Pluma acústica | Cholo Ortiz: Una leyenda caleta en nuestra salsa
Por Kike Gavilán

Cuando José Daniel Ortiz pisó Caracas por primera vez, en 1955, la ciudad olía a modernidad, a aceite de carro nuevo y a cafecito recién colado en pleno centro. Había nacido apenas 18 años antes en Lima, Perú. Por sus rasgos sureños pronto fue bautizado por sus nuevos amigos venezolanos como el “Cholo”. El chamo traía bajo el brazo una formación musical impecable y una habilidad innata para enfrentarse a las teclas con una libertad y sabor que dejaba a más de uno gratamente sorprendido.
No pasó mucho tiempo para que los grandes del patio se dieran cuenta de que este peruano no era un músico cualquiera; el tipo tenía un swing que encajaba perfectamente con la onda afrocaribeña que reinaba en los locales nocturnos de la capital. Caracas ofrecía una extraordinaria escena de clubes de baile, hoteles de lujo y emisoras de radio donde convergían el mambo, el chachachá, el bolero y las primeras expresiones del jazz latino (todavía nadie hablaba de salsa). Cholo Ortiz se adaptó con gran naturalidad a este entorno, destacándose rápidamente en el Nigth Club Pasapoga por su destreza técnica, su afinado sentido armónico y su capacidad para ejecutar los complejos patrones rítmicos del Caribe con un distintivo toque de sofisticación jazzística. Esto le abrió las puertas de la Orquesta Los Peniques y la Orquesta de Arnaldo Nali.
A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, ya con el fenómeno de la salsa encendido, el piano de Cholo Ortiz formó parte de los proyectos discográficos y orquestales más influyentes de la escena salsera venezolana. Sin embargo, ese talento musical que lo poseía le permitió hacer innumerables arreglos para canciones y artistas del folclor criollo. Probablemente el más recordado sea el que le hizo al tema Rosario, del maestro Juan Vicente Torrealba y Ernesto Luís Rodríguez, cuando lo interpretó Héctor Cabrera en el Primer Festival de la Voz de Oro de Venezuela, en 1969, resultando ganador. Sin hablar del disco Perlas Musicales Margariteñas donde, junto al cubano Tata Guerra y la Orquesta Nostalgia Marinera, hace gala de su amplia cultura musical.

Su huella en el sonido venezolano
Esa gran habilidad de Cholo para acariciar las teclas, dirigir y diseñar arreglos, lo llevó a colaborar estrechamente con el legendario percusionista “El Pavo” Frank Hernández en las producciones: Rítmico, de1966; Está en lo bailable, de 1967; En salsa, de 1968 y Su nuevo sonido, de 1969. En estos álbumes, el piano de Cholo dialoga dinámicamente con la percusión vanguardista del Pavo, definiendo los contornos del sonido urbano de la época. Sin embargo, su primera grabación la hizo con el Trío Venezuela en 1965, el disco: Elena.
En 1969, su paso por la mítica agrupación Los Dementes, liderada por el célebre pianista y arreglista venezolano Ray Pérez, consolidó su reptación en la vanguardia salsera. Aunque fue por un breve tiempo, mientras suplía a Pérez en sus funciones, bajo su tutela fue realizada la producción Psiquiátrico Popular, uno de los discos más interesantes en este periodo de Los Dementes.
Su participación en grabaciones salseras venezolanas es vasta. Además de las producciones antes mencionadas, trabajó con Porfi Jiménez, El Trabuco Venezolano, Oscar D’ León y su Salsa Mayor, Don Valentino, Canelita Medina, Federico y su Combo, La Quinta Galaxia y Alberto Naranjo. En la música criolla también colaboró con Los Cuñaos, Chelique Sarabia, José Luis Rodríguez “El Puma” y Mirtha Pérez. En la onda del jazz grabó con Aldemaro Romero, Ramón Carranza, Giselle Brass y Gisela Guédez. No obstante, además de su labor como músico de sesión de lujo, lideró sus propias iniciativas bajo los nombres de Cholo y su Combo y la Orquesta de Cholo Ortiz, donde experimentó con la libertad interpretativa del jazz latino y los ritmos afrocubanos.

Un estilo elegante y autentico
El estilo al piano de Cholo Ortiz se caracterizó por una sobria elegancia técnica. Lejos de los excesos de efectos, su toque le daba prioridad al montuno preciso, la claridad en el fraseo y una profunda comprensión de la síncopa. Como arreglista, entendía a la perfección el rol del piano tanto como instrumento melódico-armónico como de elemento de percusión complementaria dentro de la sección rítmica, y como ejecutante lo ponía en práctica.
Para los músicos de generaciones posteriores, melómanos, investigadores, coleccionistas y DJ de salsa brava, el nombre de Cholo Ortiz brilla con luz propia por su estilo y autenticidad. Su trayectoria refleja la historia de esos grandes artífices sudamericanos que adoptaron a Venezuela como su trinchera creativa, impregnando de sabor cosmopolita el pentagrama popular latinoamericano.
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