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Micromentarios | Crónica de una premonición

Por Armando José Sequera

08/09/2026.- En una breve crónica que escribí en octubre de 2017, referí que, en Almería, España, castigan con 600 euros a los conductores que, cuando está lloviendo o una vez pasada la lluvia, mojan a los peatones accidental o expresamente. En el Reino Unido también lo hacen, con hasta 3 mil 500, no sé si libras o euros.

El episodio que relataré a continuación debió ocurrir en 1982 o 1983. Yo iba llegando a la Universidad Central de Venezuela cuando, al pasar por el puente de la avenida Salvador Allende sobre la Autopista del Este, un tipo pasó con un carro enorme y me bañó de agua sucia.

Lo hizo con mala intención, supongo que porque yo caminaba por el primer canal de la vía y no por la acera. Esta se hallaba cubierta por tres montículos de tierra consecutivos, además de dos pilas de adobes, debido a reparaciones en la vía.

Antes de pasar por un enorme pozo que se había formado tras la lluvia de un rato antes, observé que no se aproximaba ningún automóvil. Venía uno, pero estaba a más de cien metros y avanzaba con lentitud. A paso rápido, me daba tiempo para superar dicho pozo, cuya longitud era de aproximadamente veinticinco metros.

Iba por la mitad del mismo cuando el auto que había visto pasó a mayor velocidad y me cubrió con una ola provista de túnel, como las de los surfistas.

Dado que abajo, a mi derecha, había una pila de adobes, muchos de ellos fragmentados, tomé la mitad de uno —que tenía poco más del diámetro de una pelota de béisbol profesional— y lo lancé, con tan buena suerte, fuerza y puntería que le reventé al carro el vidrio posterior.

El vehículo se detuvo con un chillido de los cauchos antes de ingresar a la autopista y el conductor salió armado con un trozo de cabilla, la barra de hierro forjado usada en construcciones. Dicho trozo medía cerca de veinte centímetros y era suficiente no solo para dejarme fuera de combate, sino muerto, dependiendo de los lugares que eligiera para golpearme.

Iba a escapar, pero resbalé en el agua del pozo. Aunque no caí, sí descuidé el físico evitando hacerlo.

En el momento en que temí recibir el primer cabillazo, escuché una bendita voz autoritaria que ordenó:

—¡Baje esa cabilla, ciudadano!

—¡Mire —dijo, señalando su carro—, el pendejo este me rompió el vidrio trasero!

—¡Lo hizo porque usted lo bañó con esa agua sucia!

—¡Eso no es cierto! ¡Yo no lo hice!

—¡Déjese de mentiras, que yo venía detrás de ustedes y lo vi!

—¡Pero él no tenía por qué reventarme el vidrio!

—¡Cállese la boca y entrégueme sus documentos! ¡Y tú, carajito, sigue para donde ibas!

—¡Me tiene que pagar el vidrio!

—¡Que se calle, le digo! ¡Más bien usted debería pagarle al muchacho el lavado de su ropa!

Tuve la inmensa fortuna de que detrás del auto que me dejó pringado, venía un agente de tránsito en su moto, al cual no vimos ni el conductor ni yo.

Llegué a la Escuela de Comunicación Social, donde iba a entregar un documento requerido para mi graduación, el cual no se mojó en lo absoluto gracias a que lo llevaba en una carpeta plástica. Donde la adquirí, había pedido una carpeta normal, amarillo manila, pero la chica que me atendió me dijo que mejor comprara una plástica, que ella presentía que la iba a necesitar.

¡Y vaya que la necesité!

Días después, fui a darle las gracias y a contarle el episodio. Se rio bastante y con tanto gusto que me sentí atraído hacia ella. Se lo dije y la invité a salir, pero me respondió que tenía novio.

Sin embargo, iniciamos una amistad que duró bastante, como diez o más años, hasta que se fue a vivir con su esposo a las islas Canarias —de eso hace décadas— y nos perdimos la pista.

Mi agradecimiento fue, principalmente, porque el documento que entregué me había costado más de dos meses de trámites. Volver a obtenerlo habría sido terrible para alguien que, como yo, odia hacer colas. Si no queda más remedio, las hago, ¿pero por la niñería de un conductor?

Quienes dicen que las premoniciones no tienen asidero científico deberían conocer anécdotas como esta para reconsiderar su postura.