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BORRAD y nuestra reserva moral: huella imborrable de ese 4 de octubre

Cuando el Comandante llenó las siete avenidas en aquella campaña admirable

El pueblo venezolano acomppañó al Comandante hasta el último minuto de ese día.

04/10/26.- Octubre en Caracas suele oler a tierra mojada, pero desde aquel 4 de octubre la lluvia dejó de ser solo un hecho meteorológico para convertirse en una huella imborrable en la piel colectiva de este país. Han pasado catorce años desde que la capital de la República dejó de medirse por sus límites geográficos y pasó a contarse por la mística de un río humano que desbordó, simultáneamente, siete de sus más grandes arterias viales.

Aquel jueves de 2012 salí tarde de mi casa. El cielo caraqueño ya estaba encapotado, amenazante, a punto de reventar en ese presagio siempre presente del “Cordonazo de San Francisco”, que se anunciaba en el aire denso que se sentía por La Pastora. Las razones lógicas decían que debía resguardarme, pero la lógica no manda cuando el pecho aprieta. Desde ese entonces, cada vez que comienza un mes de octubre recordamos aquel momento, y cuando el cielo comienza a descargar agua, también descarga memoria.

En mi mente solo había una certeza incuestionable: tenía que ir. No podía faltar a ese acto. Algo por dentro, una corazonada honda e impetuosa me decía que tenía que ver al presidente Hugo Chávez en esa tarima. Mi propio corazón se convirtió en un mandato terco que me repetía a mí misma una y otra vez: no faltes, no faltes. “Aunque sea debajo del palo de agua tienes que bajar y verlo, estar presente”, me dije. Y así fue. Bajé. Me abrí paso entre la marea humana hasta encontrar mi lugar en la avenida Urdaneta, contenida entre miles de miradas que compartían exactamente el mismo palpitar. Todos cantábamos lo que llamamos “las canciones de Chávez”.

La geografía urbana de Caracas estaba tomada de punta a punta. No alcanzaba la avenida Bolívar, recortada en el horizonte por la masa que la desbordaba hacia la Urdaneta, la Baralt, la Lecuna, la Universidad, la México y las Fuerzas Armadas. La ciudad entera era un latido sordo, una marejada de hombres y mujeres que sabían, en ese instinto certero que solo tienen los pueblos curtidos en la batalla, que no estábamos asistiendo a un simple cierre de campaña: acudíamos a un pacto de amor, a una cita con la historia que nadie quería perderse.

Chávez siempre decía: "Amor con amor se paga", al referirse al sentimiento mutuo con el pueblo.

Y entonces, San Francisco mandó su aguacero torrencial sobre la garganta del valle. Ese gran palo de agua en esa tarde caraqueña, lejos de disolvernos encendió la mística. El agua no dispersó a nadie; nos amarró más fuerte a la tierra. Todos queríamos ver al Comandante, todos queríamos escuchar su voz, oírlo cantar, y apegados a ese sentimiento colectivo desmesurado e incomparable nos aferramos a ese instante, certeros de estar del lado correcto de la historia.

Desde la calle, entre el chorro de agua que nos nublaba la vista, contemplamos la figura de Hugo Chávez prescindir del paraguas y de la logística protectora, y vimos también el cansancio físico de un cuerpo golpeado por una enfermedad. Con aquella chaqueta oscura en tono gris plomo, casi azul marino, completamente empapada y pegada al cuerpo, el rostro mojado confundiéndose entre la lluvia y las lágrimas de los suyos, el Comandante tomó el micrófono para firmar la proclamación del futuro:

“Nos hemos bañado con el agua bendita del Cordonazo de San Francisco. ¡Llegó la avalancha bolivariana a Caracas! ¡Nosotros estamos resolviendo la vida de la Patria, el futuro de la Patria, el futuro de nuestros hijos! Aquí lo que está en juego es la vida de Venezuela... ¡Chávez no soy yo, Chávez es un pueblo!”, sentenció.

Aquellas palabras retumbaron en medio del trueno y el aguacero como un juramento colectivo. No era una consigna improvisada ni una retórica electoral; era la comunión entre un líder que entregaba sus últimas fuerzas ante el público y un pueblo que abría las manos para recibir la antorcha de la dignidad. Era el dolor físico diluyéndose en el afecto de millones; la vulnerabilidad humana transformada en fuerza telúrica y la certeza proclamada a viva voz de que el proyecto nacional trascendía a un solo hombre.


Chávez siempre Chávez, vive en la memoria colectiva de Venezuela.

Estábamos claros. Ese hombre que teníamos en frente nos estaba dando el mensaje más importante de todos los tiempos: el pueblo salva al pueblo. Aunque en sus ojos y sus gestos apreciábamos, desde la lejanía, que había llegado un tiempo crucial para la patria, ninguno de nosotros, ni nuestros corazones, quería aceptar que las cartas estaban echadas y que de ahí en más el país viviría situaciones muy duras, había que apretar los dientes, empujar juntos y remar contra el viento y la marea.

Hoy, a catorce años de haber estado allí parada en la Urdaneta empapándome hasta los huesos, recordar el 4 de octubre de 2012 no es un ejercicio de nostalgia abstracta. Ese momento histórico inolvidable se mantiene como nuestra más honda reserva moral. Representa la certeza de que cuando las tempestades aprietan y el horizonte se pone oscuro, el pueblo venezolano sabe encontrarse en las calles, mirarse a los ojos y sostenerse sobre la base de la lealtad y la lucha compartida.

En esta Venezuela que ha tenido que aprender a resistir, a batallar y a vencer las más miserables y repugnantes conjuras de guerra mediática, guerra económica, guerra psicológica, guerra moral, guerra cultural, traiciones, asedios, cercos y ser laboratorio de los grandes centros de poder; los ojos de Chávez aún están presente.

Las siete avenidas siguen allí, bajo el mismo cielo caraqueño que de cuando en cuando vuelve a tronar. En nuestras memorias esa tarde permanece intacta, como la lección de que no hay aguacero capaz de apagar la fe de los venezolanos, que decidimos ser dueños de  nuestro propio destino. Y Chávez sigue ahí, entre nosotros, porque las ideas no mueren y los pueblos son sabios.

SABINA DI MURO/CIUDADCCS