Aquí les cuento | La cárcel del pueblo (1)
Por Aquiles Silva
Mil corazones para Francis Arguinzones.
11/09/2026.- Era, pues, que el gobernador de esa ciudad, única en el continente, tenía controlada toda la vida de la gente. Nada ocurría en su jurisdicción que no estuviese tasado por su poder y su decisión total. Salvo algunas costumbres y usos tradicionales que formaban parte del derecho natural y consuetudinario de los pueblos.
Desde luego, no podía faltar una cárcel. Y era el establecimiento penitenciario donde purgaban condena todos los transgresores y delincuentes que, por sus delitos o crímenes, no podían circular libremente por las calles y espacios de la ciudad, veredas, caminos y campos.
El gobernador Sam Pulguín Otario logró imponer, con el apoyo de las y los diputados de la Suprema Asamblea, el conjunto de leyes que habrían de regir el orden social e impulsar el progreso de la ciudad-estado.
Pero eso sí: ¡ay de aquel que torciera su conducta hacia el delito o la inobservancia estricta de las normas! Todos tendrían su pena en aquella cárcel inexpugnable, donde serían confinados los delincuentes.
Entre los delitos condenados se encontraban los siguientes, presentados en orden de gravedad con su correspondiente carga punitiva. A saber:
Descripción de los delitos y tiempo de prisión
1. Ensuciar el ambiente, tirando basura y no destinarla al reciclaje o a su lugar de destino final: cinco años.
2. Hacer escándalos en la ciudad, música de mal gusto, gritos, concentraciones públicas, políticas o religiosas o de cualquier otra índole, sin el debido consentimiento de los ancianos y ancianas de la ciudad: seis años.
3. No llevar a los niños a la escuela: ocho años.
4. Maltratar a los niños y niñas: diez años.
5. No contarles cuentos a los niños: doce años.
6. Robar: veinte años.
7. Maltratar a los animales domésticos: diez años.
8. Cazar y enjaular aves y otros animales libres: quince años.
9. Herir con odio o matar a uno o más seres humanos: treinta años.
10. Mentir: cadena perpetua.
La clasificación de los delitos que, desde los diferentes puntos de vista de los ciudadanos parecieran ser justos, sobre todo por el tratamiento social, conducían a la paz y a la convivencia.
Pero es harto conocido que tanto las leyes como las instituciones son el reflejo de los individuos que las direccionan.
El gobernador fue muy severo en la aplicación de todas las normas. Y a los efectos de la cárcel, el alcaide era el más fiel vigilante del cumplimiento de las penas. El establecimiento carcelario gozaba de una terrible fama, debido a que ninguno de los convictos, desde su fundación, medio siglo atrás, había logrado evadirse.
La cárcel era inmensa. Diseñada por un famoso arquitecto salvadoreño. Era un cuadrado perfecto. La estructura de calabozos y espacios administrativos tenía exactamente doce hectáreas. El equivalente a 120.000 metros cuadrados. Toda esa estructura estaba protegida por una fuerte muralla de doce metros de alto y cuatro metros de ancho, hecha de piedra, hierro y cemento.
Además de quinientas hectáreas adicionales, con posibilidades de desarrollar para el cultivo de alimentos y la cría de animales.
Existiendo una ley que garantizaba expresamente a los condenados que todo privado de libertad, sin importar el crimen cometido y la pena asignada (incluyendo el crimen más horrendo, como la mentira), que lograse escapar del establecimiento penitenciario, utilizando su ingenio, y sin que mediase la violencia, por mínima que fuera, y lograra alcanzar trescientos sesenta y cinco metros y siete centímetros de recorrido después de los muros de la cárcel, recibiría la libertad y sería absuelto de todos los cargos imputados, sin poder seguírsele causa alguna por la conducta pasada.
Al interior de la cárcel, los presos tenían la obligación de trabajar para garantizarse el sustento. Aquellos que no realizaban trabajo alguno que les garantizara la alimentación, simplemente no comían. O lo que era peor, tenían que someterse a una dieta de Frutti Lupis y Coca-Cola (alimentos de factura venenosa) que les iba minando la salud y terminaban en el pequeño hospital de la cárcel, ubicado al extremo sur accidental del cuadrado, de donde ninguna persona salía recuperada, ya que estaba atendido por matarifes en lugar de médicos y enfermeros.
Contaba además el reclusorio con una fosa periférica de treinta metros de ancho por doce metros de profundidad. Un puente extensible y retráctil que se instalaba tres veces al día para recibir, en horario fijo, la remesa de condenados que ingresaban a la prisión. La fosa estaba ocupada por caimanes, cocodrilos, pirañas, tiburones, serpientes venenosas, escorpiones y todo tipo de alimañas venenosas, las cuales, cuando no recibían suficiente alimento, armaban una batalla ente ellas y teñían de sangre las turbias aguas del estanque donde habitaban.
La zona más poblada de animales feroces era precisamente la ubicada en el extremo sur occidental de la estructura, por la segura provisión de alimentos que recibían por un ducto desde el interior.
Ya el tribunal, formado por ilustres personajes del pueblo, había condenado al hombre por el delito de hacer fábulas y contar cuentos sobre cosas inverosímiles que distraían a niños y adultos de todos estos pueblos y vecindarios, bajo la jurisdicción del gobernador.
Nery Vega fue conducido a la cárcel con cadenas en las manos, la cintura y los tobillos, fuertemente custodiado por feroces cancerberos. Al llegar, Sam Pulguin Otario descendió de su despacho y lo recibió en persona.
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