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Templanza económica | Indexación


                                                      Por Marcial Arenas


31/10/2026.- Se está indexando el ingreso mínimo integral, simultáneamente con minidevaluaciones sucesivas (crawling peg), lo que viene generando un movimiento compensatorio asimétrico. La asimetría opera entre los componentes del Producto Interno Bruto (PIB): mientras la masa salarial se ajusta con rezago y de forma parcial, el excedente de explotación y la diferencia entre impuestos y subsidios se recomponen con mayor velocidad. El gran comerciante y el importador resguardan mejor el excedente de explotación. El papel protagónico lo tiene la política de pequeñas correcciones del tipo de cambio, adoptada desde la implementación del programa de ajustes macroeconómicos en el último cuatrimestre de 2018.

El programa heterodoxo antiinflacionario comenzó a rendir frutos sustantivos cuando se superó el ciclo inflacionario de dos dígitos y la economía entró en una senda de crecimiento positivo ininterrumpida desde 2021, medida por el PIB. Los equilibrios macroeconómicos se han ido ajustando, pero persisten vulnerabilidades estructurales en el modelo surgido tras un largo período de sanciones y la crisis del covid-19. Arraigado en una dependencia histórica del ingreso petrolero y sus vaivenes desde 1974, el ciclo inflacionario solo ha tenido treguas cuando los ingresos por exportaciones muestran superávit. Además, por primera vez en un siglo de economía petrolera, Venezuela no disfruta plenamente de un "boom" de precios del crudo, condicionado por el impacto geopolítico en los mercados energéticos globales. Los ingresos incrementales y recurrentes continúan confinados bajo esquemas de restricción financiera internacional.

La crisis global de la remuneración al trabajo 

Antes de examinar los shocks recientes, conviene insertar el caso venezolano en una tendencia global. La remuneración al trabajo atraviesa una crisis de recomposición que no es exclusiva del país. El componente diferido del salario, las prestaciones sociales que el trabajador percibe al final de la vida laboral o al retiro, se financia en esquemas de reparto con los aportes de los trabajadores del momento del pago. Ese diferimiento se ve afectado por la composición regresiva de la base de contribución, presionada por los cambios en la pirámide demográfica: hay menos aportantes activos por cada beneficiario. A ello se suma la ley de la tasa decreciente de la ganancia, registrada como excedente de explotación en la contabilidad social, que reduce el componente salarial.

Un tercer factor agrava el cuadro: la informalidad. Es un fenómeno general en el mundo y crece en las crisis, cuando el empleo formal se contrae y el autoempleo absorbe la fuerza de trabajo excedente. El trabajador informal no acumula remuneración futura al retiro, de modo que la crisis del componente diferido no se explica solo por la incapacidad de financiarlo, sino también por la ampliación del universo de trabajadores que no ingresan al esquema. De allí proviene el auge global del pago de la porción corriente mediante los llamados bonos sin incidencia en las prestaciones: se remunera hoy sin acumular derechos futuros. El resultado es una transferencia intergeneracional regresiva que erosiona la curva de ingresos por dos vías simultáneas: el ingreso disponible presente y la expectativa de retiro. En Venezuela, la indexación del ingreso mínimo integral y el recurso de bonos sin incidencia reproducen ese patrón: se prioriza la porción corriente del salario y se difiere el derecho futuro, de modo que la retribución laboral compensa esa pérdida mediante la indexación comentada.


Tres shocks

El aparato interno y las fuerzas productivas muestran la necesidad de un estímulo para mantener el ritmo de crecimiento. Esto es, se aprecia un tope que explica la alta incidencia en el índice de precios de tres shocks externos recientes. El primero fue el despliegue, frente a nuestras costas, de la "más grande flota jamás apostada en el Caribe", según el presidente Trump, y los subsiguientes bombardeos a lanchas de pescadores: el bloqueo de las flotas petroleras afectó la venta de crudos y los bombardeos interrumpieron por meses la actividad económica interna. El segundo, la invasión del 3 de enero de 2026, que derivó en el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores. El tercero, el doble terremoto del 24 de junio, cuya paralización subsecuente afectó los precios por defecto. Superados estos tres eventos, el comportamiento de los precios, muy influido por la dinámica del tipo de cambio, ha tendido a moderarse, aunque el fenómeno persiste. La inflación está contenida de manera frágil y se mueve al ritmo de un mecanismo de indexación que ha mantenido controlada la relación entre ingresos y precios, aunque de forma asimétrica. 


La cuestión inflacionaria

El punto de equilibrio del mercado cambiario se encuentra en un nivel muy elevado. Somos un país estructuralmente acostumbrado a demandar 50 mil millones de dólares al año por motivos transaccionales (importaciones), de precaución (reserva de valor) y especulativos (mercado paralelo). Pero los ingresos por exportación de petróleo y derivados cayeron desde 2014, cuando se emitió la orden ejecutiva de la administración Obama, situación agudizada cuando se destinaron nuestros ingresos por exportación petrolera a cuentas del Tesoro de Estados Unidos mediante mandatos ejecutivos restrictivos. Aun con estas limitaciones estructurales, se pretende sostener un nivel de gasto y consumo cotidiano propio de épocas en las que se percibían mayores ingresos por venta de crudo.

Se ha demostrado estadísticamente que existe una correlación muy alta entre el comportamiento del tipo de cambio y el Índice de Precios al Consumidor: a cada subida porcentual del tipo de cambio le corresponde un movimiento en la misma dirección en el nivel general de precios. Ese vínculo se conoce como traspaso cambiario (pass-through), y su intensidad es decisiva para entender lo que ocurre. En Venezuela, el traspaso es alto y, sobre todo, asimétrico: se transmite con rapidez y de forma casi completa a los bienes transables y a las expectativas del comerciante, mientras la indexación llega con lentitud y de forma parcial a la masa salarial. El comerciante ajusta precios anticipando la devaluación; el ingreso integral se ajusta después. Esa asimetría es, precisamente, la que produce el movimiento leve de la curva de ingresos y la que explica por qué una inflación contenida puede convivir con una pérdida moderada de poder adquisitivo. La indexación del ingreso mínimo integral opera, en ese contexto, como un ancla parcial: corrige el ingreso mínimo nominal sin alterar la asimetría con el excedente de explotación.

Las dos únicas maneras de cerrar esta brecha, dado el sistema de mesas de cambio bancarias, pasan por aumentar el ingreso orgánico en divisas a la velocidad con que crece la demanda, o por moderar las importaciones y las expectativas de especulación y reserva de valor.

Sin embargo, la realidad económica apunta en sentido contrario al indexar componentes generalizados como tarifas y bonos, mientras se otorga flexibilidad en la fijación de precios de bienes esenciales.

A esto se suman dos factores que ensanchan el nivel de precios: la inflación autoconstruida y la inflación inercial. Son incentivos racionales derivados de la conducta del comerciante que anticipa un incremento cambiario y ajusta preventivamente sus precios por encima del costo real de reposición, a pesar de que el costo de los productos se fijan mayoritariamente en divisas. 

He allí la cuestión inflacionaria y los recientes rebrotes que nos devuelven eventualmente a umbrales de tres dígitos, a propósito del reciente acuerdo de políticas macroeconómicas, cuyo objetivo principal es disminuir la presión cambiaria generada por las expectativas de mayores ingresos externos.



Marcial Arenas