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La cultura abraza la vida en la Ruta de la Esperanza

Más de 50 mil actividades socioculturales se han realizado en los campamentos transitorios

Gabriela Simoza visitó este jueves CiudadCCS.FM para darnos detalles de la ruta cultural.

20/08/26.- Tras un desastre natural, el alma de una comunidad queda expuesta, frágil, buscando un asidero en medio de la incertidumbre. En ese mapa de contingencia, dibujado tras la emergencia sísmica producida por el doble terremoto que azotó a Venezuela el pasado 24 de junio, los campamentos transitorios no solo se levantaron como un resguardo físico, se han transformado en trincheras de afecto, solidaridad y reconstrucción humana.

Allí donde la pérdida intentó imponer la desesperanza, la creación cultural ha salido al paso para recordar que la dignidad también se alimenta de poesía, de música y de abrazos comunitarios a través de la Ruta de la Esperanza ideada, desarrollada y desplegada por el Ministerio de la Cultura y otros entes e instituciones que se han articulado para atender a las familias venezolanas que enfrentan la emergencia.

Para medir el pulso sensible y el impacto de esta política de acompañamiento en el territorio, conversamos con la viceministra de Cultura, Gabriela Simoza. Con la serenidad de quien camina los refugios y escucha de cerca el latido de la gente, la servidora pública ofreció un balance donde la gestión no se traduce en fría burocracia sino en la restitución del derecho a la alegría y a la paz.

—Gabriela, cuando se atiende una contingencia de la magnitud de un terremoto, la urgencia inmediata suele centrarse en el techo y el alimento. ¿Cómo se abre paso la cultura como una necesidad de primera necesidad dentro de la Ruta de la Esperanza?

—La cultura nunca es un lujo ni un adorno para tiempos de calma; en momentos de dolor colectivo es la medicina fundamental para el espíritu. Cuando una familia llega a un campamento transitorio trae sobre los hombros el peso del susto, la pérdida material y la fractura de su cotidianidad. El alimento fortalece el cuerpo, pero la música, el teatro, los libros y el juego sanan el alma. A través de la Ruta de la Esperanza hemos desplegado una acción amorosa e integral donde nuestros cultores, creadores y recreadores se han convertido en brigadistas de la ternura. Ir al refugio a cantar una canción, a contar un cuento a los niños o a montar un taller de artesanía es decirle a nuestro pueblo: "Aquí estamos, no están solos y vamos a reconstruirnos juntos desde la belleza".

—El impacto psicológico en la infancia es quizás una de las huellas más delicadas que deja un desastre natural. ¿De qué manera la agenda cultural en los campamentos ha servido para contener y transformar el miedo de los niños y las niñas?

—Los niños absorben el trauma de una forma silenciosa y profunda. Para ellos, ver su entorno cambiar de golpe es muy duro. Por eso, el abordaje en la infancia dentro de los campamentos ha sido prioritario. A través de títeres, talleres de pintura, artes plásticas y literatura infantil, les devolvemos un espacio seguro para expresar lo que sienten. Cuando ves a un niño que llegó asustado y que a los pocos días está sonriendo, pintando un mural con sus amiguitos del refugio o actuando en una obra de teatro comunitaria, entiendes el poder curativo del arte. No les estamos distrayendo de la realidad; les estamos dando herramientas emocionales para procesarla, para vencer el miedo y para volver a soñar.

—Frente a las narrativas mediáticas que buscan retratar los espacios de atención transitoria desde el desamparo o el caos, ¿qué realidad se vive hoy en los módulos de atención?

—Se vive la realidad de un pueblo heroico, organizado y profundamente solidario, acompañado por un Estado que no abandona a su gente. Es muy fácil desde un laboratorio mediático o desde una pantalla pretender estigmatizar los campamentos como focos de tristeza. La verdad que se respira en el terreno es muy diferente: allí hay asambleas de convivencia, hay madres organizando la logística, hay abuelos compartiendo saberes y hay una efervescencia cultural constante. La cultura es nuestro mejor antídoto frente al ruido y la desinformación. Cada taller, cada función de cine comunitario, cada tambor que suena en el campamento es un acto de afirmación de la vida que desmonta cualquier mentira.

La viceministra detalló que se han desarrollado mil 500 actividades culturales en 90 campamentos.

La dimensión operativa de esta política de acompañamiento se traduce en un despliegue sin precedentes en el territorio. Tras semanas de trabajo ininterrumpido en los campamentos transitorios establecidos en la Gran Caracas y en el estado Aragua, el balance de la Ruta de la Esperanza da cuenta del alcance humano en el desarrollo de esta atención directa: de los 107 campamentos transitorios instalados despuñes de las 72 horas de la tragedia, las brigadas de cultura ya han abordado 90 de ellos, sumando más de 2 mil 500 horas de atención a las familias en emergencia.

En total, se han realizado más de 50 mil actividades socioculturales y mil 500 iniciativas artísticas de diversa índole, entre las que destacan recientemente añadidos los círculos de lectura como espacios para el reencuentro y la palabra. Este esfuerzo ha movilizado a más de 4 mil 500 voluntarios y a 2 mil trabajadores de distintas instituciones del Estado, articulados en un solo cuerpo para garantízarle dignidad y contención a la población más afectada por el doble terremoto.

Al despedir la entrevista con la viceministra Gabriela Simoza queda flotando la certeza de que la Ruta de la Esperanza no es una simple estación de paso hacia una nueva vivienda. Es un proceso de sanación colectiva donde la política pública se despoja de tecnicismos para hacerse abrazo, canción y memoria viva. Porque aun cuando la tierra se haya sacudido la sensibilidad de un pueblo, de pie, demuestra que no hay grieta capaz de quebrantar la fe ni el derecho a sonreír.

SABINA DI MURO / FOTOGRAFÍA: ENRIQUE HERNÁNDEZ / CIUDAD CCS