Tejer la palabra | «Luna de agua», en el sustrato del cuerpo
El cuerpo como territorio, espacio-materia de una travesía punzada y nombrada ̶ sin atajos metafóricos ̶ por la enfermedad, constituye el mundo poético de Ana Felicia Núñez Orellana en su libro Luna de agua (2024), Maracaibo: Editorial Urgente. Colección La Cigarra.
Si bien es, indudablemente, el cuerpo físico el lugar desde donde nos habla la poeta, se produce otra remoción a la propia e inevitable signada por esta «dura desviación de [su] destino» (p. 21), que es la elevada y, claro, la más significativa. Esta otra remoción, este otro movimiento que se da, diríamos, en el sustrato del cuerpo, es elevada porque es poesía que nace, como el árbol, «dotada de impulso vertical», tal como nos lo señala Dulce María Loynaz . Es decir, corpus que trasciende la sustancia dolorosa de la que está hecha para ascender con el vigor de una verdad más allá de lo finito.
(…)
Quiero admirar ahora
lo efímero y trascendental
que son los abrazos
los besos
las caricias
las noches en vela
las primeras veces
los primeros pasos
el alumbramiento
Mientras quede un atisbo de mí
seguiré aquí
anclada a la tierra
floreciendo
Porque la palabra de Ana Núñez está encarnada en este territorio que es su cuerpo, y porque de este escarbar extrae lo que de sí redescubre, poniendo resuelta su composición en presente frente a la adversidad, en un movimiento transformador, nos parece que estamos ante una «escritura geológica», noción que trabaja Cristina Rivera Garza en un sentido desedimentativo del tiempo, lo que en Luna de agua se traduce en una desedimentación del tiempo-cuerpo para develar un tejido de su ser ahora más complejo y profundo.
Busco una voz que te nombre
que se parezca a esto que soy
y que aún no alcanzo a describir
Es raro sentir que por fin me conozco
(…) y del dolor no sé qué decir
se va como desdibujando (p. 38).
Una geología escritural, pues, que emerge con ese impulso vertical hacia la luz, en versos directos y sencillos, y ahí su mayor fuerza y belleza, para el logro de la transmutación, del viraje que da al traste con la fatalidad y se abre paso a lo vívido, a la gallardía de un cuerpo donde la poeta funda su palabra, «con sangre y con espíritu» nos dice Loynaz, y nace.
Estoy conforme
con mi ser radical
y puro
jamás pedí clemencia
vivo y río a carcajadas
canto y bailo
crío con amor
tomé mientras pude
como acto celebratorio
de la amistad
nervio abierto
plexo
dame más humildad
más
yo puedo
todavía me faltan palabras
que masticar
hasta que no me trague la última
no me sueltes (p. 50).
Ana Felicia Núñez Orellana (Barquisimeto, Lara). Profesora de Lengua y Literatura de la Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt. Licenciada en Letras y Magíster en Literatura Venezolana por la Universidad del Zulia. Ha publicado los poemarios Breves de la memoria (2018) y Variaciones de un estado del alma (2022). Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2017, mención ensayo, con el libro Maracaibo literaria y sentimental, publicado por Fundarte. Ha impulsado proyectos de formación en las áreas de lectura, escritura y comunicación.
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