Xin chào | Entre Gaitán y el Gabo
Por Ángel Miguel Bastidas G.
Echemos el miedo a la espalda y salvemos la patria.
Simón Bolívar

14/08/2026.- En una pieza oratoria de lujo, a propósito de la inauguración de la 27.ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, el 24 de abril de 2014, el líder colombiano Gustavo Petro Urrego comparó magistralmente la magia del discurso de Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948) y la narrativa del Premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez (1927-2014). Con ello, resaltó la fuerza de ambos referentes en el imaginario político colombiano, el cual hoy —luego de cuatro años de intensas pujas— ha corrido la cortina de un escenario que ha sacudido no solamente al sur del Abya Yala.
Los acontecimientos de hoy, a 78 años del llamado Bogotazo, ofrecen una panorámica del profundo mensaje rebelde gaitanista, dirigido a los descamisados de siempre: una impronta imposible de borrar que sigue animando las incansables contiendas por calles, avenidas, veredas y hasta en las montañas, donde aún operan la guerrilla del ELN y las disidencias de las FARC.
Petro consideraba que el mensaje gaitanista se proyectó en el discurso escrito del autor de Cien años de soledad, quien una tarde leyó sus poemas rebeldes en la plaza de Zipaquirá, el pueblo de la Catedral de Sal, en Cundinamarca.
Unidas por la historia en plenos campos de batalla liderados por el gigante Simón Bolívar, Venezuela y la Nueva Granada marcharon hermanadas bajo la bandera de Colombia la Grande, la misma que soñó el Libertador; sin embargo, la terca oligarquía santanderista, más viva que nunca, conspiró para romper la unidad del pueblo de a pie y despejar el camino a favor de quienes se consideran amos de ríos, campos y montañas.
Y saltó un tigre gringo
El abogado Abelardo de la Espriella, quien se hace llamar "el Tigre" en montañas de jaguares, asumió la primera magistratura colombiana el pasado 7 de agosto fuera de la hermosa ciudad de Bogotá, tal vez para evitar la sombra de Bolívar y manifestar su desprecio por la población que apoyó a Iván Cepeda y a los seguidores del Pacto Histórico.
El nuevo mandatario, quien no oculta su admiración por los Estados Unidos, confesó públicamente haber adquirido la nacionalidad estadounidense el 7 de febrero de 2023, jurando ante la bandera de las barras y las cincuenta estrellas. Para no dejar dudas de su espíritu guerrerista, De la Espriella llamó "cuerda de malandros" al gobierno venezolano que dirige la presidenta (E) Delcy Rodríguez Gómez, al tiempo que reiteraba su devoción por el Ejecutivo estadounidense.
El supuesto Tigre se negó a juramentarse ante la Casa de Nariño —como lo hizo Gustavo Petro hace cuatro años— y ordenó realizar el acto en el auditorio de una universidad de Cali, tal vez para evitar transitar por las calles que recorrió el Libertador de cinco naciones latinoamericanas.
Igualmente, De la Espriella reiteró ante los militares que no habrá diálogo con los grupos guerrilleros y prometió reactivar las operaciones en diversas zonas montañosas del país, rompiendo así la relativa tranquilidad que había llegado con Petro a los territorios indígenas y campesinos. Serán días difíciles para Colombia y el norte suramericano.
Cuando el comandante Chávez irrumpió por la puerta grande de la historia patria, blandiendo el ideario bolivariano, lo dijo todo a favor de la hermandad de aquella "Colombia la Grande" en la cual siempre creyó el Libertador.
La palabra dicha y escrita a favor de la paz en Colombia caracterizó el discurso chavista desde el primer momento, pues el comandante era consciente del peso geopolítico que tendría para la región una renovada alianza venezolano-colombiana.
No se trataba solo de una simbología patriotera. Desde sus primeros días como presidente, el líder bolivariano trabajó intensamente por la tranquilidad del país vecino. En esa dirección, estrechó relaciones con el mismísimo Álvaro Uribe y, posteriormente, con Juan Manuel Santos, sin excluir a los líderes guerrilleros.
Chávez insistió —y así lo planteó a propios y extraños— en que la salida a la crisis del hermano país no debía dilucidarse en el campo de las armas, sino en la sana y sincera diatriba política. De allí derivó la activa presencia del Gobierno Bolivariano en los diálogos de paz de La Habana, los cuales resultaron prometedores, aunque luego fueran minados por el uribismo, supeditado a los intereses del Pentágono. Ahora, el pretendido Tigre anuncia que encarcelará a los guerrilleros que participaron en esas conversaciones y les promete prisiones al estilo Bukele.
La palabra dicha y la palabra escrita se confabularon aquella vez entre el discurso encendido de Chávez y la pluma mágica de García Márquez a bordo de un avión de la Armada venezolana, en febrero de 1999, sobre el mar Caribe.
El recién electo presidente venezolano había deslumbrado al Gabo durante un corto viaje entre La Habana y Caracas, según la memorable página del artículo "El enigma de los dos Chávez", producto de la fina pluma de aquel periodista que, en los años cuarenta del siglo pasado, había sido impactado por la eufórica oratoria gaitanista.
Las relaciones fraternales con el país vecino no se limitan al mero recuerdo de las batallas de Boyacá y del Pantano de Vargas, o a las figuras de Simón Bolívar y Antonio Ricaurte. La propia historia se ha encargado de reavivarlas; muestra de ello fue la construcción del superbloque República de Venezuela en enero de 1956, en la ciudad de Cali, como expresión de solidaridad venezolana ante la tragedia que cobró la vida de cuatro mil colombianos y colombianas. Además, hoy la patria de Bolívar alberga a millones de neogranadinos que, huyendo de la violencia, han encontrado la mano amiga del pueblo venezolano.
Muchos de esos refugiados colombianos retribuyeron dicho cobijo uniéndose a los movimientos revolucionarios que combatían en ciudades y montañas durante la Cuarta República. Algunos sufrieron años de presidio, como Pavel Castillo, integrante de una familia colombiana residenciada en La Pastora que se involucró en la lucha clandestina.
También resulta emblemático el caso de Carlos Rey, quien formó parte de la unidad táctica de combate (UTC) Iván Barreto Miliani, perteneciente a las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN). El 9 de octubre de 1964, dicha unidad capturó en la calle Soapure de Bello Monte al militar estadounidense Michael Smolen, piloto que había participado en bombardeos a aldeas vietnamitas. La acción de aquel viernes buscaba evitar el fusilamiento en Saigón del joven guerrillero Nguyễn Văn Trỗi.
Vale recordar una conferencia dictada en el Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual (IAEDPG) por Pavel Rondón, exembajador en Bogotá (2006-2008), quien afirmó que el vínculo entre el pueblo venezolano y la comunidad inmigrante del vecino país es mucho más estrecho e integral de lo que suele imaginarse, reflejo de una fraternidad sincera. Con ello, el profesor y diplomático salía al paso de las narrativas que tildaban la presencia neogranadina como una infiltración silenciosa con fines estratégicos o militares.
En miles de familias venezolanas —entre las cuales nos incluimos— existen lazos sanguíneos con el pueblo neogranadino, asumidos con naturalidad desde hace años; en nuestro caso, con 18 años de vínculos familiares que incluyen a una nieta llamada Hanói, nacida en Hanói, la capital de Vietnam.
Consultas:
García Márquez, G. (1999, 1 de febrero). El enigma de los dos Chávez. Revista Cambio (300).
Petro, G. (2014, 24 de abril). Palabras de inauguración [Discurso]. 27.ª Feria del Libro de Bogotá. Bogotá, Colombia.
Rondón, P. (2017). Conferencia. Instituto de Estudios Diplomáticos Pedro Gual (IAEDPG).
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