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Al derecho y al revés | El remedio y la enfermedad

Por Domingo Alberto Rangel


30/09/2026.- Entre las palabras más usadas, sobre todo si se trata de personas que realmente ignoran el significado o le dan el que les venga en gana, está “transición”.

La palabra significa cambio, como puede ser el de la oruga que se convierte en mariposa durante la “transición”.

Entre los humanos, una transición puede ser la que experimenta quien se gana la lotería mayamera y en un instante “transita” a millonario de dólares.

En política, transición significa cambio, pero se supone que para bien, o al menos para mejorar una situación insoportable, solo que eso de “insoportable” merece ser explicado.

Cuando la humanidad se cansó de sufragar con su trabajo la ostentosa vida de los reyes y su numerosa corte, para quienes en adelante tuvieron que cumplir con el consejo bíblico de “trabajar para vivir”, seguro que se sintieron “insoportablemente” agredidos.

En Venezuela, la palabra viene siendo usada desde que aquel golpista Carmona Estanga ofreció un “gobierno de transición”, hasta nuestros días.

Generalmente, es la oposición nostálgica de prebendas perdidas en este siglo la que utiliza esta expresión sin que quienes la pronuncian se sientan obligados a explicar cuáles son los cambios que ofrecen, más allá de “plomo, palo y patada” para quienes protesten con o sin razón.

Pero ahora estamos en una encrucijada extraña, donde quienes nos invadieron el 3E ofrecen transición, pero el gobierno de Delcy también.

Y dado que no explican, hagámoslo nosotros.

El que ahora un gobierno surgido del chavismo use la palabra transición tiene que ver con feas verrugas que se venían arrastrando y que se deben sacar, también con lo sucedido el 3E.

La corrupción que implica y salpica aparentemente a uno de los jefes de la Pdvsa “roja, rojita” o la del ciudadano El Aisami y otros personajes menores que eran parte del entorno del presidente secuestrado, unida como problema a que el 3E fracasó rotundamente el operativo militar-policial que debió proteger al presidente y a la primera dama, requiere algo más que una simple revisión.

Tras 27 años, corren tiempos de cambios y, como de la noche a la mañana no se podrán materializar tantos cambios, cabe hablar de transición.

¿Transición hacia qué?

En materia de justicia, el país debe ir y rápido hacia una transición que desemboque en que haya tantos tribunales ordinarios —los que usaría el ciudadano común si no parecieran bazares donde todo se vende, y no del TSJ, donde a veces litigan ricos y poderosos— que ninguno tenga más de 200 casos al año. Asimismo, los jueces deben estar bien remunerados y solo se puedan destituir cuando se compruebe su desapego a la ley.

En materia de educación, el país debe transitar hacia donde todos cumplan con la obligación de ser bachilleres y no se sientan menos por carecer de un título universitario, porque hasta ese nivel la educación te hace un ciudadano suficientemente culto en el mundo en que vivimos.

Nada de estar reconstruyendo todos los años las escuelas porque los alumnos se comportan como bestias y eso no les importa ni a los profesores ni a los trabajadores ni a los padres.

Las universidades, después de la transición hacia un país mejor, tienen que ser para los mejores alumnos, que deben ser dotados de lo necesario, no para subsistir, sino para salir adelante sin dificultades materiales.

Todo eso implica tiempo y, sobre todo, hacerlo de abajo hacia arriba.

Políticamente, eso significa poner primero a punto los concejos municipales y alcaldías, luego las gobernaciones y consejos regionales, después la Asamblea Nacional, donde a veces se escuchan intervenciones que dan pena y, al final, con un electorado protegido de la demagogia y la estupidez, que la gente elija a su presidente o presidenta.

¡Lo demás es tomar un remedio peor que la enfermedad!