente marasmo de la inclemencia sistémica, y en eso sí coexiste una densa diferencia. En cuanto a lo que ustedes llaman éxito, en nosotros lo marquesinan derrota. Sin embargo, a estas alturas, consideramos personalmente que el fracaso llegó a ser increíble como la liviandad de una bendición, sobre todo porque nunca tuvimos miedo a ser el último, al no preocuparnos hasta el estrés por nada que fuera competitivo.
En el fondo, somos agradecidos en todo, mayormente al contarnos entre los que nunca llegaron a la meta. Hubiésemos sido igual de suicidas al considerarnos entre los aspirantes a pensar como Trump, Netanyahu, Hitler o aquel antiser que tuvo la insolencia y la desgracia de pasar a la historia por lanzar hace 81 años la bomba nuclear en Hiroshima y Nagasaki, estimando en conjunto el asesinato hasta 1945 de unas 214 mil personas, la mayoría civiles, niños, ancianos y mujeres. Quizás en esas tierras, para ese mismo momento, habría estado entre los muertos el gran amor de nuestra vida, del cual carecemos muchos, o en cenizas probablemente el haikú más hermoso escrito por el último maestro en harapos cuando iba camino al monte Fuji.
Me siento con suerte en el fracaso también, por no ser el terrorista protagónico de haber derribado el vuelo 455 de Cubana el 6 de octubre de 1976, donde les arrancaron la vida a las 73 personas que iban en el avión, ni haber lanzado el misil que asesinó a las 168 niñas, entre 7 y 12 años, cuando un ataque al pueblo iraní, hecho por los EE. UU., alcanzó el 28 de febrero la escuela primaria femenina Shajaré Tayebé, en Minab, en horario escolar.
Agradecido estoy por ser parte de la gente que no usó la vida para triunfar y luego traicionar a nuestra especie, a los pueblos originarios y a los actuales en proceso de liberación; y por no ser distinto a mis amigos de la infancia, quienes, como yo, soñábamos lo que comíamos, y no por eso odiamos vivir, ni morir por ser alguien imperialmente importante para, con tal poder, asesinar selectivamente a seres amorosos con la naturaleza de existir y seguir impune como si fuera Dios.
Casi tanto sabe a envidia la analítica en cuanto a saber que sea Cuba el país más solidario del mundo; lo saben África, el mismo pueblo norteamericano, China, Venezuela, Chile, Chernóbil y tantos otros, a pesar de su apenado silencio.
Si la envidia adinerada es trágica, seguramente hará el trabajo cerebral de sus insanias al no haber podido ser latinoamericanos y sufrir la imposibilidad de tener un cuerpo con sentimientos para disfrutar la alegría de un son cubano, amar como se ama en Cita con los ángeles o saber resistir con Buena fe y Créeme, de Vicente Feliu. Esta es la razón parcial de la tristeza del enemigo: no haber sabido nunca cómo desordenar las emociones amorosamente y juntarlas a la inteligencia natural, bailando un danzón en la voz de Benny Moré, soltando la preocupación al ritmo de los Van Van o un abrazo de pueblo a lo Fidel Castro.
La lluvia se extraña en verano. Llega para bordear el calor con la brisa del mar cubano, cae naturalmente sobre los baldes inmóviles y así descansan por momentos los brazos del pueblo. La leña y el carbón hacen su trabajo tecnológico. Los vehículos eléctricos alumbran brevemente las calles y los paneles solares esperan el sol de mediodía para que nada se pierda ni se pudra en los rincones del refrigerio.
Salpican nuevas sanciones produciendo un 70% menos de turismo, mientras los niños, de espalda a la indolencia global, juegan inventando la juguetería para que se hagan realidad sus vacaciones. Miles y miles de contenedores con medicamentos, comida, baterías, juguetes y algún encargo de vida o muerte, represados y dispersos por el poco mundo que lo intenta, perecen para no sufrir las sanciones del mercado mundial del capital.
El imperio no parará, pero Cuba tampoco en su derecho a existir. Miles de personas saltan las esquirlas del bloqueo genocida para milagrear el hacerse presentes en los cien años de Fidel y en las miles y sencillas actividades en su nombre: el viejo hombre nuevo.
Los triciclos sustituirán de manera eventual las guaguas para que nada quede inmóvil. El pueblo compacto, disciplinado, sereno, sabe de dónde vienen los tiros.
En Europa y EE. UU. cacarean sobre la democracia, la libertad y la libre expresión, pero están sordos a los miles de periodistas conscientes asesinados en Palestina y a la soga sobre el cuello que van deslizando en la nuca de la autodeterminación del pueblo cubano.
La luna menguará esta noche, la nubosidad predice lluvia, preocupa el hambre, la nocturnidad se llenará de luces como si fueran cocuyos, el dinero escasea, pero jamás lo hará la entrega soberana de esta historia.
Afortunadamente, aún queda la última vena de América Latina por donde no corre petróleo, sino el afecto clandestino. Junto a unas libras de arroz que conspiran para que la vida en algún container de azúcar no olvide lo dulce que en tiempos del equilibrio se ha sido como pueblo. Tal vez, leche para los niños que sobreviven sin la amorosa ubre de la patria que los alimentaba a todos. Frijoles solidarios, lo mejor para la resistencia como vanguardia en tiempos urgentes de medicinas para los experimentados combatientes de las edades últimas. Así es de distinta la esperanza aquí; se va hacia ella, sobre todo la creativa. Aún se está con un ojo en el horizonte armado y el otro en los cien años de un sueño en ejercicio. Pase lo que pase, todo se seguirá moviendo.
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