Palabr(ar)ota | Saramago íntimo, pero no tanto
Por Cósimo Mandrillo
14/10/2026.- Hay una notable ausencia en La intuición de la isla, la de su autora, Pilar del Río.
Del Río eligió escribir este recuento de la vida de Saramago en la isla de Lanzarote ausentándose ella misma de manera evidente. Habiendo sido la esposa del escritor durante los últimos veintidós años de su vida, y a pesar de describir múltiples eventos familiares, Pilar del Río figura solo tangencialmente en el relato. De hecho, el libro está escrito con una pretensión de objetividad y distanciamiento difíciles de alcanzar incluso para el más ajeno de los biógrafos.
Los lectores que esperaban una visión más íntima de Saramago y de su entorno familiar y afectivo verán escasamente colmado su anhelo.
Si el mercadeo de las editoriales sirve para condicionar al lector, como nos enseñó Roger Chartier, no hay más remedio que reconocer en este caso una notoria contradicción entre destacar la autoría de la viuda de Saramago, de un lado, y que ni la esposa, primero, ni la viuda, después, tengan real figuración en el libro.
Sabemos, por supuesto, que Pilar del Río está agazapada tras ese narrador que cuenta la vida de Saramago. Nos consta también que, a saber por cuál prurito, ha preferido la ilusión de un libro donde se narra la vida del escritor sin la incidencia de una relación familiar. Relación que, muy por el contrario, Saramago se encargaba de destacar con entusiasmo cada vez que tenía oportunidad.
A Pilar, la compañera de vida, solo se alude en tres ocasiones a lo largo del libro, y siempre en la voz del Saramago, no en la de la narradora. Más allá de eso, lo que hay es un continuo ocultamiento que se desenvuelve por medio de variadas estrategias. Al escritor, por ejemplo, se le alude solo con la impersonal secuencia del nombre y el apellido: José Saramago.
A los ocupantes de la casa de Lanzarote, motivo principal de este libro, se les nombra con fórmulas al estilo de "quienes la habitaban" o "los que allí vivían"; y al matrimonio Saramago se le identifica, al enumerar a los asistentes a un evento social, exactamente como eso, "el matrimonio Saramago".
El libro se convierte así en una secuencia de pequeños capítulos en los cuales, entre otras cosas, se describe la casa de Lanzarote, se presenta a los perros que a ella pertenecen o se enumeran las visitas de personajes ilustres, todos amigos del escritor.
Se podría esperar que temas como la instalación en la isla, la salida forzada de Portugal por motivos políticos y, sobre todo, el proceso creativo de Saramago habrían sido narrados desde perspectivas más cálidas, cercanas, o incluso problemáticas, pero no, pensamientos, deseos, frustraciones, silencios, miedos y amores quedan todos fuera del relato.
Como se dijo, la autora opta por una distancia que impide, por ejemplo, el uso del nosotros o cualquier otra manifestación de cercanía, como si temiera opacar con su presencia la centralidad de la figura de Saramago.
Visto desde otra perspectiva, el libro está lleno de información valiosa sobre el escritor. La militancia política de Saramago, miembro del Partido Comunista portugués hasta su muerte, por ejemplo; o su presencia activa en escenarios de crisis política y de represión, como en Chiapas durante el zapatismo o en el Timor de la masacre de Santa Cruz.
Más allá de ingenuidades narrativas, como hacer que sean los perros de la casa quienes relaten el sacudimiento producido por la concesión del Premio Nobel, La intuición de la isla ofrece una perspectiva clara del compromiso político que Saramago mantuvo a lo largo de su vida, demostrado, en su discurso de aceptación del premio del Nobel, con su impulso a la Declaración de obligaciones y deberes del ser humano, con el fin de promover principios de responsabilidad humana compartida. Su participación en esta declaración subraya su visión de la literatura como herramienta de conciencia colectiva.
A pesar de la abundante información sobre la vida y obra de Saramago, en especial de su estadía en Lanzarote, La intuición de la isla no escapa de una notoria frialdad estructural, que privilegia la objetividad biográfica sobre la intimidad entrevista. El resultado es un retrato valioso, pero emocionalmente esquivo, como si la ausencia deliberada de Pilar del Río hubiera congelado también el calor humano del relato.
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