Davide de Ascaniis: un violín que abraza a Venezuela
El violinista italiano dio dos conciertos a beneficio de los damnificados de La Guaira
14/08/26.- Hay gestos que no se explican desde la técnica, sino desde el pecho. Tocar el violín cuando la Tierra ha temblado y los refugios albergan miradas que todavía buscan respuestas, no es solo un acto artístico sino una declaración de fe. Y eso, exactamente, fue lo que vino a entregar Davide de Ascaniis a Caracas. El virtuoso violinista italiano volvió a pisar esta tierra no por el aplauso ni por la vanidad de los grandes escenarios, sino por ese afecto terco y profundo que le profesa a Venezuela.
En medio de la tragedia, producto de dos terremotos, que nos sigue marcando los días y la memoria, de Ascaniis entendió que la música no es un lujo decorativo, sino más bien un bálsamo. Un vehículo urgente para suavizar la aspereza de lo trágico, para tender un puente donde el suelo se agrietó y recordarnos que, aun en las horas más oscuras, la belleza insiste en salvar algo de nosotros.
Su violín resonó estos días con la fuerza de un abrazo empeñado en reconstruir. Cada nota interpretada no solo buscó convertirse en ayuda material; buscó, sobre todo, abrigar el alma de un pueblo que intenta levantar su moral. "Creo que en estos momentos tan difíciles, la música es un medio eficaz para alcanzar el corazón de las personas. La música te toca en lo más hondo y si la gente tiene carencias en un momento como este, yo como violinista lo que puedo hacer es compartir mi música con aquellos que necesitan ese abrazo, y tratar de levantarles el ánimo, sobre todo a los jóvenes que están viviendo estos momentos tan duros en los que tendemos a estar muy frágiles", expresó.
Si algo conmovió el corazón del maestro italiano en esta estancia, fue el encuentro cara a cara con la juventud venezolana. En el aula, durante las sesiones del Curso de Verano de la Academia de Cuerdas Caracas, el virtuosismo cedió el paso a la admiración mutua. Frente a él, decenas de muchachos que también cargan con el peso de la emergencia nacional tomaron sus instrumentos no con resignación, sino con una dignidad que desarma.
Davide no pudo ocultar la emoción ni el orgullo al ver el temple de estos jóvenes músicos venezolanos. Ver cómo un muchacho coloca el arco sobre las cuerdas, cómo el aire del ensayo borra por un par de horas la incertidumbre exterior y cómo el talento florece intacto en medio de la adversidad, le dejó una certeza rotunda: la valentía en Venezuela también se afina. "Estuve de invitado en la Academia para el encuentro con estos muchachos y verlos así inspirados y apasionados ha sido maravilloso para mí, inclusive tener aquí a una joven que vino desde La Guaira a realizar este curso. Fueron momentos realmente emocionantes y emotivos", señaló.
Para de Ascaniis, la mayor satisfacción no estuvo en el virtuosismo impecable de una partitura, sino en presenciar ese ánimo indomable que nos caracteriza a los venezolanos. Esa chispa en los ojos de los estudiantes venezolanos que le devolvió la certeza de que el arte cura, sostiene y resiste. "Para mí ha sido un placer haber estado aquí con ellos y verlos entusiasmados en recibir las lecciones. En Venezuela hay mucho talento para la música, hasta en los niños más pequeños uno nota que tienen una cualidad innata y absorben como una esponja las enseñanzas. Así es un placer trabajar porque son niños que entienden rápido lo que se les dice", dijo con voz apasionada.
Entre cuerdas y solidaridad
Cruzar la puerta del Centro Cultural Monte Sacro, sede de la Orquesta Municipal de Caracas, en estos días de luto y reconstrucción, fue entrar a un recinto donde la pesadez del ambiente se disolvió a fuerza de afinación. El aire olía a madera, a partituras usadas y a ese nerviosismo noble que precede a los actos verdaderamente importantes. Allí, donde la música se vuelve trinchera frente al dolor que nos dejaron los sismos, fui a buscar la historia detrás de la música.
El maestro de Ascaniis no estaba allí como el virtuoso distante que acumula aplausos en las grandes capitales del mundo. Estaba ahí con el cuerpo volcado sobre el instrumento, la mirada atenta y esa sensibilidad a flor de piel que solo tienen los artistas que comprenden la fragilidad humana. Verlo ensayar junto a los profesores y los muchachos de la Academia de Cuerdas Caracas fue presenciar un milagro cotidiano: la tragedia no desaparece, pero por unas horas el aire se vuelve más respirable.
En las aulas de Monte Sacro, Davide se fundió con la juventud venezolana. No solo les enseñó a dominar el instrumento o a matizar un pasaje de Vivaldi; los escuchó. Y al escucharlos descubrió ese temple inquebrantable que caracteriza a quienes hacen arte en medio de la adversidad. La satisfacción y el orgullo le desbordaban el rostro cada vez que un estudiante venezolano, con la incertidumbre del país acuestas, hacía sonar su violín con una dignidad que estremecía. Para Davide, ver esa chispa de resistencia en los ojos de los jóvenes no fue solo una lección de música, sino una lección de vida.
Entre la prisa del ensayo y la calidez del encuentro, quise entregarle un recuerdo que condensara el alma de esta tierra que tanto lo quiere. Le regalé un cuatro pequeñito, pintado con los colores de la bandera venezolana. Un detalle sencillo, casi diminuto frente a la inmensidad de su gesto, pero profundamente nuestro. Cuando lo sostuvo en sus manos, hubo un silencio de esos que lo dicen todo: el violín italiano y el pequeño cuatro venezolano sellando una complicidad que trasciende las fronteras y los idiomas.
Davide sabe que la música en Venezuela es hoy un vehículo de sanación, un bálsamo urgente para suavizar la aspereza de los días difíciles y acompañar la reconstrucción. El maestro se va dejando en las paredes de Monte Sacro y en el corazón de cada joven músico la certeza de que el arte sostiene. Y en nuestra memoria nos queda un italiano que hizo suya nuestra bandera. Su presencia despertó la convicción de que si hay una nota sonando, hay fe y hay resiliencia.
En homenaje a las víctimas
El concertista de Ascaniis, laureado internacionalmente y docente del Conservatorio de Cagliari, en Italia, regresó por tercera vez a suelo venezolano para liderar dos magistrales presentaciones musicales con fines estrictamente benéficos. Las jornadas de gala contaron con un repertorio académico de elevado rigor técnico, donde el virtuoso concertista interpretó obras emblemáticas del repertorio universal para violín, acompañado por destacadas agrupaciones orquestales del país.
El maestro interpretó Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, en su primer concierto en Caracas; y el recital para violín y piano titulado Abrazo italiano, junto al maestro Sadao Muraki, en su segunda presentación. En ella ambos músicos abordaron un repertorio exigente que incluyó piezas emblemáticas de Bach, Marcello, Paganini, Sarasate, Bazzini, Ysaye y Markov.
"Quisimos interpertar una pieza extra en el programa porque Las cuatro estaciones de Vivaldi son bellas, son conocidas por todos, pero son muy solares, y desde luego, según yo, era un momento para interpretar una pieza más acorde con el momento de reflexión que está viviendo el país. Por eso adecué un poco la interpretación. De hecho iniciamos el concierto con el Adagio de Marcello, como un homenaje a las víctimas venezolanas del terremoto", detalló el maestro.
Con su violín, Davide dejó en el aire de Caracas la resonancia de ese abrazo italiano que no se apaga. Dejó la prueba viva de que cuando las palabras resultan cortas para nombrar el dolor, la música llega para cargarnos el alma y recordarnos que mientras haya un joven afinando un violín la esperanza seguirá teniendo melodía en Venezuela.
SABINA DI MURO / FOTOGRAFÍAS: AMÉRICO MORILLO
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