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Pluma acústica | La Boda Macabra: oscuridad, poesía y bolero


 Por Kike Gavilán


La música popular latinoamericana está llena de crónicas trágicas, amores imposibles y escenarios lúgubres que han trascendido generaciones. Entre esas joyas destaca La Boda Macabra, mejor conocida como Bodas Negras; una pieza que entrelaza la poesía modernista con el sentimiento del bolero desgarrador. Su letra nació de la pluma del escritor y sacerdote venezolano Carlos Borges, y su inmortalidad en el repertorio tropical llegó gracias a la voz inconfundible del ecuatoriano Julio Jaramillo. Su historia es un recorrido interesante que cruza la autoría disputada, la fascinación de la sociedad del siglo XIX por el morbo y la trasgresión de los límites terrenales a través del romance.

Aunque durante décadas se le atribuyó la autoría del tema al poeta colombiano Julio Flórez, y otras teorías daban por descontado que pertenecía al cancionero popular cubano, la realidad histórica es otra muy distinta. La letra original brotó de la mente de un personaje insólito: el padre Carlos Borges. 

Borges, nació en Caracas el 25 de noviembre de 1867. Fue un tipo polémico. Era un cura poeta, enamoradizo y romántico, hecho que provocó su suspensión sacerdotal en una ocasión, al descubrirse su relación con una dama llamada Lola; misma que se convertiría en la inspiración de muchos de los escritos del “cura poeta”. Fue Secretario Privado de Cipriano Castro durante su gobierno. Tras el derrocamiento de Castro por parte de Gómez, estuvo preso cuatro años por oponerse al golpe de estado. 

Al salir de prisión, fue de inmediato en busca de Lola, enterándose de que ya había muerto. Este hecho lo afectó mucho. Se refugió en el alcohol y las letras. En esos momentos, entre papeles y recuerdos, descubrió que cuando tenía 18 años había escrito unos versos que le habían profetizado el dolor que estaba sintiendo por la muerte de su amada a sus cuarenta y tantos. Y es que siendo apenas un mozalbete había escrito La Boda Macabra, una de las piezas más alucinantes, lúgubres y magnéticas de la cultura literaria hispanoamericana. 

Estética gótica y necrofilia romántica 

“Oye la historia que contóme un día

el viejo enterrador de la comarca:

Era un amante a quien, con saña impía

su dulce novia le robó la parca…”

Con esta jugada clásica de misterio, el narrador se lava las manos y nos echa el cuento de un tipo cuyo gran amor muere. Incapaz de procesar el duelo bajo las normas de la cordura, visita obsesivamente el cementerio todas las noches hasta que cruza la línea definitiva de la locura y la trasgresión: desenterrar el cadáver de su amada.

El clímax de la historia es deliberadamente perturbador pero líricamente embriagador: el protagonista lleva la osamenta a su habitación, la decora con flores, ata los huesos con cintas, corona el cráneo desprovisto de carne, llena de besos aquella boca y celebra una boda tenebrosa antes de acostarse a dormir eternamente abrazado a los restos de su adorada.  

Esta idealización del romance por encima de la putrefacción y la muerte conecta directamente con el estilo de autores universales como Edgar Allan Poe o los poetas malditos franceses. El amor no es vencido por la muerte; por el contrario, la desafía en un acto de posesión absoluta.  

De poesía a bolero

¿Cómo pasó un poema de un cura venezolano a convertirse en un himno fúnebre de las rockolas latinoamericanas? A principios del siglo XX, el compositor y guitarrista cubano Alberto Villalón vistió los versos de Borges con los acordes melancólicos de la música tradicional cubana, transformándolo en un bolero desgarrador y rebautizándolo formalmente como Bodas Negras.

Al convertirse en canción, Bodas Negras encontró su habitad natural en los botiquines, los burdeles y los bares bohemios de la América Latina de mediados del siglo XX. La lentitud rítmica del bolero y las armonías en tonos menores funcionaron como un vehículo perfecto para potenciar la atmosfera lúgubre del texto. 

Pasó por las voces de grandes exponentes de la música criolla antillana como María Teresa Vera y, por supuesto, alcanzó la cima de la fama en la voz de Julio Jaramillo, el Ruiseñor de América, quien con su estilo sentido y bohemio terminó de consagrarla en el inconsciente colectivo de nuestra gente. 

En el pico del Ruiseñor de América

La versión de Bodas Negras del Ruiseñor, fue grabada originalmente en 1955. Sin embargo, en 1976, el sello Disco Fuentes lanzó un disco recopilatorio de éxitos homónimo del oscuro bolero, donde aparece nuevamente, junto a otras piezas de alto calibre como Sigue Mintiendo y Mi Último Ruego.

Julio Jaramillo, también conocido como “JJ”, vivió una vida calcada a los boleros que interpretaba: llena de noches largas, excesos, amores turbulentos, talento desbordado y una idolatría popular impresionante. JJ tenía el don de hacer nuestro cualquier dolor ajeno; cuando interpretaba Bodas Negras, su voz destilaba ese dolor de garganta y alma tan característico de quien ha sufrido un despecho hasta el delirio.

La canción, en su voz, agarra esa misma historia tétrica y la convierte en una tragedia visceral bailable o para tomarse un trago en un bar oscuro. La música añade un tempo de bolero caminado, casi como pasos sigilosos en un cementerio. Donde el poema describe con frialdad literaria, JJ le imprime quejido, haciendo que la demencia del amante no se sienta lejana, sino como un grito desesperado de alguien que prefiere la locura y la muerte antes que desprenderse de su gran amor. 

La Boda Macabra o Bodas Negras va más allá de ser una simple canción tétrica. Es un documento cultural que demuestra cómo el arte hispanoamericano ha convivido de manera natural con el dolor, la muerte y el dramatismo pasional. 

Lo que en manos inexpertas podría haber sido un relato grotesco, se elevó, gracias al genio de Carlos Borges y la sensibilidad de las voces que lo interpretaron, en una ópera prima de la necro poesía. Dejando claro que, para el romanticismo más radical, ni siquiera la tumba es un obstáculo.