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Aquí les cuento | Campamento 1 (y 3)

Por Aquiles Silva

El supremacismo impuesto por las armas no podrá contener la avalancha de los pueblos que sueñan y luchan por la paz.

30/10/2026.-

VI

Ahora me toca a mí. Yo he estado escuchando y observando todo lo que han venido contando. Sepan ustedes que estoy emocionado, y cuanto han expresado lo he recibido tan adentro y comprendido todo que hasta pareciera que ustedes y yo viviéramos en el mismo edificio o acudiéramos a la misma escuela.

¡Ah, primero les diré mi nombre! Soy Julio César Brito Silva y vivo en La Guaira. ¡Y miren lo que tengo aquí! En esta bolsa traigo un cuadro con la foto más hermosa que le hayan tomado a un miembro de mi familia. La tengo cubierta con una franela para que no se le rompa el vidrio que la protege.

Mi abuela se llama Ligia. Ella es una mujer extraordinaria, y estoy seguro de que las abuelas de ustedes también lo son.

Mi abuela es una mujer muy preparada. Fue maestra desde muy joven y toda su carrera la hizo aquí en La Guaira, en la escuela República de Panamá, la misma donde estudió primaria.

También mi mamá estudió en la Panamá, y yo estoy ahorita cursando el quinto grado. ¿A que no adivinan en qué escuela estudio? ¡Claaaaro! ¿Dónde más?

La abuela se jubiló cuando tenía 55 años, pero siguió enseñando en la casa a los hijos de los vecinos que le solicitaban que se los ayudara en lo que llaman tareas dirigidas.

Es que la abuela no se cansa, y así permaneció todos estos años.

Siempre salía favorecido de sus conocimientos, pues la tenía en la casa. Y además de enseñarme la lectura, las matemáticas y orientarme en todo lo necesario para que yo "aprendiera a aprender", me contaba cuentos tan extraordinarios que ni a la tele le hacía caso.

¡Ah, no les dije al principio!

Mi abuela, cuando tenía unos setenta años, tuvo un accidente que le impidió volver a caminar. Entonces la tuvimos en su silla de ruedas.

A mí me gustaba pasearla los fines de semana por el largo malecón de La Guaira, y en la casa también, sobre todo en las tardes, cuando aprovechábamos que mamá no estaba. Entonces los vecinos se asustaban, porque la escuchaban riendo a carcajadas.

La razón era que yo apartaba los muebles y las sillas del comedor y convertíamos la sala, el balcón y la cocina en una pista de Fórmula Uno, donde yo era el motor y la abuela la piloto, o pilota, como se dice ahora. Ella no paraba de reír, y el juego terminaba cuando mamá aparecía o yo me sudaba de tanto correr.

Después, la llevaba hasta el balcón, como cada tarde, y la acompañaba a contemplar la puesta del sol, desde el quinto piso de nuestro apartamento, que daba al mar.

Cuando mamá regresaba, mi abuela advertía: "¡Chito!". Nadie decía nada. Todo en orden... ¡Yo creo que mi abuelita Ligia era candela cuando estaba pequeña!

En la casa, somos seis: mis dos hermanos mayores, mi hermanita, mi abuela, mi madre y Julito. ¡Ese soy yo! ¡El más pequeño de la casa! ¡El mingón de mi abuela Ligia! ¡No te llevo nada, papá! Los grandes están casados y viven en otras ciudades, pero, bueno... vine a contarles de mi abuela.

¡Era tan hermosa! En la sala de la casa permanecía su retrato. La abuela tendría veinte años y estaba vestida de novia. ¡Ya ustedes se imaginarán!

Cuando llegaba visita a la casa, de familiares, tíos, primos o amigos, que sacaban sus teléfonos para hacerle fotos a la abuela, ella se negaba y les decía:

—¡Quien quiera una foto mía, para tenerla como un bonito recuerdo, vaya a la sala! ¡Ahí estoy yo!

Y no se dejaba hacer fotos.

Yo llegué a la conclusión de que mi abuela Ligia nunca quiso pasar de los veinte años.

Ese retrato, en blanco y negro, estaba colocado en la vitrina de la sala, a la altura de mi cabeza.

Cada día, cuando llegaba de la escuela, con lo primero que me encontraba era con esa carita bonita y con los ojazos negros de mi abue...

A esa hora, estaba en casa con la abuela, ya que mi madre había salido a la panadería con Lucero, mi hermanita pequeña.

Mi abuela me estaba contando el episodio de cuando conoció al abuelo, quien era maquinista de un barco carbonero, venido de un puerto lejano.

De repente, todo empezó a moverse.

—¡Abuela! —grité—. ¿Qué pasa?

—¡Corre, Julito! ¡Corre!

—¡Abuelitaaa! —grité de nuevo.

Ella respondió:

—¡Corre, mi amor! ¡Yo siempre estaré contigo!

No pude bajarla conmigo. Arranqué a correr.

Cuando, en tres pasos, crucé por la sala hacia la puerta, el retrato de la abuela se desprendió de la vitrina y lo agarré en el aire. Dando tumbos, bajé por las escaleras.

Al llegar a la calle, con el cabello lleno de polvo, los vecinos me agarraron y me llevaron corriendo hasta la playa, donde había mucha gente, entre ellos mi mamá, mi hermanita y mis compañeritos de la escuela.

Después nos trajeron aquí. ¡Por allá está mi mamá con mi hermanita Lucero! ¡Y aquí está mi abuela Ligia! ¡Mírenla! ¿Verdad que es bonita?