Templanza económica | Desdolarizar
Por Marcial Arenas
18/10/2026.- La desdolarización es el proceso de abandono deliberado de la moneda estadounidense como modo de pago transfronterizo o como reserva de divisas. No se trata aún de una ruptura abrupta ni de su proscripción formal. Es, más bien, la transición hacia un sistema multi divisas, donde las monedas locales, los acuerdos bilaterales de pago y la infraestructura financiera alternativa, como el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos (CIPS), las nuevas instituciones financieras como el Nuevo Banco de Desarrollo del BRICS y recursos de pago alternativos como los cripto-activos, ganan terreno como opciones viables al decadente monopolio del dólar. Es, en esencia, una estrategia de reducción de vulnerabilidades: buscando disminuir la exposición a las presiones cambiarias, a las sanciones financieras y a los ciclos monetarios de la Reserva Federal que impactan desproporcionadamente a las economías emergentes.
La presidenta Delcy Rodríguez, descartó la posibilidad de dolarizar la economía, ratificando el fortalecimiento del bolívar como eje fundamental del crecimiento productivo, además de ser una vía que no resuelve los desequilibrios financieros del país. Es un categórico y elegante cierre del fatuo debate introducido por politiqueros y economistas que se esconden bajo la bandera del combate a la inflación, precisamente acelerada por los llamados de ellos mismos al ahorcamiento de nuestras fuentes de divisas.
La afirmación de la presidenta es correcta y oportuna. Las recetas monetaristas, de cortísimo plazo para su adopción, con consecuencias de largo plazo, son inocuas ante casi cien años de distorsiones estructurales de nuestra economía. La dolarización, es presentada como un atajo hacia la supuesta reducción instantánea del síntoma más evidente de esas distorsiones, la inflación, asumiendo un diagnóstico erróneo sobre sus verdaderas causas. El inmediatismo parece impedir la medición sosegada del costo de renunciar a la moneda propia en detrimento de una herramienta fundamental para el desarrollo del país.
Otro elemento estructural menos discutido, pero más determinante es la relación entre el dólar y el petróleo como uno de los pilares del sistema monetario internacional contemporáneo. Tras el abandono del patrón oro en 1971, el dólar quedó sin un ancla tangible que sustentara su demanda global. El vacío se llenó con un arreglo funcional alcanzado en 1974 entre Estados Unidos y Arabia Saudita, posteriormente extendido al resto de la OPEP: el petróleo se cotizaría y liquidaría mayoritariamente en dólares, y los excedentes de esas ventas se reciclarían en activos financieros estadounidenses, principalmente bonos del Tesoro. Este circuito, conocido como el sistema del petrodólar, creó una demanda estructural de la divisa estadounidense: todo país que necesite energía debe obtener primero dólares para acceder al mercado petrolero global. No se trata de un respaldo en el sentido clásico del patrón oro, porque no hay promesa de conversión ni límite físico a la emisión, pero se asemeja debido a la demanda sostenida por el recurso energético, la infraestructura financiera y la imposición militar. La fortaleza del esquema reside en la inercia del sistema; pero su fragilidad emerge cuando el componente geopolítico de ese pacto pierde credibilidad por el abuso de las sanciones unilaterales, por lo cual el costo de permanecer dentro del circuito supera el beneficio de explorar alternativas.
Venezuela, como país petrolero, ha estado históricamente atrapada en esta lógica, pero he allí una importante razón para evitar la dolarización: siendo nuestra principal fuente de divisas el commoditie que ancla la demanda global por el dólar, entonces esa demanda es lo que añade una capa de fortaleza a cualquier estrategia de fortalecimiento del bolívar, sea por vía monetaria o productiva. Pero que no deja dudas: si el respaldo del dólar es la demanda de energía y Venezuela cuenta con reservas energéticas y mineras suficientes para suplir la demanda global de esos recursos, no necesita tomar la divisa extraña como su signo de curso legal. Debe, en cambio, fortalecer su propio signo monetario con base en la fortaleza usurpada por el dólar.
Pero la miopía estratégica de los proponentes del debate, en mi opinión estéril, están en un diagnóstico errado de las causas del aumento generalizado de precios que no se encuentran en los desequilibrios monetaristas tradicionales. En Venezuela actualmente el crecimiento de la liquidez no es la causa, sino consecuencia de la necesidad creciente de bolívares que sigue a cada incremento del valor de la divisa. Es al revés, la liquidez persigue las subidas del tipo de cambio. Tampoco es cierto que el déficit fiscal sea otro causante. Este gobierno ha adoptado una disciplina fiscal férrea y ha logrado disminuir significativamente los niveles dispendiosos acostumbrados en un país de altos ingresos fiscales que están secuestrados por efecto de medidas coercitivas unilaterales, el sobrecumplimiento de la banca internacional y el congelamiento directo de nuestros activos en el exterior.
De modo que los desequilibrios macroeconómicos actuales no tienen una razón monetaria, sino que se originan en la ausencia de producción local, en la esfera real de la economía propiamente dicho. Lo cual no es percibido por los agoreros de la adopción del dólar. Posiblemente sus análisis están obnubilados por el llamado efecto pass-through o traspaso cambiario que ejerce su influencia sobre el nivel general de precios. Esto es, el comportamiento del tipo de cambio afecta a una buena parte de los bienes que necesitamos para la reproducción de la vida social porque se deben importar. Además, los componentes no importados de los bienes y servicios se contagian de este fenómeno por acción especulativa y el descontrol en los precios se completa con la llamada inflación autoconstruída. Está última surge de la anticipación de los aumentos que se asume van a ocurrir. Entonces, cualquier variación en el tipo de cambio impacta la estructura de costos de los bienes y servicios y se propaga por anticipación y especulación. Esto aumenta la necesidad de bolívares para obtener las divisas de reposición de los inventarios del siguiente ciclo productivo. Es la concreción pura y simple del círculo vicioso del rentismo.
Por lo tanto, la solución al desequilibrio cambiario y su trasmisión al índice de precios no está solo en la esfera monetaria, sino en la introducción de cambios estructurales profundos, sin prisa, pero sin pausa, que aseguren la diversificación industrial y la reducción de la dependencia de las exportaciones petroleras y mineras como única fuente de divisas.
Paradójicamente el antecedente fundamental de la alta dependencia de las importaciones, se encuentra inscrito en la historiografía económica venezolana como consecuencia del llamado "debate cambiario de 1934", resuelto a favor de la burguesía importadora-financiera con el "Acuerdo Tinoco". Se revaluó el bolívar en un 100%, se institucionalizó la adopción de un sistema de cambios múltiples y acarreó los diferenciales generados en ese mecanismo concebido para subsidiar a los sectores económicos desplazados. En una especie de pecado original, la revaluación deliberada del bolívar, la adopción de tasas de cambio diferenciadas aplicadas para la exportación del café, el cacao y el petróleo, generó un esquema de reparto abiertamente desigual. Un tercio de las divisas provenientes de la exportación petrolera pasó al fisco y dos tercios fueron gerenciados por el oligopolio emisor de la banca privada antes de la creación del BCV.
Ese esquema suscrito en la dictadura gomecista, se institucionalizó en el gobierno de López Contreras y ha permanecido incólume en toda la extensión de su enunciación distributiva. Pero el inmenso impacto estructural, causado desde la esfera cambiaria, abrió la puerta a la transición de la Venezuela basada en una economía agraria al actual corolario de una economía petrolera. Fue la inhibición deliberada del florecimiento de cualquier otro sector distinto al del petróleo. Sostenido en ingresos fiscales altos, aunque fluctuantes, dependientes de la renta petrolera que se caracteriza por una elevadísima productividad que premeditadamente se destinó en el esquema Tinoco a subsidiar los sectores que estaba desplazando.
Ese pacto tiene una vigencia pasmosa, pero sofisticadamente oculta en el ejercicio por parte del BCV de su papel de arbitraje monetario y cambiario, quien centraliza el ingreso del 100% de las divisas por exportación, para luego verter esos ingresos al sistema financiero, de acuerdo a los requerimientos de los factores de la economía: por motivos transaccionales, de reserva de valor y fines especulativos. El velo desarrollista que acompaña al inmenso poder distributivo que adquiere el nuevo estado petrolero venezolano, generado en tal magnitud de ingresos fiscales que la política cambiaria solapada en la ilusión modernizadora de la transición de un país rural, "atrasado", con una población famélica, a un país moderno caracterizado por faraónicas obras de infraestructura, ocultó la consolidación de las taras estructurales de la monoproducción petrolera.
Entonces, la solución a la inflación venezolana es productiva y no monetaria. El verdadero equilibrio del mercado cambiario depende de variables reales, como el aumento de la oferta de divisas mediante exportación de otros rubros, la consecuente sustitución de importaciones, estimulando la producción nacional, lo cual reduce la necesidad de divisas para comprar bienes básicos afuera.
De modo que el fortalecimiento del Bolívar, basado en la capacidad del país para suplir de recursos al planeta entero, cual es el mismo sueño del Libertador, hace imprudente cualquier atisbo de renuncia a su fortalecimiento. Como han dicho otros por allí: la divisa verde traería consigo males adicionales como su propia inflación y el riesgo de decadencia que paulatinamente se observa en el síntoma llamado desdolarización del comercio mundial. En tal caso, también se ha dicho que una opción, ante una necesaria integración, sería la posibilidad de la creación de una moneda subregional, enmarcada en la elevada posibilidad de convergencia económica regional ampliamente analizada en la literatura económica.
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