Pluma acústica | Caricuao Experimental: la vanguardia musical del
lejano oeste caraqueño
Por Kike Gavilán
En la historia de la música popular venezolana existen proyectos que escapan de las lógicas comerciales masivas para convertirse en verdaderos tesoros de la resistencia cultural y el folclor urbano. Uno de los episodios más interesantes y celosamente custodiados por coleccionistas y melómanos, es el de Caricuao Experimental, una agrupación gestada en los albores de la década de 1980 en una parroquia al extremo oeste de Caracas. Más que una orquesta, era la manifestación sonora, intelectual y comunitaria de un sector que latía con fuerza propia.
A finales de los años 70 y principios de los 80, la parroquia Caricuao ya se había consolidado como un complejo urbanístico de gran envergadura en Caracas, lleno de naturaleza y concreto, gente cálida y clima frio de montaña, y una movida cultural con una identidad bien plantada. Lejos de ser un simple dormitorio obrero, este sector albergaba una rica vida asociativa, movimientos estudiantiles, intelectuales de izquierda, artistas plásticos y músicos empíricos que veían en el arte una trinchera de expresión.
En este caldo de cultivo, un grupo de cultores, investigadores y ejecutantes, liderados por Jesús “Mamey” Caraballo, decidió canalizar su pasión por la música caribeña tradicional (en especial el son cubano, el bolero y la guaracha) bajo un formato de laboratorio o taller sonoro. Así nació Caricuao Experimental, un colectivo que apostó por rescatar la pureza de las sonoridades del Caribe, dotándolas de la crudeza, el sabor y la identidad del barrio caraqueño.
Dignos hijos del bravo Caricuao
La historia de este proyecto arranca formalmente alrededor del año 1980, impulsada por el calor que generaba el Frente Cultural de Caricuao. No se trataba simplemente de un grupo de panas que se juntaban a tocar los fines de semana en una esquina de la UD4 o la UD5; era una propuesta política, social y artística consciente.
En esa época Caricuao era un hervidero de cofradías, talleres de teatro, cineclubes y militancia política. Los chamos y adultos entendían que la cultura no era un adorno, sino una herramienta de lucha. En ese contexto, Caricuao Experimental tomó forma como un colectivo sonoro. No eran el único proyecto musical de la parroquia, pues allí también hacían vida las agrupaciones Quincena Vacía, Cumbe y el Grupo Sarapo. En estas diferentes bandas se repetían los músicos, un ejemplo claro es el de “Mamey” Caraballo, quien tocaba y/o cantaba en todos estos grupos.
Los encargados de mover la maquinaria musical de Caricuao Experimental eran chamos de la parroquia, hijos legítimos de sus calles y esquinas. Jesús “Mamey” Caraballo tocaba el bajo y dirigía la descarga; Ramón “Pecheche” Mijares en la voz principal. Daniel Moncada y Edgar Ojeda, el tres cubano y la guitarra, respectivamente. El fuego de la percusión lo encendían Alberto “Cachete” Hernández, Jesús “Chucho” García, César Ojeda, Felipe Acevedo y Horacio Vivas, quienes también interpretaban algunos temas y conformaban un coro poderoso.
Aunque, en un primer momento sus presentaciones se limitaban a los eventos organizados o espontáneos de la parroquia, pronto se convirtieron en los embajadores musicales de lo que en broma, por su lejanía del centro de la ciudad, se conoce como la República de Caricuao. Tocaron junto al gran Angel Canales en el Poliedro de Caracas y participaron en el Festival de Música Afrocaribe de 1983, realizado en el Nuevo Circo de Caracas, junto a otras 27 agrupaciones de diferentes parroquias, dejando muy en alto el nombre del bravo cacique.
El custodiado disco unigénito
El gran hito de la agrupación quedó inmortalizado en su único y homónimo álbum de estudio lanzado en 1982 bajo el sello Promus. Este disco es considerado hoy en día una pieza de culto entre los coleccionistas y DJ’s de salsa underground, por su autenticidad y el rigor con el que se abordaron los géneros tradicionales.
El repertorio de este trabajo discográfico es una clase magistral de son callejero. Es un compendio de respeto a los grandes patriarcas del Caribe, interpretando canciones de maestros indiscutibles pero pasados por el filtro y el calor caraqueño. Entre sus surcos destacan temas emblemáticos como: Tres lindas cubanas, de Guillermo Castillo; Africana, de Gerardo Martínez; El son y sus instrumentos, de Ignacio Piñeiro; El mondonguero, de Carlos Bauteforma, En la inmensa soledad, de Juan de León Durruty y El tomatero, de Graciano Gómez.
Musicalmente la banda logró un sonido crudo, orgánico y sazonado. Lejos de la pulitura comercial de los grandes estudios discográficos del momento, Caricuao Experimental imprimió en su música el sudor de los ensayos en las calles del barrio y una sección de percusión indomable que conectaba directamente el tambor cubano con el venezolano. Prescindieron de sección de metales y se acogieron al amparo del tres cubano como instrumento melódico.
Las letras y los arreglos reflejaban la realidad del venezolano común. Como señalaban cronistas de la época analizando sus inspiraciones populares, había en sus pregones una mezcla de humor pícaro, crítica social y una profunda devoción por el ritmo de clave y cuero. No se trataba de una imitación pasiva de la música cubana, sino de un ejercicio de apropiación cultural donde las raíces negras de ambas orillas del Caribe se encontraban de manera natural.
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