Letra fría | De velorios y repúblicas imaginarias (II)
Por Humberto Márquez
14/08/2026.- Honorio Rafael Caupolicán Ovalles Colmenares fue definitivamente el "Padre de la Patria", como lo mentaban sus seguidores —algo que seguramente fue un invento suyo—. Lo imaginamos en la Funeraria Vallés, rodeado de varios de sus contertulios, con Miguel Ángel Buonafina, secretario del prócer (esto, más que libro-velorio, debería ser película o, por lo menos, un guion cinematográfico). Allí habría contado que:
Con la legalización de los partidos de izquierda y su participación en elecciones, comenzamos a dar mítines en El Viñedo (…) en eso apareció la idea de la República del Este (…) así fue como por primera vez, en octubre del 68, constituimos gobierno en El Viñedo.
Ya en el cafetín de la Funeraria Vallés, le contaba a Mary Ferrero:
La República del Este nace, en realidad, como la conclusión de varios intentos de asociaciones y de experiencias de grupos literarios, entre ellos la lógica línea que va de Sardio a El Techo de la Ballena, a Sol cuello cortado, y de este al grupo Pandilla de Lautréamont.
Esto fue publicado en el primer número de la revista de la República del Este; lo cuento como testimonio del método de investigación. Sol cuello cortado (1964) surge como revista paralela a El Techo de la Ballena, y de ella se editaron seis números de poesía nueva. Fue fundada por Caupolicán Ovalles, en conjunto con Héctor Silva Michelena. Más adelante, participaron Ludovico Silva (hermano de Héctor) y Alfredo Silva Estrada.
La locación de la funeraria sería más para cine que para el libro, en cuyo caso es mejor la barra del Vecchio Molino, con Mary y Caupo atendidos por el Pollito. Aquí es donde sugiero que deberíamos buscar a un par de estudiantes para seguir investigando notas de prensa, revistas, tesis de grado —yo reseñé un par— y demás documentos. Aunque para eso habría que presentar el libro o película como proyecto literario a la Escuela de Comunicación Social de la UCV u otra institución, o incluso para la sección editorial de este periódico. Debería ser un ente que permita el concepto de pasantes, para que la carga académica sea un incentivo para los jóvenes participantes, porque aquí no hay dinero ni siquiera para pagarme a mí mismo.
También investigarían casos como Sol cuello cortado, un movimiento literario que, como mencioné, fue una revista paralela a El Techo y también a la Pandilla de Lautréamont, la cual surge después de la desintegración de El Techo de la Ballena. De la Pandilla tuve poca información escrita, pero sí los veía reunidos en mesas contiguas en los bares de Sabana Grande. Pertenecían a ella Víctor Valera Mora, Carlos Noguera, Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, José "Pepe" Barroeta y Elí Galindo. Yo juraba que el poeta Ángel Eduardo Acevedo era de la Pandilla, pero si no lo era, se la pasaba reunido con ellos. Eduardito, como le decía Caupo por cariño, siempre ha tenido la virtud de estar en todas, pero manteniendo su independencia.
El sitio de reunión era El Viñedo. Ahí comenzaron a hacer los mítines de la Pandilla y en uno de ellos, en octubre de 1968, Caupolicán se encaramó en una mesa y se autonombró presidente de la recién fundada República del Este. Entre sus arbitrariedades —je, je— como gobernante, dice el propio Caupolicán en la entrevista que concedió a Mary Ferrero: "Legalicé el golpe de Estado como arma válida, acabé con la armazón administrativa, establecí un nuevo orden internacional. El triunfo de mi candidatura significó la anarquía y la victoria del pensamiento surrealista".
Ya él venía picado de culebra después de convivir con los nadaístas en Colombia, a raíz de la publicación de su poemario ¿Duerme usted, señor presidente?, por el cual, perseguido de inmediato, partió de Venezuela en exilio hacia Colombia, mientras que Adriano González León fue detenido y llevado a la cárcel por haber elaborado el prólogo de la obra, titulado "Investigación de las basuras". La primera edición, además, fue confiscada por la policía.
Cuando el Caupo dice "en eso apareció la idea de la República del Este", no quiero dejar pasar este comentario. Los venezolanos somos lúdicos y jodedores; "mamadores de gallo", diría García Márquez. Sin embargo, hay un detalle, y es esa circunstancia que ocurre en mesas de bares, fiestas, esquinas de barrios y hasta en centros de estudio, donde alguien lanza una idea y todos comienzan a chancear sobre el tema y chalequear hasta que la chufleta toma cuerpo y queda en ese imaginario colectivo. Eso me imagino que ocurrió con la República: una idea fabulosa y tremendista del travieso poeta Caupolicán Ovalles, que duró unos cuantos años.
Voy a cerrar esta entrega con un fragmento de la entrevista con Carmen Virginia Carrillo en 2015, que de alguna manera resume los acontecimientos:
En una oportunidad en que vino Adriano, tuvimos una conversación en el Colegio de Ingenieros de Caracas, antes de que se fueran Adriano y Contramaestre para Madrid; allí hicimos una especie de redefinición de nuestro desplazamiento de El Techo de la Ballena para acá y, desde luego, también intentamos una identificación con los herederos —yo digo herederos surrealistas-sifilíticos— de El Techo de la Ballena, que es la República del Este. En la República del Este se vienen a concentrar, después de nuestra derrota militar, que ocurrió entre 1963 y 1964, las bandadas de jóvenes escritores, poetas y guerrilleros. Fuimos montando un aparato: primero realizamos en la Universidad Central unos congresos de poesía —un paro de congresos de poesía—. Uno lo realizamos en el 64, otro en el 65, y a partir de ese momento aparecen unas publicaciones, como Trópico 1, en Puerto La Cruz; Ciudad Mercurio, en Barquisimeto; El azar rey, en Valencia; y 40° a la sombra, en Maracaibo, que ya habían pasado por la experiencia de Apocalipsis.
Llegamos a establecer una especie de unidad de todos los grupos y, claro, como a los grupos originales a los cuales nosotros habíamos pertenecido los había disuelto también la acción policial del gobierno, pues entonces nos fuimos incorporando detrás de la República del Este. Al mismo tiempo, nosotros montamos un grupo a través de una revista que se llamó Sol cuello cortado, que fundamos Héctor Silva Michelena y yo; luego se incorporó Ludovico, luego Cardenal.
Aunque yo me quedé en Alfredo Silva Estrada. A lo mejor ese Cardenal era Ernesto, el emblemático poeta y sacerdote nicaragüense...
Etiquetas
Compartir












