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Pluma acústica | Joe Cuba: "Se busca vivo o muerto"

Por Kike Gavilán

20/08/2026.- Definitivamente, dentro del mundo de la música afrocaribeña existen álbumes de culto que constituyen una herencia musical trascendental. Son discos conceptuales que no solo pusieron a bailar hasta a los más tiesos, sino que significaron una revolución artística y social en su momento. En 1966, sale al ruedo el disco Se busca vivo o muerto (Wanted dead or alive), una joya musical soltada por el legendario Sexteto de Joe Cuba a través del sello Tico Records y producido por Pancho Cristal. Este LP, que superó el millón de copias en tiempo récord, no es solo una recopilación de temas para bailar en un ladrillito; es un documento antropológico y un manifiesto de resistencia cultural que dinamita cualquier pista de baile con su sonido callejero puro. Encapsula de manera magistral la resistencia cultural de la comunidad latina en la Gran Manzana.

Para comprender la magnitud del disco Se busca vivo o muerto, es necesario entender el rol de Joe Cuba, cuyo nombre de pila era Gilberto Calderón, también conocido como el Alcalde del Barrio, o simplemente Sony, en la escena musical latina en Nueva York. Nació en la ciudad de los rascacielos en 1931 y era hijo de padres puertorriqueños. Criado en el calor bravo del Spanish Harlem (el Barrio), supo lo que era remar contra la corriente en una época bien jodida para los latinos en Gringolandia.

Desde inicios de los años cincuenta, venía trabajando como conguero con David Preud'homme, mejor conocido como Joe Panamá, en el llamado Sexteto de Joe Panamá. Para 1954, el mismo Preud'homme decide separarse de la agrupación. Sin embargo, otros músicos que venían de tocar en el Sexteto, como Willie Torres, Jimmy Sabater y el mismo Joe Cuba, decidieron continuar con el proyecto y, con la integración de Nick Jiménez en el piano, lo rebautizan como The Joe Cuba Sextet, o simplemente el Sexteto de Joe Cuba. Además, y por sugerencia del empresario cubano Catalino Rondón, rebautizar también a Calderón con el nombre que lo inmortalizaría en el olimpo de los bravos de la música afrocaribeña.

Boogaloo y salsa brava

Ya para 1966 el Sexteto había lanzado unos catorce discos, pero ese año se conjugaron todas las fuerzas tectónicas culturales y, como por combustión espontánea, erupcionó Wanted dead or alive. Desde inicios de la década, el llamado boogaloo venía ya sonando como un río que trae piedras; era un sonido propio creado por chamos latinos del Spanish Harlem, que mezclaba la sabrosura de la herencia musical afrocaribeña con el soul y el R&B que escuchaban en las esquinas de su vecindario. Se busca vivo o muerto es la cumbre de esa ecuación.

Sin embargo, hacia finales de los sesenta, el fenómeno del boogaloo comenzó a desgastarse comercialmente y a ser visto por algunos puristas como una deformación malsana de la música latina tradicional. La juventud latina, cada vez más politizada bajo el orgullo de la identidad nuyorican y el despertar de los movimientos por los derechos civiles, comenzó a exigir una propuesta más cruda, arraigada y directa a las raíces afrocubanas, pero con una narrativa urbana explícita. Fue así como Se busca vivo o muerto representó la consolidación definitiva del boogaloo, pero también sentó las bases de lo que poco después se conocería formalmente como salsa brava.

El sonido inconfundible del Sexteto se debe principalmente a su instrumentación atípica para la época, que prescindía de las secciones de metales de las orquestas tradicionales, apostando por el sonido metálico del vibráfono, el cual se pasea entre la ternura y la rabia, y una sección rítmica compacta, explosiva y endemoniada. Demostró que se podía hacer una música potente, bailable y callejera sin necesidad de meter una artillería pesada de los metales, confiando ciegamente en el tren delantero de coros pegajosos y melódicos, tanto en inglés como en español, y el colchón rítmico y armónico antes mencionado.

Los forajidos y su arsenal

La portada del disco evoca un afiche del viejo Oeste norteamericano, donde aparecen los miembros del Sexteto como un grupo de forajidos solicitados por la justicia. La verdad es que esa portada es muy acertada, porque todos los participantes son unos verdugos musicales y los temas son realmente explosivos.

El Sexteto para ese momento estaba integrado por Joe Cuba como conguero, corista y timonel de la nave. Willie Torres fue la voz estelar, con ese vozarrón inconfundible que destilaba romanticismo y calle por igual. Aunque Willie Torres fue el primer cantante, fue reemplazado por Cheo Feliciano entre 1957 y 1965; para 1966 ya había vuelto a su rol de cantante principal con la salida de Cheo. Otro que entonaba en algunos números, pero era el encargado de hacer explotar los timbales, fue el gran Jimmy Sabater, pieza clave en el sonido del Sexteto. Nick Jiménez tocaba el piano y hacía los arreglos musicales, dándoles esa elegancia jazzística y moderna a los acordes. En el vibráfono, estaba el legendario Tommy Berríos, y Roy Rosa marcaba ese tumbao malandro en el bajo.

Las canciones son un palazo cada una de ellas. El disco abre con Bang, bang, musical y comercialmente la coronación del boogaloo. Este tema nació en una presentación donde el público era mayormente afroamericano y Jimmy Sabater se dio cuenta de que la gente no estaba bailando, así que se acercó a Nick Jiménez y le tarareó un riff de piano, con un swing latino, pero con acordes de soul. Aquello fue una locura y, al calor de la improvisación, salió ese coro que evoca dos disparos. Por la misma onda del boogaloo van los temas Oh, yeah, Sock it to me y Push, push, push.

Otro palo cochinero es el tema La malanga brava, una descarga pura cuyo título anuncia que lo que viene es candela. Aunque rinde tributo a la gastronomía boricua, donde una malanga es simplemente una sopa, aquí es una metáfora de la resistencia cultural y el orgullo criollo que se niegan a ser asimilados por el frío sistema gringo. Al igual que el tema Alafia, son himnos de reafirmación del dominio latino de la esquina.

Mujer divina es otro de los temas clásicos de este disco. Fue interpretado por Willie Torres para este álbum, pero tiene una versión posterior, en el LP Cocinando la salsa, de 1976, interpretada por Willie García, quien fue el esposo de La Lupe. Asimismo, encontramos el bolero Triste, formidablemente interpretado por Willie Torres con el corazón en una bandeja.

Sin embargo, el tema que corona este disco es la descarga salvaje llamada Cocinando. Es el cierre perfecto del álbum. En él se enumeran ingredientes de la gastronomía antillana mezclados con la jerga de la calle. A cada instrumentista se le asocia con un componente culinario y cada uno descarga como si no hubiese un mañana. Representa el clímax de la rumba en el barrio, el momento en que todos los colores y acentos del Spanish Harlem se funden en una sola e indestructible hermandad musical.