De comae a comae | Embarazo al vuelo

Los cuerpos gestantes para las aerolíneas resultan embarazosas

16/03/23.- Asumir responsabilidades y evitar escurrir el bulto es cosa complicada. Pareciera más fácil culpar al otro o la otra de lo que nos pasa. Aquello de sentirse libre de pecados tiende a santificarnos, lo que nos coloca de manera casi automática del lado de la gente correcta, chévere y bonachona.

Asumir responsabilidades y reconocer equivocaciones es cosa distinta pues significa empezar a hacerse cargo. Sin embargo, admitir un error puede en ocasiones convertirse en un autogol o en cuchillo para nuestras propias gargantas. Entonces el aceptar tiende a colocarnos del lado de la gente desatinada o poco clara, llevándonos a umbrales que al orgullo no le agrada ocupar.

Me atrevería a decir que no es mucha la diferencia si ocurre un impasse con les hijes, la pareja, les compañeres de trabajo, un cajero del banco, un médico del servicio hospitalario, un aeromozo de Conviasa, un funcionario de la fiscalía o un director de la estación de policía ante una discrepancia. Por pequeña o cotidiana que parezca, la lucha entre las partes será encarnada y la figura de poder resultará victoriosa en la mayoría de los casos.

En el plano personal, con el pasar de los años la ansiedad de coronarme ha disminuido significativamente. En reemplazo, ha surgido el deseo de intentar, haciendo uso de la palabra, dejar las cosas “lo más claras posibles” para evitar aquello de los malos entendidos. Sin lograr descifrar aún cuál es la mejor manera de enfrentar las adversidades va tejiéndose una práctica en la que me digo: el ignorar o utilizar la violencia como mecanismo de defensa desencadena amargores que pueden durar días, años o hasta una vida entera sin resolverse.

En lo colectivo y en lo institucional la cosa es distinta. Aquí no se trata de solo saber relacionarse, se trata de poder y como el desconocimiento puede jugar en contra de quienes menos acceso tienen a la información.

En esta oportunidad me gustaría contarles sobre una experiencia reciente en un viaje por avión que realicé en la semana 27 —o inicio del séptimo mes— de gestación por la línea aérea Conviasa, adscrita al Ministerio del Poder Popular Para el Transporte, con itinerario de viaje Puerto Ayacucho-Maiquetía.

Haciendo el ejercicio de reconocimiento de responsabilidades puedo decirles que mi error fue mantener una actitud pasiva frente al boleto comprado en estado de gravidez. Nunca pasó por mi cabeza que necesitaría hacer trámites particulares. Supuse en mi condición que tendría de por sí un trato preferencial, pero me equivoqué. Pareciera que los cuerpos gestantes para las aerolíneas resultan embarazosos.

Al momento de abordar el avión en Amazonas el aeromozo auxiliar del vuelo, responsable de la seguridad de pasajeras y pasajeros, al verme pregunta por el número de meses de gestación que tengo. Con mi ticket en la mano le informo que apenas estoy cumpliendo 27 semanas, es decir 7 meses. Su respuesta automática fue: “¿Y su informe médico? Sin eso no puede volar”.

Allí empezó la batalla entre dos personas mediadas por una empresa que al momento de vender un pasaje aéreo se reserva informar de manera verbal o escrita a su clientela sobre las políticas de prestación de servicios a personas gestantes. Enterarse de la necesidad de un informe médico abordando un avión es cosa que descoloca. Solo fueron minutos de guerra, pero suficientes para generar una atmósfera de alta tensión que alteró el cuerpo de quien buscaba lograr un viaje seguro y armonioso.

El azafato tenía miedo a una demanda personal. Yo me preocupaba al imaginarme perdiendo el vuelo y el dinero, luego tener que viajar más de doce horas en autobús, gastando todavía más. No entendía cómo habían vendido un boleto sin informar, cómo era posible que antes de abordar me hicieran firmar un formulario de declaración de embarazada con el cual la empresa se libraba de cualquier responsabilidad vinculada a mi salud prenatal, y aún así no quisieran dejarme abordar.

Mi argumento en cuanto a las políticas de Conviasa hicieron su efecto en un par de trabajadores, quienes se comprometieron a informar a sus superiores con el fin de mejorar el servicio. Se cerró la puerta, me ubiqué en el asiento, el azafato no quiso volver a verme durante el vuelo. Sentía su molestia viva, yo me sentía igual, pero ejercité la respiración durante los minutos que duró el viaje. Al bajarme le di las gracias al hombre, dejando estacionada la rabia en la pista de aterrizaje.

Algunas amistades al contarles me dijeron que lo mejor hubiera sido mentir y declarar menos meses de embarazo, así no se requería ni firma ni informe. Aquello me resultaba más aturdidor, porque pensé en lo poco cuidadas que estamos las personas embarazadas y lo poco que importan nuestras existencias y las de nuestros hijes en el vientre. A estas alturas hacen falta políticas en las que prevalezca la vida como principal interés en todos los niveles.

 

Ketsy Medina


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