Letra invitada | Despoblación y ecología terminal
Por Luis Britto García
¿Somos muchos? ¿Somos pocos? ¿Somos demasiados? Desde la primera edición del Essay on population (1898) de Thomas Robert Malthus, proliferan fantasías apocalípticas en las cuales el planeta se ahoga en exceso de población. Nadie esperaba que la traviesa realidad invocara el fantasma opuesto: el de un mundo progresivamente despoblado.
En la polémica sobre si la población es bendición o maldición, asoma una certidumbre: sin población no hay trabajo ni consumo y sin estos, desarrollo ni hegemonía. Las grandes potencias actuales —China, la Federación Rusa, Estados Unidos, países emergentes como India, Pakistán, Irán— ostentan considerable demografía en territorios equiparablemente extensos. Naciones de talla moderada y abundante población, como las dos Coreas y Japón, han devenido cuasi potencias por la extrema laboriosidad de sus ciudadanos, pero las limitan sus modestos territorios y recursos escasos.
Ello conduce a conclusiones inevitables. Comarcas que disponían de extensiones y poblaciones moderadas lograron el estatuto de potencias mediante la unificación nacional en Estados modernos y la rapiña de grandes territorios con densas poblaciones a las cuales avasallaron, explotaron y casi exterminaron. España debió su hegemonía a la invasión de América; el Reino Unido a similar operación contra América del Norte, prolongada con el saqueo del África y de buena parte del Asia. Francia y Bélgica disfrutaron de auges con orígenes similares. Las dos guerras mundiales fueron disputas sobre la repartición colonial del planeta; la derrota en ellas despojó a Alemania de su estatuto de gran potencia. Hasta el pequeño Portugal vivió un transitorio esplendor gracias a una red mundial de enclaves que incluyó el vastísimo Brasil. Este último, con México y Argentina, conforma el trío de potencias latinoamericanas: todas con territorios extensos y nutridas demografías. A medida que sus imperios coloniales densamente poblados se desintegraron, el Viejo Continente perdió el estatuto de potencia. Ni siquiera la UE logró impedirlo.
Una nueva situación corrige el espectro de la proliferación: a mayor desarrollo, menor fertilidad y mayor longevidad. En el mundo desarrollado se instala el declive demográfico y, con él, se acelera la pérdida de hegemonía. Se necesitan 2,1 hijos por mujer para mantener la población estable: es el llamado nivel de reemplazo. Pues bien, a nivel global, para 1960, cada mujer tenía 2,6 hijos vivos; para 2024, tiene 1,3. Esta diferencia se acentúa en los países desarrollados. La tasa de fecundidad total en la Unión Europea descendió de 2,6 nacimientos vivos por mujer en 1960 a 1,34 nacimientos vivos por mujer en 2024: casi la mitad. (datos.bancomundial.org/indicador/SP.DYN.TFRT.IN?locations=EU)
Igual fenómeno de declinación del nivel de reemplazo se produce en casi todo el planeta. Entre 1990 y 2023, el declive en Europa y Asia Central fue de 2,6 a 1,6; en Asia Oriental y el Pacífico, de 2,6 a 1,3. En Asia del Sur, de 4,1 a 2,0. En América Latina y el Caribe, de 3,3 a 1,8. En Estados Unidos, de 2,1 a 1,6. El declive es directamente proporcional al nivel de los ingresos. Entre 1990 y 2021, en los países de bajos ingresos, la tasa de reposición demográfica descendió de 6,5 a 4,5. En los países de ingresos medios, disminuyó de 4,6 a 2,6. En los de bajos ingresos superiores, de 2,9 a 1,5. Y en los de altos ingresos, de 1,8 a 1,4. (wdi.worldbank.org/table/2.14). Faltos de trabajadores, los países de altos ingresos abren sus puertas a una inmigración discriminada, o exportan sus capitales a maquilas que operan con obreros sin derechos laborales.
Contra la amenaza de la sobrepoblación hay entonces dos soluciones: la racional mejora de las condiciones de vida, que decelera la fecundidad, o la brutal reducción malthusiana, que reserva los recursos para una élite exterminadora. Aportamos opiniones de partidarios de esta última: David Brower: “Engendrar niños debería ser un delito punible contra la sociedad, a menos que los padres tengan una licencia del gobierno”. Margaret Sanger: “Lo más misericordioso que una familia grande puede hacer a su nuevo hijo es matarlo”. Príncipe Phillip: “El canibalismo es una solución radical pero realista para el problema de la sobrepoblación”. Henry Kissinger: “El despoblamiento debe ser la principal prioridad de nuestra política exterior hacia el tercer mundo, porque la economía de Estados Unidos requerirá grandes y crecientes cantidades de minerales del exterior, especialmente de los países menos desarrollados”. Mijaíl Gorbachov: “Cortar la población en 90% no dejaría suficiente población como para hacer un daño ecológico”. Jacques Cousteau: “Para estabilizar la población mundial, debemos eliminar 350.000 personas por día. Es terrible decirlo, pero igual de malo no decirlo”. Bill Gates: “Podemos bajar el nivel de CO2 reduciendo la población” (globalresearch.ca/list-30-elites-that-support-promote-depopulation/5825634).
Dos razones hay para que las élites mundiales abriguen opiniones tan infames. La primera tiene que ver con las advertencias del estudio Los límites del desarrollo (1972), el cual postula en esencia que no puede haber un crecimiento ilimitado en un planeta limitado. En lugar de planear un consumo moderado de los recursos, el reciclaje de estos y la sustitución de los no renovables por los renovables, los neomaltusianos postulan apropiar todos los recursos para el consumo ilimitado por una élite o una población tan limitada que podría ser considerada élite, y eliminar la humanidad restante con métodos inconfesables. Los mismos que predicaba Malthus: plagas, hambrunas, guerras. Se abren así las puertas de una ecología terminal, cuya víctima es en último término el género humano.
El segundo motor de esta ecología terminal es que las élites prevén un futuro en el cual las maquinarias informatizadas convertirán en gasto innecesario emplear grandes masas de trabajadores: el genocidio final es cuestión de economía de costos. La Franja de Gaza es el modelo práctico del procedimiento. Eso sí, ningún apóstol de la ecología terminal se anima a predicar con el ejemplo, eliminándose en primer lugar a sí mismo.
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