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Aquí les cuento | Campamento 1

Por Aquiles Silva

Siempre el amor del pueblo vencerá el dolor que, compartido, es más llevadero.

Somos alegría que renace.

16/10/2026.- Los gritos se multiplican cuando nos acecha el dolor. En los espacios llenos de las historias en que se transformaron las instituciones —escuelas, estadios, parques y demás— al recibir a los refugiados, surgieron los cuentos que dan pie a narrar, desde el amor, la despedida de los amores que no pudieron seguir acompañándonos.

Los cuentos son infinitos.

I

Cada uno de nosotros tiene algo que contar; para eso nos reunimos todas las tardes en el patio del campamento, a echarnos esos cuentos que nos hagan volar alegres hasta alcanzar, en el ideal de los sueños, ese espacio donde la felicidad no tiene ni principio ni fin, porque simplemente existe —como existimos nosotros— plenamente.

Entre las reglas que nosotros mismos hemos acordado está la de que ninguno de los participantes traiga a la reunión nada que nos retorne a la tristeza.

El segundo acuerdo, por consenso unánime, es que cada uno de los y las integrantes traiga una flor, una fotografía, un dibujo, una prenda de vestir —limpia, desde luego—, un sombrero o cualquier otro elemento perteneciente a la persona o personas que queremos recordar, desde luego, en los territorios infinitos de la alegría.

Esta tarde José Luis trajo el guante de cátcher que utilizó su abuelo cuando jugaba beisbol en el equipo OSP de La Guaira, por allá en los años setenta del siglo pasado.

Nos contó el chamo que su abuelo había jugado esa posición durante doce años y que llegaron a ser campeones doble A. Además, nos mostraba los recortes de Meridiano donde estaba fotografiado con su uniforme y su bate 35 al hombro, porque el abuelo había quedado champion bate al menos en tres oportunidades.

"Al abuelo le decían Lucho Mayora, aunque se llamaba Luis. A mí me lo pusieron de segundo nombre en su honor. Cuando el abuelo me contaba sus hazañas deportivas, yo las veía muy claras. En mi cabeza sonaban los ganchos de los “espaiks” (así se llamaban los zapatos de jugar pelota) cuando corría las bases, y los gritos y los aplausos de los fanáticos que tomaban cerveza en las tribunas del César Nieves de Catia La Mar y en el estadio El Pavero de Macuto".

José Luis cubrió su rostro con la “mascota” y respiró profundamente el olor del cuero curtido. La levantó sobre su cabeza, mientras los niños gritaban a coro y aplaudían: "¡Lucho, Lucho, Luuucho!".

II

—Yo soy Arelis, de Playa Verde. Tengo once años. Vine a enseñarles mi muñeca.

Cuando empezó aquello, salimos corriendo de la casa. Se cayó una lámina del techo mientras todo se movía. Con mi mamá y mis dos hermanitos pequeños nos fuimos a la playa. La cara de la gente se veía triste por allá, excepto la de mi primera muñeca de trapo, que es una negrita de La Sabana que tiene por nombre Hilaria, como mi abuela. A ella le gusta el majarete, la conserva de coco y bailar tambor en la playa.

Ahora las amiguitas que he conocido en el campamento juegan con ella y le han puesto un apodo: la llaman Hilary. ¡Yo no me molesto! Total, es una muñeca y a ella al parecer tampoco le incomoda. Miren su cara: en su rostro permanece la sonrisa y eso indica que es feliz. ¡Igual que yo, que me alegro mucho con el cariño que ustedes nos brindan!

III

—Yo soy Tiago. Mi papá tiene una licorería allá abajo en la playa. Él se llama Santiago, pero a mí me puso este nombre porque seguro estoy de que fue por un jugador de fútbol brasileño que se llama así. Aunque ya debe estar viejito y yo apenas tengo diez años, que los cumplí el mismo día: el 24 de junio. Por cierto, fue el Día de la Batalla de Carabobo y de San Juan. Eso lo sé porque toda la semana anterior estuvimos haciendo carteleras en la escuela y las maestras nos hablaron de aquel suceso histórico, y desde la tarde anterior, aquí en La Guaira, se escuchaban aquellos tambores sonando por toda la costa: Naiguatá, La Sabana, Osma, Caruao... y del otro lado, en Chichiriviche y dele pa'llá...

Ah, y también ese fue el día de... ¡Bueno!

La torta se quedó en el horno; menos mal que ya estaba cocida y aún se estaba enfriando.

El sueño mío es entrar a la Vinotinto, pero para eso hay que entrenar todos los días. Por esa razón es que estoy pendiente de que los profes terminen de organizar el campamento para sacar los equipos y empezar a jugar un campeonato, sobre todo ahora que ya terminó el Mundial y que nosotros empezamos a reconstruir nuestro mundo. Lo hacemos con la energía que tenemos los venezolanos, quienes hemos demostrado que siempre salimos adelante con alegría, entusiasmo y mucho amor por todos.

Mi papá Santiago de seguro estará orgulloso de mí cuando me vea en la tele cantando el Gloria al bravo pueblo.

¡Miren que se me pone la piel de gallina!