Lecciones mundiales | ¿De cuál soberanía tecnológica se trata?
Por Rodulfo H. Pérez Hernández
07/11/2026.- La discusión sobre la independencia tecnológica y la soberanía tecnológica debe situarse en el contexto de los vínculos históricos de explotación y dependencia que han condicionado el desarrollo de los pueblos de América Latina y el Caribe. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, nuestra región asimiló la categoría soberanía tecnológica sobre la base de la lógica de dependencia que ha caracterizado las relaciones que se nos han impuesto y que han conducido a privilegiar nuestra condición de proveedora de materias primas, recursos naturales, fuerza de trabajo y capitales, mientras los centros dominantes aglomeran buena parte de las capacidades financieras, industriales, científicas y tecnológicas.
Esta organización desigual y desequilibrada de la producción y del intercambio ha permitido la transferencia de riqueza y valor desde nuestras economías hacia los centros de acumulación del capital. Por consiguiente, la dependencia tecnológica no constituye un problema aislado de insuficiencia industrial o científica, sino una expresión de las relaciones de explotación del capital sobre el trabajo y de los países que reúnen poder financiero, económico, político y militar sobre los Estados con debilidades estructurales derivadas de esa vinculación.
La teoría de la dependencia, particularmente los aportes de Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos y Vânia Bambirra, permite comprender esta relación a partir de la superexplotación del trabajo, la transferencia de valor y la subordinación de las economías periféricas. Los estudios contemporáneos sobre dependencia tecnológica confirman la importancia de examinar la desigual distribución internacional de las capacidades de producción científica y tecnológica y su vinculación con la reproducción del capitalismo dependiente.
En este marco se comprende el surgimiento de la categoría independencia tecnológica durante la posguerra y su vinculación con las políticas desarrollistas, la industrialización por sustitución de importaciones y la planificación económica. La Comisión Económica para América Latina y autores destacados como Raúl Prebisch y Celso Furtado fundamentaron la necesidad de transformar las estructuras productivas latinoamericanas en el marco de la expansión capitalista posterior a 1945, haciéndose eco en la región de los planteamientos keynesianos. Por su parte, Jorge Alberto Sábato, Natalio Botana, Amílcar Herrera y Oscar Varsavsky profundizaron la discusión sobre la relación entre ciencia, tecnología, Estado y el sensible tema del desarrollo. Estos aportes permitieron reconocer que la industrialización y la formación de capacidades científicas nacionales eran condiciones necesarias para enfrentar la dependencia.
Sin embargo, la experiencia histórica demostró que era posible impulsar las industrias nacionales, instalar centros de investigación y formar profesionales sin modificar las relaciones de propiedad, explotación y apropiación que reproducían la subordinación económica y, además, hacerlo dentro de las necesidades que los reacomodos de los procesos de circulación y acumulación del capital exigían en su momento. La producción de tecnología dentro de las fronteras nacionales no garantizaba que sus resultados fueran controlados por la sociedad ni que respondieran a sus necesidades. De allí que la independencia tecnológica, aun siendo una aspiración legítima de los proyectos nacionales de desarrollo, no resolviera por sí misma las contradicciones estructurales de la dependencia; por el contrario, demostró que incluso el propio capital financiero necesita de avances particulares que tributen a los procesos globales controlados por sus lógicas de explotación.
En Venezuela, la experiencia del proceso bolivariano, encabezado por el presidente Hugo Chávez, incorporó nuevas dimensiones a esta discusión. El desarrollo endógeno, la economía social, las cooperativas, los núcleos de desarrollo endógeno, las políticas de formación para el trabajo y otras formas de organización de la producción, de propiedad, organización del mercado y distribución de lo producido plantearon la necesidad de transformar la estructura rentista y fortalecer las capacidades productivas desde las comunidades y los territorios.
La Constitución de 1999, la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, la Misión Ciencia y el Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2005-2030 expresaron la intención de vincular la producción de conocimientos con las necesidades nacionales, la inclusión social y la construcción de un modelo de desarrollo endógeno. Sin embargo, es necesario precisar que este, en su formulación original, no constituye una teoría orientada a superar el capitalismo, sino una corriente del pensamiento desarrollista que busca explicar y promover el crecimiento económico a partir de las capacidades productivas, los recursos, las instituciones y las potencialidades de cada territorio. Su propósito es fortalecer los procesos locales de acumulación, innovación, productividad y competitividad, sin que ello implique necesariamente transformar las relaciones capitalistas de producción ni superar la lógica de acumulación del capital. Uno de sus principales sistematizadores es el economista español Antonio Vázquez-Barquero, quien propuso esta perspectiva desde la década de 1980.
En Venezuela, el concepto fue asumido a partir de 2003 por el proyecto bolivariano y adquirió una orientación política particular, vinculada a la economía popular, la organización comunitaria, las cooperativas y la participación del Estado. En esa elaboración destacó Carlos Lanz Rodríguez, quien contribuyó a formular y promover una interpretación del desarrollo endógeno vinculada a la transformación social y a las iniciativas productivas populares, en el marco de las políticas impulsadas por el comandante Hugo Chávez.
Esta construcción venezolana introdujo propósitos que no estaban necesariamente presentes en la formulación económica original, aunque no eliminó por sí misma las contradicciones propias del desarrollismo ni garantizó la superación de las relaciones de dependencia. Por ello, es necesario distinguir entre el desarrollo endógeno como teoría económica, su apropiación como política pública y el proyecto de transformación estructural de las relaciones sociales de producción. La modificación de las estructuras productivas y la superación de la dependencia tecnológica requieren procesos históricos sostenidos que no se alcanzan solo mediante el reconocimiento institucional, la creación de capacidades locales o la promoción de nuevas formas de organización productiva.
Desde una perspectiva sociohistórica y crítica, la soberanía tecnológica no puede constituir un objetivo separado de la transformación de la sociedad. Su realización exige superar las relaciones de explotación del trabajo y las formas de apropiación privada, que subordinan el conocimiento, la investigación y las capacidades productivas a la acumulación del capital. Supone también transformar la división internacional del trabajo en cuanto estructura jerárquica, que reserva a nuestros países posiciones subordinadas en la producción mundial, limita el despliegue de sus capacidades científicas y facilita la transferencia de recursos, riqueza y valor hacia los centros económicos dominantes. Se trata de construir relaciones internacionales basadas en la igualdad, la cooperación, la complementariedad, el respeto a la autodeterminación y el ejercicio efectivo de la soberanía. La cooperación entre pueblos debe permitir la distribución e intercambio de conocimientos y capacidades, sin reproducir nuevas relaciones de subordinación.
En consecuencia, la soberanía tecnológica ha de ser parte de un proyecto histórico de cambio de las relaciones sociales de producción, orientado a construir una sociedad en la que el desarrollo de las fuerzas productivas y el conocimiento científico respondan a las necesidades humanas de vida plena, a la existencia social emancipada y al libre despliegue de las capacidades humanas. Esto implica liberar la producción y la apropiación del conocimiento, fortalecer la educación como ejercicio pleno del derecho sobre la base de la investigación y el estudio para su uso y disfrute social.
Se trata de incrementar nuestras fuerzas productivas para el disfrute colectivo del producto del trabajo, de formar al pueblo permanente e integralmente. Trabajadores y trabajadoras, campesinos, intelectuales, profesionales y técnicos, pueblo en general vinculado al proceso social de trabajo como productores también de ciencia y tecnología. Consiste en la propiedad social de las fuentes de materias primas, de procesos productivos e infraestructuras estratégicas y en decidir soberanamente sobre su uso y destino desde una perspectiva de solidaridad y cooperación, de lo cual no escapan los datos, las plataformas digitales y las tecnologías emergentes.
En el caso venezolano, supone superar la lógica impuesta por la división internacional del trabajo, que nos condena a exportar petróleo y capitales, que nos condena a una dependencia rentista estructural. Nuestra tarea es entonces construir una estructura productiva diversificada, capaz de articular ciencia, educación, industria, agricultura y organización popular. La inteligencia artificial, la biotecnología, las telecomunicaciones y las tecnologías energéticas hacen todavía más urgente esta discusión, porque su control puede profundizar las desigualdades existentes o contribuir a transformar las condiciones de producción y reproducción de la vida.
La solución, por tanto, no consiste tan solo en alcanzar la independencia tecnológica ni en sustituir proveedores extranjeros por productores nacionales. Consiste en construir una sociedad que supere la explotación del ser humano por el ser humano, transforme las relaciones de apropiación que reproducen la desigualdad y participe en la reorganización de las relaciones económicas internacionales sobre principios de justicia, cooperación y respeto a la soberanía de los pueblos.
La soberanía tecnológica adquiere así su contenido histórico y emancipador: no es únicamente la capacidad de producir tecnología, sino el ejercicio colectivo del derecho a decidir qué producir, cómo hacerlo, para quién y con qué finalidad social. Su realización está vinculada a la superación de la dependencia, del saqueo de nuestros recursos, de la subordinación de nuestras capacidades científicas y productivas y de nuestra soberanía como pueblo con autodeterminación.
En última instancia, se trata de colocar el conocimiento, la ciencia y la tecnología al servicio de una sociedad sin explotación, en la que la riqueza social y las capacidades creadoras de la humanidad estén orientadas a satisfacer las necesidades colectivas y garantizar el ejercicio pleno de la soberanía.
Referencias bibliográficas
Bambirra, V. (1974). El capitalismo dependiente latinoamericano. Siglo XXI Editores. Examina las modalidades históricas del capitalismo dependiente en América Latina.
Dos Santos, T. (1978). Imperialismo y dependencia. Ediciones Era. Desarrolla el análisis de las relaciones entre imperialismo, acumulación internacional y estructuras económicas dependientes.
Lanz Rodríguez, C. (2004). El desarrollo endógeno y la Misión Vuelvan Caras. Ministerio de Educación Superior. Documento de trabajo.
Marini, R. M. (1973). Dialéctica de la dependencia. Ediciones Era. Es fundamental para estudiar la superexplotación del trabajo y las relaciones de dependencia en el capitalismo latinoamericano.
Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2005-2030: construyendo un futuro sustentable. (2005). Ministerio de Ciencia y Tecnología.
Vázquez-Barquero, A. (1999). Desarrollo, redes e innovación: lecciones sobre desarrollo endógeno. Ediciones Pirámide.
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