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Letra fría | Cuentos de la República

Por Humberto Márquez

21/08/2026.- Lo que no se puede negar, como lo resumió Carmen Carrillo, es que la República del Este fue una agrupación de escritores, artistas e intelectuales que se constituyó en una referencia ineludible del movimiento cultural de Caracas entre finales de los años sesenta y comienzos de los ochenta del siglo XX. Para otros, fue una payasada genial, como todas las de Caupolicán, o, como decía el sarcástico Argenis Rodríguez: "La República era un grupo de borrachos que se reunían a beber y a hablar pistoladas". Lo que sí fue es una gran charada, una joda colectiva que puso a rodar su creador, el poeta Caupolicán Ovalles, quien se encargó de seguir alimentándola, dándole cuerda, ¡y de qué manera!

Había un republicano adeco y llorón, Manuel Alfredo Rodríguez, un fanático de Rómulo Gallegos a quien hice llorar en uno de esos eventos galleguianos, porque publiqué en las páginas centrales de Últimas Noticias entrevistas con José Balza, fray Cesáreo de Armellada y el fabulador guajiro Ramón Paz Ipuana, denunciándolo como el etnocida que fue, y aquello fue de llanto parejo y moco tendido. Después me dio cosita con él, porque era un buen tipo. Él también se preguntaba y se respondía:

¿Qué era la República del Este? Diría que un grupo de gente unida por vínculos de afinidad intelectual y política. Esto fue evolucionando hacia una peña literaria; de allí, a una gran fraternidad donde no solo había escritores y artistas, sino también gente de otros oficios, de otras profesiones, de otras actividades en la vida. Yo diría que la República del Este ha sido una gran fraternidad con un acentuado matiz literario y artístico.

De los resúmenes más precisos, les dejo este de mi buen amigo Mario Valdez, para quien la República tenía su centro de acción en los bares y cafés de Sabana Grande; no existían el metro ni el bulevar. He aquí su cuento:

En 1975, siendo yo un estudiante universitario con mi paisano de Maturín, Miguel Gómez Núñez, conocí ese mundo de la bohemia. Era casi obligatorio visitar los desaparecidos restaurantes Il Vecchio Mulino, La Bajada, Franco's y Camilo's, conocidos como el Triángulo de las Bermudas, porque todo lo que pasaba por allí se perdía. Quedaban otras barras: El Viñedo, El Gato Pescador, Tic Tac y el Chicken Bar. Eran las peñas de encuentro de los poetas, intelectuales, universitarios, empresarios y pintores, muchos frustrados por la derrota de los años sesenta y la lucha armada; allí concurrían Caupolicán Ovalles, el Chino Valera Mora, Baica Dávalos, Pascual Navarro, Elías Vallés, Orlando Araujo, Ludovico Silva, Teodoro Petkoff, Ismael Medina, Manuel Alfredo Rodríguez, Raúl Ramos Calles, William Osuna, Freddy Salvador Hernández, Humberto Márquez, Manuel Felipe Sierra, el doctor Matute, Marcelino Madriz y la Paisa Madrid. La lista es larga, casi todos fueron desapareciendo, la gente y los restaurantes. También era sitio obligado la librería Suma. Era usual escuchar a un poeta con los versos de Omar Jayam: "Voy por el camino con mi sombra y mi botella; menos mal que mi sombra no bebe"; o al Chino Valera Mora con sus poemas Amanecí de bala o "Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor / (...) Cómo ve el rostro de los demás y los demás cómo ven el rostro de ella". Toda esa bohemia se perdió.

Pero el cuento verdadero es el que le echa Caupo a Mary Ferrero en el Papel Literario de El Nacional:

La República del Este nace, en realidad, como la conclusión de varios intentos de asociaciones y de experiencias de grupos literarios, entre ellos la lógica línea que va de Sardio a El Techo de la Ballena, de El Techo de la Ballena a Sol Cuello Cortado, y de este al grupo de la Pandilla de Lautréamont. Hay allí lo que los abogados llaman una acción interlocutoria, que fueron los años que yo viví en Bogotá, en los cuales conocí la forma de participación que tuvieron los nadaístas, un grupo abierto hacia todos los aspectos de la vida colombiana donde, no obstante existía un sancta sanctorum de los más importantes, su influencia era tal que la juventud colombiana era identificada como nadaísta. La experiencia venezolana había sido la de los grupos cerrados de diez o doce personas. Con la desintegración del Techo se comprobó que no era válido reunirse alrededor de una revista literaria. Después de mi viaje a Europa y los países socialistas, integramos lo que se llamó la Pandilla de Lautréamont. Para no tener conflictos de tipo grupal inventamos que existía un sitio ideal donde nosotros nos encontrábamos, al que llamábamos República del Este. Carlos Noguera, recuerdo, lo definió como "sitio o punto ideal para el encuentro de los poetas". Y hacia ese sitio íbamos los de la Pandilla: Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Carlos Noguera, Pepe Barroeta, el Chino Valera, Elí Galindo… Esa época coincide con la legalización de los partidos de izquierda, la campaña electoral y la apertura hacia las fórmulas democráticas y las formas pacíficas del juego de masas. Tomando en cuenta las posibles participaciones nuestras en las campañas de los partidos (yo entonces estaba incluido en las listas de UPA), comenzamos a dar mítines en El Viñedo, un bar de Sabana Grande. En medio de eso apareció la idea de la República del Este y nuestros mítines y discursos fueron entonces en nombre de la República. Así fue como por primera vez, en octubre del 68, en El Viñedo, constituimos gobierno. Yo me nombré presidente, nombré a Luis Camilo Guevara primer ministro, a Mario Abreu ministro de la Defensa y a Javier Villafañe ministro de Educación.

Y nada mejor para cerrar que aquel texto de hace cuatro años de Igor Delgado Senior:

Y habla Adriano del ajenjo de Rimbaud y Baudelaire, y escucha a Miyó Vestrini cuando pregonaba el derecho "al sueño, a la locura, al amor pleno y estallante", y la descubre más tarde en la bañera de su casa luego de una sobredosis de sedativos; y exalta de júbilo a Salvador Garmendia y Ludovico Silva, advierte las estampas inquietas de Baica Dávalos y Marcelino Madriz ("¡Peligro!, borrachos en la vía"), mira los ojos-luz del Chino Valera Mora que amaneció de bala como su poema y no aguantó el ataque al corazón, y vuelve a cantar un himno perpetuo por las copas fondo blanco y la dolida salud de los ebrios eternos.